La batalla entre la Alta Costura y el Prêt-à-Porter, entre el glamour del diseño parisino y la irreverencia de los nuevos creadores británicos, entre lo 'chic' y lo 'fashion' es por fin oficial. Ha tenido que retirarse Yves Saint Laurent -y saborear los placenteros ajustes de cuentas del que ya no se juega nada- para asestar a la Alta Costura un golpe definitivo, de esos que duelen más al agresor que a la víctima.
Laura Conde
Redacción Telepolis


        l creador, ya un mito de la moda, se despide convencido de que su venerada Alta Costura se ha convertido en un espectáculo circense que se desarrolla paralelamente en dos escenarios: los despachos de las multinacionales y las pasarelas internacionales.

        En el nuevo panorama, los intercambios de acciones -incoherentes en lo estético pero económicamente eficaces-, la resolución de conflictos en los tribunales y la aparición de una discutible nueva ética de corte británico han acabado con lo que fue la moda para Saint Laurent. Para los grandes de las finanzas la belleza se mide el dólares, y no han dudado en dejar en manos de un elenco de extravagantes modistos ingleses y americanos firmas de prestigio como Christian Dior, Givenchy o la propia YSL.

        Los nuevos diseñadores se caracterizan por su desaliño: llevan botas militares, cinturones con pinchos, crestas, vaqueros rotos. Van de rebeldes, si es que se puede serlo dentro del propio 'establishment', cobran cifras escandalosas, venden espectáculo en lugar de creación y han disparado los ingresos de las grandes firmas. Demasiado para el siempre trajeado Saint Laurent, que ha decido asistir desde fuera al declive de su Alta Costura.




Los nuevos diseñadores llevan botas militares, cinturones con pinchos,
crestas y vaqueros rotos




        Pinault-Printemps-Redoute (PPR) y Louis Vuiton Moët-Hennessy (LVMH) son los dos grandes de la moda, que pelean por monopolizar el negocio del diseño de lujo. En sus últimos años, Saint Laurent ha desfilado por ambas megaempresas, en un culebrón con irreesistibles ingredientes: tribunales, intercambios de acciones, vanidades enfrentadas e injusticias para todos los gustos. Una de ellas, arrebatar al modisto la marca que lleva su nombre para otorgársela a Tom Ford, un joven creador estadounidense de marcada vocación comercial.

        El pionero de la moda-espectáculo que ha dado lugar al indiscriminado intercambio de nuevos talentos entre PPR y LVMH fue el gibraltareño John Galliano. En 1995 fue nombrado jefe de diseño de Givenchy, convirtiéndose en el primer diseñador británico fichado por una firma francesa, que abandonó para pasarse a Christian Dior.

       Críticos y admiradores le consideran el precusor de la moda-espectáculo, un peculiar antisistema desde el sistema, un perfecto cínico. Un cinismo de lo más 'in' para muchas caras conocidas del 'fashion world', como la lánguida maniquí Kate Moss, capaz de renunciar a su astronómico caché para pasear gratis su palmito por los desfiles de su extravagante amigo. Los 'megaejecutivos' de la moda también aplauden cada irreverencia del modisto como una nueva muestra de arte reivindicativo.

       Sin embargo, para los mendigos de París, su colección Dior 2000, inspirada íntegramente en la estética de los 'sin techo' parisinos, representa la esencia del más brillante y depurado cinismo. Harapos, trajes con desperdicios, pantalones extra anchos, suéteres agujereados, kits de supervivencia con vasos y cubiertos emergiendo de la ropa o latas vacías colgando de la cintura fueron algunas de las propuestas del diseñador. Lo que para Galliano era una muestra del refinado glamour de la pobreza y una metáfora de la decadencia de la Alta Costura, para los mendigos significó la más sarcástica falta de respeto. Con pancartas que rezaban "El cinismo no es cool" se manifestaron, dolidos, a las puertas de la boutique de Dior en París.





Los 'sin techo' de París se manifestaron contra una colección de Galliano que
se inspiraba en su estética





       Alexander McQueen, 'el hooligan de la Alta Costura', sucedió a Galliano en Givenchy. Su pasión por escandalizar ("me gustaría que la gente saliera vomitando de mis desfiles") le llevó a atar a sus modelos con cinta adhesiva, colocándoles crestas y marcas de neumático. En otra ocasión, el modisto ofreció un desfile en el que las modelos aparecían manchadas de sangre y con faldas escocesas rasgadas. Una maniquí con las piernas ortopédicas diseñadas en exclusiva protagonizó otro de sus desfiles, y diseñó chaquetas para el príncipe Carlos de Inglaterra con la palabra fuck inscrita en sus forros. Su irreverencia no impide que McQueen se venda al mejor postor: una escandalosa cifra le hizo trasladarse de Givenchy (LVMH) a Gucci (PPR).

       ¿Cinismo o transgresión? En la delicada línea que separa ambos conceptos se encuentra también el belga Martin Margiela, famoso por sus colecciones con materiales de desecho que simbolizan su rechazo a la sociedad de consumo. No así sus precios. Su obsesión por presentar su ropa sobre gente corriente, numerar sus prendas o realizar desfiles en lugares insólitos representan la rebeldía del gran deconstructivista de las pasarelas. Rei Kawakubo, por su parte, puso sobre la pasarela a varios modelos con la cabeza rapada disfrazados de prisioneros judíos en la 50ª conmemoración del Holocausto, mientras que el chipriota Hussein Chalayan utilizó a modelos con el pecho descubierto y el velo del islam cubriéndoles el rostro.

       Este panorama estético y empresarial ha forzado la retirada de Saint Laurent, para quien su particular mundo de la moda ha sido invadido por una pandilla de cínicos. Sin embargo, ¿no es también un cínico alguien que defiende una Alta Costura solidaria, regida por la creatividad en lugar de por el dinero, pero destinada únicamente a potenciar la belleza de unas poquísimas mujeres que pueden permitirse adquirir sus creaciones? ¿Es más honesto, tal vez, el presidente de PPR, François Pinault, que abandonó el trotskismo cuando las cosas empezaron a irle bien? La conclusión es, finalmente, que la Alta Costura necesita, urgentemente, revisar de una vez por todas sus trapos sucios.

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