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El dirigible
era, para sus defensores, un icono de ese mundo perfecto al que
el progreso técnico abocaba al ser humano. Grandes y asépticas metrópolis
similares a la de la legendaria película de Lang, cuyos cielos
llenos de reflectores se veían surcados por gigantescos cigarros
de metal y gas, que casi sin ruido transportaban miles de viajeros
felices. El futurismo edificaba sus sueños de cartelería a través
de una fe ilimitada en la Ciencia y un asombro constante ante el
ingenio humano. Pero el dirigible también era, para otros, un símbolo
demasiado luminoso de igualdad. Un símbolo que había que destruir.
Cuando el Hindenburg ardió ante cientos de espectadores, Hitler
dijo que había sido una 'obra de Dios'.
Sobre la contraposición
de estas dos visiones basa su relato Henning Boëtius, escritor
germano de renombre y, por añadidura, hijo del timonel de profundidad
del dirigible. El mismo timonel que se encontraba a los mandos el
fatídico día de Lakehurst. Esta dualidad queda extrapolada a toda
la novela y afecta, incluso, a su médula ósea. Porque Las
cenizas del fénix parece escrita no por una, sino por
dos plumas diferentes. Por una parte, existe un Boëtius,
por qué negarlo, infumable, empeñado en figuras retóricas de dudoso
gusto y menor originalidad. Este Boëtius surge, sobre todo,
en la primera parte de la trama, y molesta a la hora de introducir
al lector en la novela. Sin embargo, su voz discordante parece ir
callando para dejar paso a un narrador mucho más fluido, en ocasiones
incluso lírico, que es quien acaba dominando el registro.
Y cuando el
lector ha sorteado los primeros pasmos, se encuentra de repente
en Berlín, en pleno auge del partido nacionalsocialista, en la piel
de un joven marino al que se ha recomendado para ocupar un puesto
de cierta importancia entre la tripulación del orgullo de la aeronáutica
mundial: el dirigible más grande del momento, el LZ 129. El Hindenburg.
A partir de este punto, nuestro buceo por una historia en la que
se mezcla el pasado y el doloroso presente de un superviviente de
la catástrofe es plenamente gozoso. Boëtius deja volar la
pluma en las partes más técnicas de la novela (aquellas que hacen
referencia a las leyes físicas de la navegación en globo) y consigue
no hacerlas soporíferas. Cuando relata con detalle minucioso el
interior del lujoso dirigible, parecería estar moviéndonos entre
tapizados 'Art Déco' y decoración futurista. Y cuando retrata los
interiores psicológicos de Birger Lund,
el primer protagonista de la historia, consigue meternos en la piel
tumefacta y quemada del desdichado sin grandes trabas.
Al decir el primer protagonista de la historia nos referimos,
una vez más, a la dualidad que Boëtius aplica a su historia. Porque,
efectivamente, hay dos protagonistas en esta historia. Dos hombres,
Lund y Edmund
Boysen, que se buscan y que acaban encontrándose en una isla
semidesierta del mar del norte. Y que, por segunda vez en su vida,
comparten un pequeño espacio geográfico (ora el dirigible, ora la
isla) en el que sus vidas parecen empeñadas en entrelazarse. El
tercer gran protagonista, mudo, de esta historia es el dirigible,
majestuoso en sus 252 metros de largo, 38 metros de alto y más de
dos millones de metros cúbicos de hidrógeno. Un dirigible cuya muerte
fue tan imprevista como preñada de sospechas de sabotaje o atentado.
Entre los cientos de teorías barajadas (que abarcan desde las causas
meteorológicas hasta un atentado antifascista como causantes del
brutal incendio), Boëtius escoge una ligeramente inverosímil,
si bien no imposible. Sin extendernos más de la cuenta (y arriesgarnos
a pisotearle la trama a alguien) diremos que tiene mucho que ver
con la política exterior alemana. Una teoría, además, subrayada
por el inmisericorde retrato que hace de los pobladores de la isla
en cuestión. Pobladores que reúnen, condensan y magnifican todos
los complejos y culpas de una Alemania devastada por la guerra y
sometida por los aliados.
En resumen, un libro que se lee con interés al principio, con dificultad
después y con asombro a partir de la mitad, con un ritmo impecable
y un final excepcional. Y, lo que es más importante: el interés
no es exclusivo de los fanáticos de la aviación ni de la Historia
reciente, sino que se extiende a todo aquél interesado en una buena
trama detectivesca, con una cierta dosis psicológica y mucha (y
muy rigurosa) documentación histórica.
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