Para algunos la Unión Africana (UA) representa tan sólo un cambio de siglas, que no se traducirá en políticas concretas sin el respaldo de Occidente, actualmente demasiado absorto en su llamada cruzada antiterrorista como para dedicar siquiera un 0,7% de su sentido común a colaborar con el continente africano. La cumbre de Durban significó el nacimiento de esta institución, que pretende despojar a África de su condición de continente más pobre.
Laura Conde  Redacción Telepolis  

        Tras 39 años de existencia y después de haber impulsado la descolonización en casi todos los países africanos, la Organización de la Unidad Africana (OUA) ha dado paso a la Unión Africana (UA), un organismo inspirado en la Unión Europea (UE) que pretende instaurar la democracia en todos los países miembros, promover el desarrollo económico y dar a los Estados africanos una sola voz para defender sus intereses en el ámbito internacional. Ni las diferencias iniciales entre algunos líderes históricos ni la consolidación del continente como el más pobre del mundo han impedido a los países que suscribieron la UA -todos excepto Marruecos y Madagascar- recibir a la nueva criatura con un entusiasmo que, salvo excepciones, roza lo utópico.

        Excepto el presidente libio, Muammar el Gaddafi, ilusionado con el nuevo organismo pero escéptico sobre las intenciones reales de Occidente de hacerlo funcionar, los líderes del continente han recibido a la Unión Africana como el principio de una nueva etapa histórica, como el instrumento que propiciará el alejamiento progresivo de los males que, en estos momentos, asolan el continente. La hambruna, que se extiende especialmente por África austral, las epidemias, la guerra y la represión de unos regímenes que combinan a su antojo dictadura y democracia son los principales enemigos del desarrollo africano, mientras la población se maneja con un PIB irrisorio y el G-7 evalúa a los Gobiernos según su comportamiento con los intereses económicos occidentales.
       

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Gaddafi, el más escéptico y antioccidental
de los líderes africanos, desconfía de la
voluntad real de Occidente de colaborar
en el desarrollo del continente

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        Sin embargo, incluso el propio Gaddafi, cuya condición de promotor de la iniciativa no le impide ser el más combativo de los presidentes africanos, se contagió de la energía positiva que el primer presidente de turno del organismo, el mandatario sudafricano Thabo Mbeki, desprendía al referirse a NEPAD. La Nueva Asociación para el Desarrollo de África (NEPAD) es un programa económico similar al Plan Marshall, impulsado, junto al propio Mbeki, por otros líderes de talante pro occidental, como el presidente nigeriano Olusegun Obasanjo o el senegalés Abdoulaye Wade.

        Este organismo, vinculado al nacimiento de la Unión Africana y calificado en su día por Gaddafi de "colonialista", fue suscrito por los países del G-7 (Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Alemania, Italia, Canadá y Japón), en su última cumbre celebrada en Canadá, donde se comprometían a colaborar con 6.000 millones de dólares en la financiación de NEPAD, aunque únicamente para "aquellas naciones que se gobiernen justamente, que inviertan en su propia gente y promuevan la libertad económica", unas condiciones demasiado tendenciosas para alguien acostumbrado a leer entre líneas como el presidente libio, enemigo declarado de Occidente.

       Los expertos en desarrollo sostienen que, en estos momentos, África necesita 60.000 millones de dólares para crear un impacto sostenible en los sistemas de educación y sanidad del continente, por lo que la contribución occidental resulta meramente simbólica teniendo en cuenta, además, la falta de transparencia de las condiciones impuestas a las ayudas. Es fundamental, pues, que Occidente ponga su capacidad empática al servicio de este nuevo organismo y establezca un orden coherente de prioridades: combatir la hambruna, las epidemias y la guerra -20 de los 53 países que integran África albergan conflictos internos importantes, sean guerras civiles, terrorismo a gran escala o rebeliones-, garantizar unos sistemas de educación y sanidad mínimamente dignos y erradicar el trabajo infantil, sin condicionar la contribución económica al establecimiento de unas democracias de corte occidental, que, dadas las circunstancias, constituyen un requisito secundario para un continente tan devastado como el africano.


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El gran error del G-7 ha sido condicionar las ayudas económicas al establecimiento de sistemas democráticos
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    No obstante, Mbeki continúa creyendo en las posibilidades de NEPAD y ha logrado contagiar de esta fe a sus homólogos africanos, así como acallar a Gaddafi haciéndole un hueco en la dirección del organismo. Poco parece importar que las discrepancias entre los diferentes líderes, algunos de ellos poco habituados a la negociación tras décadas de poder prácticamente absoluto en sus respectivos países, estuviesen a punto de hacer naufragar tanto el nacimiento de NEPAD como el establecimiento de la propia Unión Africana.

       La UA ha logrado aglutinar a 40 Estados africanos, pero cuenta ya desde sus inicios con dos ausencias de peso: Marruecos, a causa del reconocimiento del Sáhara Occidental por parte de los Estados miembros, y Madagascar, porque el nuevo régimen de Marc Ravalomanana no ha sido aceptado por la OUA ni por la comunidad internacional, supuestamente por su falta de transparencia electoral -aunque las ONGs acusan a Francia de su vinculación económica con el ex presidente Ratsiraka-. Los diferentes países se debaten entre el acercamiento a Occidente representado por Nigeria o Sudáfrica o el talante antioccidental de dirigentes de enorme peso como Robert Mugabe, en Zimbabue, o el propio Gaddafi.


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La ausencia de Marruecos y Madagascar pone de manifiesto las numerosas controversias en el seno del organismo

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       Tras la independencia de Namibia en 1990 y la caída del régimen de apartheid en 1994, la OUA había perdido su razón de ser, pues fue creada tras la liberación de Ghana en 1957 con el objetivo de impulsar la descolonización de todo el continente y luchar contra el racismo. Agotadas las posibilidades de la OUA,
los países africanos decidieron inspirarse en la UE para crear un organismo similar adaptado a la realidad africana. Así, la UA tendrá una Asamblea, un Consejo Ejecutivo, un Comité de Representantes Permanentes y una Comisión, además de diversos Comités Técnicos Especializados similares a los europeos y un Parlamento Pan Africano todavía en estado embrionario. Poseerá, además, una Corte de Justicia, un Banco Africano -que en un futuro emitirá una moneda única-, un Fondo Monetario Africano y el Banco Africano de Inversiones. Al igual que en la Europa de los Quince, la UA pretende promover la integración económica y el desarrollo social para dar lugar, a medio plazo, a la unidad política.

       A diferencia de la anterior OUA, la Unión Africana contempla el derecho de intervención militar en los países miembros cuando se cometan crímenes contra la Humanidad, como el genocidio que asoló Ruanda en los años 90 ante la mirada indiferente de los líderes del continente. Así pues, pese a que todavía faltan por definir las líneas básicas del organismo y establecer actuaciones concretas, África se aferra a la UA como la futura salvación del territorio. En palabras de Thabo Mbeki, pronunciadas durante el discurso inaugural en la cumbre de Durban, la Unión Africana significará el "renacer" del continente más pobre del planeta.

       


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