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Pekka Himanen
no podría haber escogido unos padrinos más influyentes. El mismísimo
Linus Torvalds le regala un prólogo muy en su línea: naturalidad
hasta la médula. En otras palabras, más parecido a una jocosa conversación
de media tarde que a un discurso inaugural. Menos mal que un centrado
Manuel Castells pone toda su artillería teórica para contextualizar
el movimiento en un epílogo épico. Quizás no tan digerible como
el de su predecesor, pero sí más contrastado. Conscientemente o
no, dos personajes diferentes que se conjugan a la perfección en
el prototipo de lo que sería un hacker ideal para este filósofo
finlandés.
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LOS
ORÍGENES DEL 'HACKING'

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El Massachussets Institute of Technology (MIT), durante
los años setenta y ochenta, fue el centro del mundo informático.
De ahí surgió ARPANET, la predecesora de la actual Internet.
El término hacker viene del verbo to hack (cortar,
golpear) debido a que las primitivas máquinas del MIT, de cinta
perforada, más de una vez necesitaban el típico arreglo manual
para funcionar correctamente. Por lo tanto, un hacker
era aquel que golpeaba o cortaba la cinta, es decir, un programador.
Con el tiempo, la palabra hacía referencia a quienes invertían
todo su tiempo probando nuevas posibilidades de la recién nacida
informática. Paralelamente, existía una legión de jóvenes de
actitudes antisistema y con tintes anarquistas. Muchos de ellos
comenzaron una particular cruzada contra la compañía
telefónica BELL, debido a los abusos que cometía desde
su posición monopolista. Durante los años ochenta, el reto fue
todo sistema que les opusiera una resistencia digna de ser 'testeada'.
A finales de los ochenta, y partiendo de la subcultura del hacker,
nacen, para empeorar el panorama, los crackers, un nuevo
tipo de guerrillero informático al que los hackers le
deben su mala fama. |
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El libro define
los aspectos que caracterizan el comportamiento ético de los hackers.
Porque sí, aunque los más escépticos tengan sus dudas, los hackers
también tienen moral. Además, es un perfil que, en ciertos
pasajes del libro, parece querer convertirse en el modelo a seguir
para el ciudadano del siglo XXI. La obra inicia un camino en que
nos hace reflexionar sobre el trabajo en la economía de la era de
la Información, contrapuesto a su equivalencia en la sociedad industrial.
El autor quiere, de esta manera, que el lector identifique las continuidades,
rupturas y diferencias con esa época. Eso sí, siempre sin dejar
de lado los principales hitos que han marcado el desarrollo de la
sociedad digital y las nuevas tecnologías. Así, aparecen personajes
como Steve Wozniak, Vinton Cerf, Jim Clark,
Gordon Moore o Jeff Bezos, empresas de la talla de
Apple, Microsoft,
Netscape, Amazon,
Sun Microsystems o Cisco,
centros neurálgicos como el MIT o Silicon Valley y
creaciones como la Red de redes, Unix, el hipertexto global o Internet.
Pekka Himanen
toma como punto de partida la ética protestante y el espíritu del
capitalismo de Max Weber para, de una manera expresa, reescribirlo
bajo la mentalidad de un hacker. Por lo tanto, si en el siglo
XVII se justificaba el trabajo por el trabajo y se perseguía el
máximo beneficio económico, el hacker contrapone la satisfacción
personal y el entretenimiento como único objetivo. Más o menos,
el filósofo finlandés sugiere que si la ética protestante fue
importante para el desarrollo del capitalismo, la ética del
hacker determinará los nuevos tiempos.
Bajo esta lógica nos encontramos, en la actualidad,
con dos posturas diferentes respecto a la nueva era de la Información.
Por una parte estaría Bill Gates y su preciada Microsoft,
que representaría una tendencia centrada en el trabajo y en la acumulación
de dinero y, por otro, Linus Torvalds y su pingüino, que
representarían el libre acceso, la afición, la pasión y el deseo
de compartir. O sea, modelo a seguir por los hackers, que
tratan de combinar la pasión con la libertad.
Unos conceptos que para algunos lectores puedan parecer sorprendentes.
Por ejemplo, para un hacker el concepto del tiempo
es opuesto a la visión capitalista. Hacen un uso mucho más flexible
del mismo y, aunque tratan de alcanzar unas metas razonables, nunca
supervisan el uso del mismo. El hacker disfruta con lo que
hace y sigue el ritmo de su propia creatividad prescindiendo de
horarios preestablecidos. Por lo tanto, la transparencia, la franqueza
y el reconocimiento social de la creatividad pretende sustituir
la jerarquía por el compromiso. Los trabajadores dejan de ser elementos
de una pirámide para convertirse en nodos de una red.
Aquí es cuando aparece la visión más comunista de Himanen,
que no anarquista, como algunos podrían pensar tratándose de los
mal denominados 'piratas informáticos'. El hacker quiere
compartir la información. Una razón filosófica lo lleva a
querer conseguir el reconocimiento de sus iguales. Con ello no quiere
decir que no tengan los pies en la tierra; he aquí una razón
pragmática para ejemplificarlo: si se esconden las propias ideas
nadie puede añadirles nada y el trabajo pierde su sentido como motor
de progreso y bienestar social.
Al final te
das cuenta que lo que Himanen quiere comunicarnos es que
todos podemos ser hackers, independientemente de a lo que
nos dediquemos. A partir de ahora, los niños contestarán, sin pestañear,
"quiero ser HACKER" a la pregunta de los
padres sobre qué quieren ser de mayores. Ironías aparte, el autor
considera que el rasgo que caracterizará a los futuros 'angelitos'
será la dedicación a un determinado tema y el hecho de cultivar
un interés sin reservas, además de estar dispuestos a sacrificar
horas de sueño y tiempo libre por su pasión.
Himanen,
a veces agudo, otras más bien ingenuo, escribe con una prosa sencilla
y directa. Como el libro no es demasiado extenso, se hace ameno
y entretenido. Desde luego, es una obra de lectura obligatoria para
todos aquellos que deseen entender el avance de los valores morales
dentro de la vertiginosa, y para muchos desalmada, era de la Información.
En este libro desaparecen los tabús y se presentan los conceptos
más importantes para entender 'realmente' a la pretendida comunidad
hacker, alejada de esas desvirtuadas creencias que circulan
por los medios de comunicación. Sin embargo, no nos podemos dejar
llevar por una visión, en muchas ocasiones, demasiado idealizada
que nos presenta el filósofo finlandés. Si caemos en su red, creeremos
que vivimos en el limbo y que la maldad y el interés personal han
desaparecido para siempre.
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