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Pese a la calidad
de sus colecciones y al innegable talento de la mayoría de los pintores
a los que apoyó, la lectura de sus memorias deja la curiosa sensación
de que la absoluta entrega de la joven Peggy al mundo del
arte moderno se debió a un cúmulo de circunstancias ajenas al arte,
que propiciaron el despegue de unas nuevas tendencias artísticas
demasiado innovadoras fuera de París. Da la impresión de que la
ingenua e infantil -cualidades que nunca perdió Peggy Guggenheim-
multimillonaria neoyorquina se hubiese entregado con igual pasión
a coleccionar sellos, diseccionar insectos, estudiar Ciencias Exactas
o hacer la revolución, gracias a dos factores indispensables que
la predestinaban al triunfo absoluto en cualquier disciplina: Peggy
poseía un férreo entusiasmo inexplicablemente inmune a la adversidad,
y mucho, muchísimo dinero.
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¿QUIÉN
FUE PEGGY GUGGENHEIM?

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Peggy aterrizó por casualidad en la capital del arte
vanguardista y, por casualidad también -a través de su primer
marido, el escritor Laurence Vail- se codeó con la crème de
la crème de los entonces incomprendidos nuevos creadores europeos.
En poco tiempo se convirtió en coleccionista de arte, mecenas,
amiga, admiradora y, en muchas ocasiones, madre y enfermera
de un elenco de artistas cuyos nombres han pasado a la historia
del arte moderno.
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Peggy Guggenheim
paseó por toda Europa y Estados Unidos los trabajos de sus amigos
Jean Arp, Vasily Kandinski, Marcel Duchamp,
Pablo Picasso, Max Ernst y Jackson Pollock,
entre otros, sin importarle su condición de judía en pleno apogeo
nazi. Primero fundó la galería Guggenheim Jeune en Londres -pionera
en el arte de vanguardia que levantó pasiones y odios en la capital
británica-, para más tarde abrir la Art of this Century de Nueva
York -donde expusieron por vez primera los llamados expresionistas
abstractos norteamericanos-, y acabó sus días en el Palazzo Vernier
dei Leoni, en Venecia, donde vivía y exponía además de dar cobijo
a los más variopintos creadores italianos de la época.
Peggy Guggenheim:
Confesiones de una adicta al arte es la autobiografía
resultante de una vida nómada e intensa, dedicada por completo al
arte moderno -otra casualidad, puesto que Peggy estaba enamorada
de los renacentistas, a quienes renunció por su complejidad para
dedicarse, en un principio sin demasiada convicción, a los genios
de su época-. Un libro capaz de contagiar del vendaval de entusiasmo
de su autora, una carismática e insatisfecha mujer que pudo permitirse
el lujo de ser apasionada e ingenua hasta el final de sus días,
gracias a un talante natural periódicamente fortalecido por las
sucesivas herencias que recibió de los Guggenheim.
Peggy relata no sólo su faceta de intrépida trotamundos en
busca de obras de arte, acompañada en muchas ocasiones por su amigo
y maestro Marcel Duchamp, sino sus matrimonios con Laurence
Vail, John Holms y Max Ernst, sus tormentosas
relaciones amorosas con Samuel Beckett (un tipo que "guardaba
desde su nacimiento un terrible recuerdo de la vida en el útero
de su madre") o Yves Tanguy. La frivolidad que caracteriza
su prosa y su talante -los que son capaces de perdonarle la despreocupación
propia de la que ha nacido millonaria la llaman desenfado- resulta
enriquecedora para un texto que consigue desmitificar el mundo del
arte, siempre sobredimensionado en los tratados. Resulta divertido,
y más efectivo de lo que seguramente sospechó su autora, que Peggy
emplee la misma deliciosa frivolidad con que vivió para describir
a genios legendarios como Cocteau, Kandinski, Ernst
o Pollock.
De ahí sus brillantes
descripciones, "que están escritas no con ingenuidad, sino con ingenio,
aunque los ignorantes no le encontrarán sentido", como asegura en
el prólogo un encandilado Gore Vidal, que la define con mucho
acierto como coleccionista "de cuadros y personas". Peggy no
tiene reparo en decir de André Breton que "era muy pomposo
y carecía de sentido del humor" o en comparar a Jackson Pollock
con "un animal atrapado que no debería haber salido nunca de
Wyoming", asegurando que "bebía mucho, y cuando lo hacía, podía
resultar desagradable, por no decir diabólico". Con este estilo
preciso y punzante, Peggy describe a Beckett como
"un fascinante larguirucho irlandés", a Kandinski como "un
maravilloso anciano de setenta años, jovial y encantador", a Joyce
como un vanidoso ("estaba muy contento rodeado de todos sus admiradores")
y a Cocteau como un perfecto egocéntrico. "Se sentó frente
a un espejo situado en mi espalda y se quedó tan fascinado consigo
mismo que fue incapaz de levantar la vista de él", dice de Cocteau,
a quien describe como un hombre tan guapo "que no me extraña que
disfrutara tanto con su imagen".
Confesiones
de una adicta al arte
es una precisa autobiografía sólo para incondicionales del arte
moderno, cuya principal virtud es, precisamente, una ausencia
de ambición literaria que lleva a la autora a utilizar una prosa
concisa, incisiva y con un punto de frivolidad de multimillonaria
que ayuda al resultado general por lo que tiene de desmitificadora.
Repleto de curiosidades y de jugosas descripciones de la vida artística
de la época y de sus principales protagonistas, puede resultar,
sin embargo, un libro desagradable, incluso ofensivo, para aquellos
que sólo vean en él -no sin razón- la autobiografía de una millonaria
'pija', caprichosa y mediocre, que tuvo la suerte de estar en el
momento justo en el lugar preciso y de poseer una billetera de lo
más atractiva para los decadentes artistas de la época.
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