| |

|
La
ciudad de los fantasmas
es el título en español de City
of Ghosts. Un título que, digámoslo de paso, destroza
el sentido del original. Y es que, si La
Ciudad de los Fantasmas parece el nombre de cualquier
'teen horror movie barata', Ciudad de fantasmas
(una traducción mucho más aproximada) da una idea perfecta de lo
que Matt Dillon quería enseñar en su opera prima. La idea
original de la película surgió a raíz de un viaje de Dillon
a Camboya, de vacaciones. Como tantos occidentales, quedó fascinado
por el clima, el país, la selva, los contrastes. De regreso a los
Estados Unidos, comenzó a escribir un guión que tardó cinco años
en acabar.
Jimmy
Cremming es un estafador, a sueldo de su protector, Marvin,
que acaba de realizar un importante golpe financiero. A fin de huir
del país y de la Justicia, viaja hasta Camboya para encontrarse
con Marvin, cobrar su parte y descansar.
Pero en Camboya las cosas comienzan a complicarse desde que pasa
por la puerta del bar del corso Emile
(Gerard Dépardieu). Jimmy tendrá
que hacer frente a los problemas de Marvin y a los suyos propios,
al tiempo que descubrirá un nuevo significado de la palabra amistad
y, posiblemente, conozca el amor por primera vez en su vida.
|
James
Caan convierte a Marvin
|
|
|
|
en
un personaje casi mítico para,
|
 |
|
después,
airear los esqueletos de su
|
|
|
|
|
La
ciudad de los fantasmas tiene, en su esencia, algo de las
novelas psicológicas de Simenon. La calidad de 'thriller atmosférico',
en la que el entorno exótico en que se mueven los personajes determina
en gran parte sus acciones y sus historias, recuerda mucho a novelas
como 45
grados a la sombra o Los pasajeros
del 'Polarlys'. Pero también hay mucho de Graham Greene
en esta historia, y es difícil no encontrar paralelismos entre Jimmy
y el Holly Martins (o entre Marvin
y Harry Lime) de El
tercer hombre. El trasfondo iniciático y de redención de
la historia, común a la generación 'beat' que Barry
Gifford, coguionista, adora, hubiera agradado, también, al Greene
más moralista y católico, aun tratándose, en este caso, de un misticismo
oriental bastante ambiguo. Por último, hay que resaltar la similitud
entre la historia de Jimmy y Sok
(Sereyvuth Kem) y la de Sydney Schanberg
(Sam Waterston) y Dith Pran (Haing
S Ngor) en Los gritos del silencio,
también ubicada en Camboya.
Sin
embargo, lo que define y da sustancia propia al filme de Dillon
es su capacidad para crear personajes. Desde el corso Emile,
interpretado con soltura por un Gerard Depardieu magnífico,
hasta el ambiguo y patético Kasper (Stellan
Skarsgard), las interpretaciones oscilan entre lo acertado y lo
francamente deslumbrante. Y entre estas últimas se encuentra la de
James Caan, quien da vida a Marvin
y lo convierte en un personaje casi mítico para, después, airear los
esqueletos de su armario sin pudor, en un alarde de clase interpretativa.
El propio Dillon encuentra un término medio en su nivel interpretativo
que, sin estar a la altura de algunos de sus mejores personajes (en
Rebeldes, Mano
de oro o Todo por un sueño),
destila un oficio y una presencia ante las cámaras envidiable. Por
su parte, Natascha McElhone realiza un trabajo correcto, que
habría ido a más de haber tenido un papel más acusado en el guión.
|
La
obra de Dillon
se encuentra
|
|
|
|
más cerca del cine europeo que del
|
 |
|
estadounidense,
lo que se refleja
|
 |
|
en
la elección de sus actores
|
Pero
también contribuye a la atmósfera onírica, de pesadilla, el excelente
trabajo realizado por Dillon en el montaje final de la cinta, dándole
un ritmo lento, sosegado pero inquietante, realzado por una excelente
banda sonora de Tyler Bates, a medio camino entre el electrónico
'lounge' y los sonidos étnicos del país asiático. Si suman a la mezcla
la fotografía del siempre impresionante Jim Denault, uno de
esos talentos 'ocultos' de la cinematografía actual, y el diseño de
producción de David Brisbin, que realiza un excelente trabajo
(especialmente interesante en la secuencia de las ruinas arqueológicas),
queda por añadir que el resultado es, cuando menos, gratificante.
Sin
embargo, hay que advertir que no se trata de una cinta para todos
los públicos. Acostumbrados como estamos a la estética del videoclip
imperante hoy en día en las producciones estadounidenses, a las
frases hechas, los planos cortos y el montaje de frenopático, ver
un cine parsimonioso, atmosférico y que se recrea en los personajes
puede ser difícil para una parte del respetable. En este sentido,
la obra de Dillon se encuentra más cerca del cine europeo
que del estadounidense, lo que se refleja en la elección de sus
intérpretes y en una vocación literaria de referentes claramente
continentales. Ya lo saben: buen cine, pero del que, desgraciadamente,
ya no se hace.


f
i c h a t é c n i c a

|

La ciudad de los fantasmas, USA, 2002

|

Una producción de Mainline Prod./Banyan Tree/Kintop Pictures
 |
| |
Dirección |
Matt
Dillon |
| |
Guión |
Matt
Dillon/Barry Gifford |
| |
Montaje
|
Howard
E. Smith |
| |
Fotografía
|
Jim
Denault |
| |
Producción |
Willi Baer/Michael Cerenzie/Deepak Nayar |
| |
Diseño
de Producción |
David
Brisbin |
| |
Vestuario |
Moji
Sanji |
| |
Música
|
Tyler
Bates |
| |
Supervisión
Musical |
Dondi
Bastone |

Intérpretes
 |
| |
Jimmy |
Matt
Dillon |
| |
Marvin |
James
Caan |
| |
Emile |
Gerard
Depardieu |
| |
Sok |
Sereyvuth
Kem |
| |
Kasper |
Stellan
Skarsgard |
| |
Pilar
|
Natascha
McElhone |
 |
|



|
Playas blancas, moral turbia
|


|