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Wladyslaw Szpilman escribió,
en 1946, sus memorias y vivencias (supervivencias) del ghetto de
Varsovia, en el que perdió a toda su familia y en el que vio morir
a miles de personas. Sin embargo, las autoridades comunistas de
Polonia (de una manera virtual, tan antisemitas como los ocupantes
nazis) prohibieron su publicación. Así, El
pianista no vio la luz hasta 1999, fecha en que
el hijo de Szpilman encontró el manuscrito y lo reeditó.
Esta publicación fue la que provocó que Polanski decidiera,
de una vez por todas, abordar el drama polaco y judío.
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El
pianista no sólo está al nivel
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de
las mejores obras de Polanski,
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sino
que, en ocasiones, las
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supera
y se erige en obra maestra.
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Vamos
a partir de una premisa. Polanski es, de vez en cuando, un
genio. Nos guste o no, nos caiga mejor o peor, el pequeño cineasta
es capaz de dar auténticas obras maestras al celuloide, sea en comedia
(El baile de los vampiros),
en drama erótico (la magnífica y turbadora Lunas
de hiel), en el terror (Rosemary's
Baby) o la parodia (Piratas).
Sin embargo, no abordaba el drama clásico desde 1979, con su versión
de Tess d'Uberville.
Pues bien, El pianista
está no sólo al nivel de sus mejores obras, sino que, en ocasiones,
las supera y se reafirma como una auténtica obra maestra.
Una
de las claves de esta valoración debería ser la implacable visión
que ofrece no sólo sobre la tragedia en términos mayores (la ejercida
por los nazis sobre el pueblo judío), sino sobre aquellos, judíos
y gentiles, que sacaron una especial tajada de la situación. Polanski
no sólo elude sistemáticamente juzgar a sus personajes, sino que lo
hace desde la posición privilegiada de quien enseña las humanas miserias
sin excluirse de ellas. Porque también hace un especial hincapié en
la torpeza y la incredulidad de los que son llevados dócilmente al
matadero; en la debilidad de los que colaboran con la matanza de sus
congéneres; en la fortaleza que otorga la supervivencia y en la caridad,
la bondad natural de algunos, incluido un oficial alemán (Thomas
Kretschmann).
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Rodeado
de cadáveres, de
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futuros cadáveres y de
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posibles
cadáveres, la resistencia
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de
Szpilman se hace numantina
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El
pianista es una película de grises, tanto en lo
moral como en lo visual. Estos claroscuros éticos y estéticos son
el preludio de una esperanza firme, irredenta tras los muros derruidos
del ghetto. La esperanza en el mañana, que no abandona nunca al protagonista
ni al espectador. La secreta rebelión de resistir, cueste lo que cueste.
Y cuando se está rodeado de cadáveres, de futuros cadáveres y de posibles
cadáveres, esta resistencia se nos antoja numantina. Polanski
se nos muestra como un maestro de las distancias. En cada momento
elige el plano exacto, mantiene el pulso narrativo con una tremenda
cercanía a la realidad. Aprovecha la naturaleza fragmentaria del cine
para retratar la vida deshilachada y miserable de aquellos días oscuros.
Y al final de túnel pone una luz.
Es
importante que sea un pianista el protagonista. Porque la música
(esa matemática del sentimiento) se eleva como la rebelión máxima
de Szpilman. Es su arma, la que lo ayuda a sobrevivir. En
todo momento recuerda Polanski que hay un Chopin,
que hay un Rachmaninov o un Bach. Es, así, una película
que retrata la esperanza en un futuro mejor: la obra de un Polanski
humanista, que sabe que él es (que todos somos) Szpilman,
y que la historia que cuenta es la de tantos otros Szpilman
o Polanski. Es importante ser músico para entender el valor
(y a la vez la tortura) que supone el silencio.
Pero,
sobre todo, es importante decir que Szpilman fue un pianista,
porque si hay algo opuesto a la barbarie y a la sinrazón nazi es
la música, el Arte en mayúsculas. Y hay mucho de ese Arte en esta
película, magníficamente interpretada (Adrien Brody y, sobre
todo, un impresionante Frank Finlay en el papel del padre
de la familia Szpilman) y con un nivel en la dirección que
muchos 'presuntos grandes' directores deberían envidiar e intentar
emular. Y es lógico: la Palma de Oro de Cannes no es una
casualidad. En Francia no se bromea con algunas cosas. Por cierto,
como curiosidad: Szpilman murió en 2000, meses antes de comenzar
el rodaje de la película que relataría su vida.


f
i c h a t é c n i c a

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El pianista, Francia/
Alemania/ Polonia/ Gran Bretaña, 2002

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Una producción de Canal+/ Canal Studio
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Dirección |
Roman
Polanski |
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Guión |
Ronald
Harwood
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Montaje
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Hervé
de Luze |
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Fotografía
|
Pawel
Edelman |
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Producción |
Robert Benmussa |
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Dtor.
Artístico |
Sebastian
T. Krawinkel |
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Música |
Wojciech
Kilar |

Intérpretes
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Wladyslaw
Szpilman |
Adrien
Brody |
| |
Majorek |
Daniel
Caltagirone |
| |
Captain
Wilm Hosenfeld |
Thomas
Kretschmann |
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El
padre |
Frank
Finlay |
| |
La
madre |
Maureen
Lipman |
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Dorota |
Ed
Stoppard |
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Henryk |
Julia
Rayner |
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Regina |
Jessica
Kate Meyer |
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