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Peggy Guggenheim

Autobiografía
Peggy Guggenheim

Confesiones de una adicta al arte
Editorial Lumen
176 páginas
14,50 €

Peggy Guggenheim no sólo pasará a la historia por ser la mecenas y descubridora de algunos de los artistas más importantes del siglo XX, como Jackson Pollock o Mark Rothko. Fue además una mujer carismática, cuya leyenda se mantiene viva gracias a la intensidad con que transcurrió su existencia, desde el día en que decidió romper por la fuerza con su insípido destino de señorita multimillonaria y marcharse a París en pleno apogeo de las vanguardias.


Laura Conde
Redacción Telepolis

 












Pese a la calidad de sus colecciones y al innegable talento de la mayoría de los pintores a los que apoyó, la lectura de sus memorias deja la curiosa sensación de que la absoluta entrega de la joven Peggy al mundo del arte moderno se debió a un cúmulo de circunstancias ajenas al arte, que propiciaron el despegue de unas nuevas tendencias artísticas demasiado innovadoras fuera de París. Da la impresión de que la ingenua e infantil -cualidades que nunca perdió Peggy Guggenheim- multimillonaria neoyorquina se hubiese entregado con igual pasión a coleccionar sellos, diseccionar insectos, estudiar Ciencias Exactas o hacer la revolución, gracias a dos factores indispensables que la predestinaban al triunfo absoluto en cualquier disciplina: Peggy poseía un férreo entusiasmo inexplicablemente inmune a la adversidad, y mucho, muchísimo dinero.


¿QUIÉN FUE PEGGY GUGGENHEIM?


Peggy aterrizó por casualidad en la capital del arte vanguardista y, por casualidad también -a través de su primer marido, el escritor Laurence Vail- se codeó con la crème de la crème de los entonces incomprendidos nuevos creadores europeos. En poco tiempo se convirtió en coleccionista de arte, mecenas, amiga, admiradora y, en muchas ocasiones, madre y enfermera de un elenco de artistas cuyos nombres han pasado a la historia del arte moderno.


Peggy Guggenheim paseó por toda Europa y Estados Unidos los trabajos de sus amigos Jean Arp, Vasily Kandinski, Marcel Duchamp, Pablo Picasso, Max Ernst y Jackson Pollock, entre otros, sin importarle su condición de judía en pleno apogeo nazi. Primero fundó la galería Guggenheim Jeune en Londres -pionera en el arte de vanguardia que levantó pasiones y odios en la capital británica-, para más tarde abrir la Art of this Century de Nueva York -donde expusieron por vez primera los llamados expresionistas abstractos norteamericanos-, y acabó sus días en el Palazzo Vernier dei Leoni, en Venecia, donde vivía y exponía además de dar cobijo a los más variopintos creadores italianos de la época.

Peggy Guggenheim: Confesiones de una adicta al arte es la autobiografía resultante de una vida nómada e intensa, dedicada por completo al arte moderno -otra casualidad, puesto que Peggy estaba enamorada de los renacentistas, a quienes renunció por su complejidad para dedicarse, en un principio sin demasiada convicción, a los genios de su época-. Un libro capaz de contagiar del vendaval de entusiasmo de su autora, una carismática e insatisfecha mujer que pudo permitirse el lujo de ser apasionada e ingenua hasta el final de sus días, gracias a un talante natural periódicamente fortalecido por las sucesivas herencias que recibió de los Guggenheim.

Peggy relata no sólo su faceta de intrépida trotamundos en busca de obras de arte, acompañada en muchas ocasiones por su amigo y maestro Marcel Duchamp, sino sus matrimonios con Laurence Vail, John Holms y Max Ernst, sus tormentosas relaciones amorosas con Samuel Beckett (un tipo que "guardaba desde su nacimiento un terrible recuerdo de la vida en el útero de su madre") o Yves Tanguy. La frivolidad que caracteriza su prosa y su talante -los que son capaces de perdonarle la despreocupación propia de la que ha nacido millonaria la llaman desenfado- resulta enriquecedora para un texto que consigue desmitificar el mundo del arte, siempre sobredimensionado en los tratados. Resulta divertido, y más efectivo de lo que seguramente sospechó su autora, que Peggy emplee la misma deliciosa frivolidad con que vivió para describir a genios legendarios como Cocteau, Kandinski, Ernst o Pollock.

De ahí sus brillantes descripciones, "que están escritas no con ingenuidad, sino con ingenio, aunque los ignorantes no le encontrarán sentido", como asegura en el prólogo un encandilado Gore Vidal, que la define con mucho acierto como coleccionista "de cuadros y personas". Peggy no tiene reparo en decir de André Breton que "era muy pomposo y carecía de sentido del humor" o en comparar a Jackson Pollock con "un animal atrapado que no debería haber salido nunca de Wyoming", asegurando que "bebía mucho, y cuando lo hacía, podía resultar desagradable, por no decir diabólico". Con este estilo preciso y punzante, Peggy describe a Beckett como "un fascinante larguirucho irlandés", a Kandinski como "un maravilloso anciano de setenta años, jovial y encantador", a Joyce como un vanidoso ("estaba muy contento rodeado de todos sus admiradores") y a Cocteau como un perfecto egocéntrico. "Se sentó frente a un espejo situado en mi espalda y se quedó tan fascinado consigo mismo que fue incapaz de levantar la vista de él", dice de Cocteau, a quien describe como un hombre tan guapo "que no me extraña que disfrutara tanto con su imagen".

Confesiones de una adicta al arte es una precisa autobiografía sólo para incondicionales del arte moderno, cuya principal virtud es, precisamente, una ausencia de ambición literaria que lleva a la autora a utilizar una prosa concisa, incisiva y con un punto de frivolidad de multimillonaria que ayuda al resultado general por lo que tiene de desmitificadora. Repleto de curiosidades y de jugosas descripciones de la vida artística de la época y de sus principales protagonistas, puede resultar, sin embargo, un libro desagradable, incluso ofensivo, para aquellos que sólo vean en él -no sin razón- la autobiografía de una millonaria 'pija', caprichosa y mediocre, que tuvo la suerte de estar en el momento justo en el lugar preciso y de poseer una billetera de lo más atractiva para los decadentes artistas de la época.


Peggy Guggenheim

Su colección veneciana
Familia Guggenheim
Los museos Guggenheim
Guggenheim Collection


Sus amigos

Samuel Beckett
André Breton
Laurence Vail
Gore Vidal

Sus artistas

Marcel Duchamp
Jean Arp
Jackson Pollock
Vassily Kandinsky
Max Ernst
Constantin Brancusi
Mark Rothko
Jean Cocteau
Hans Hoffman
William Baziotes
Clyfford Still
Paul Klee
Yves Tanguy

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