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El
chantaje, la mentira, la fornicación o el asesinato son faltas penadas
por la Iglesia católica en mayor o menor grado. Estos pecados son
los que, por obra u omisión, va cometiendo el joven padre
Amaro (interpretado por un fabuloso Gael García Bernal),
un prometedor cura enviado a una localidad de provincias de México
donde se vive a medio camino entre el fanatismo religioso y la corrupción
entre los ministros de Dios.
Con semejante argumento no
es de extrañar que ciertas organizaciones ultra conservadoras, cercanas
a la Iglesia mexicana, se lanzaran a la calle para pedir la prohibición
de El crimen del padre Amaro,
de Carlos Carrera, basada en la novela homónima del portugués
José María Eça de Queiroz. Porque Carrera ha decidido
actualizar el relato y situarlo en el México rural de nuestros días,
donde las drogas o la guerrilla son temas candentes. Gracias a toda
esta polémcia la película ha conseguido una fama extra
que no es que sea inmerecida, pero, no está de más decir aquello
de: tampoco hay para tanto.
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Su
temática atrayente y morbosa
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es
la mejor baza de una película que
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demuestra
las buenas aptitudes de un
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director
que todavía está por pulir
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Y
no lo hay porque a estas alturas, en un mundo en el que en EE.UU.
se acaba de publicar una lista de 600 curas pederastas, un filme
en el que un sacerdote mantiene relaciones sexuales con una menor
o en el que se ve claramente cómo la Iglesia se relaciona con el
narcotráfico, no debería escandalizar a nadie. Además, esta temática
atrayente y morbosa es la mejor baza de una cinta que en su conjunto
demuestra las buenas aptitudes de un director que todavía está por
pulir. Esto se transmite en la pantalla en algunos problemas con
el montaje o en aspectos técnicos de fotografía e iluminación.
No
obstante, Carrera ha conseguido sacar los colores a la curia
a través de la crítica directa, con una muy buena historia, pero
también a partir de un sinfín de simbolismos que hace necesario
un segundo visionado. Por ejemplo, la idea de una iglesia tan falsa
en la que ni el sonido de las campanas que llaman a misa es auténtico,
ya que surge de una grabación o una joven virginal a la que vemos
vestida con una mini-falda nada casta cuando se dispone a perder
su 'don'. Un juego de sugerencias y medias voces el que propone
el realizador, que encuentra su máximo exponente en el retrato de
la doble moral eclesiástica concentrada en boca del padre
Amaro con una sencilla frase: "Yo hice voto de castidad porque
me obligaron".
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El
crimen del padre Amaro se
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enmarca claramente en el nuevo cine
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latinoamericano.
Un cine con una
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fuerte
conciencia social.
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El
crimen del padre Amaro se enmarca claramente en el nuevo
cine latinoamericano que está encontrando en México (y también en
otros países como Argentina o Chile) un importante caldo de cultivo.
Un cine con una fuerte conciencia social y que, como ya viéramos en
Y tú mamá también o Amores
perros, pretende hacer crítica de la corrupción y de la
manga ancha con la que se rigen las instituciones y las grandes empresas
de esos países. Esta corriente, además, se está valiendo de jóvenes
realizadores como Carrera que desean denunciar este tipo de
prácticas y también de un interesante apoyo por parte de productores
sudamericanos como los Ripstein, que se encargan de buscar
ayudas en España o Francia para asegurarse que este excelente cine
llegue a todo el mundo.
La
escuela de actores que se está forjando en estas cinematografías
también es quintaesencial. Como un Gael García, que es la
nueva cara del cine latinoamericano, después de protagonizar las
dos últimas grandes producciones mexicanas. O la joven Ana Claudia
Talancón (Amelia), a la que se
augura un futuro tan prometedor como su compañero de reparto. Además,
esta cinta cuenta con la gran actuación de un recuperadísimo Sancho
Gracia (padre Benito) que parece
haber encontrado una nueva época dorada, después de sus interpretaciones
en 800 balas o en el largometraje
de próximo estreno, El furgón.
Se
ven muy pocas cintas tan valientes como El
crimen del padre Amaro. Tal vez los únicos precedentes
dignos puedan buscarse en Priest,
de Antonia Bird, o la famosa El
pájaro espino. Pero son necesarias y pronto llegarán
Amén,
de Costa-Gavras, el polémico filme que denuncia el mutismo
de la Iglesia sobre el holocausto judío, y varias producciones más
o menos críticas con los comportamientos eclesiásticos, como Edgardo
Mortara, con Anthony Hopkins y Javier Bardem
o La hora de la religión,
de Marco Bellochio. A la Iglesia no le quedará más
remedio que darle la vuelta al dicho y entonar un: señores, con
el cine hemos topado.


f
i c h a t é c n i c a

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El crimen del padre Amaro, México-España-Francia-Argentina,
2002

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Una producción de Columbia Pictures
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Dirección |
Carlos
Carrera |
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Guión |
Vicente
Leñero |
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Montaje
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Óscar
Figueroa |
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Fotografía
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Guillermo
Granillo |
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Producción |
Daniel Birman Ripstein |
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Dtor.
Artístico |
Carmen
Giménez Cacho |
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Música
|
Rosino
Serrano |

Intérpretes
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Padre
Amaro |
Gael
García Bernal |
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Amelia |
Ana
Claudia Talancón |
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Padre
Benito |
Sancho
Gracia |
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Sanjuanera |
Angélica
Aragón |
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Dionisia |
Luisa
Huertas |
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Obispo
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Ernesto
Gómez Cruz |
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Martín |
Gastón
Melo |
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Padre
Natalio |
Damián
Alcázar |
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Rubén |
Andrés
Montiel |
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