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Tras
39 años de existencia y después de haber impulsado la descolonización
en casi todos los países africanos, la Organización
de la Unidad Africana (OUA) ha dado paso a la Unión
Africana (UA), un organismo inspirado en la Unión
Europea (UE) que pretende instaurar la democracia
en todos los países miembros, promover el desarrollo económico
y dar a los Estados africanos una sola voz para defender sus intereses
en el ámbito internacional. Ni las diferencias iniciales entre
algunos líderes históricos ni la consolidación del continente
como el más pobre del mundo han impedido a los países que
suscribieron la UA -todos
excepto Marruecos y Madagascar- recibir a la nueva criatura con
un entusiasmo que, salvo excepciones, roza lo utópico.
Excepto el presidente libio, Muammar el Gaddafi, ilusionado
con el nuevo organismo pero escéptico sobre las intenciones
reales de Occidente de hacerlo funcionar, los líderes del
continente han recibido a la Unión Africana
como el principio de una nueva etapa histórica, como el
instrumento que propiciará el alejamiento progresivo de los males
que, en estos momentos, asolan el continente. La hambruna, que
se extiende especialmente por África austral, las epidemias, la
guerra y la represión de unos regímenes que combinan a
su antojo dictadura y democracia son los principales enemigos
del desarrollo africano, mientras la población se maneja con un
PIB irrisorio y el G-7 evalúa a los Gobiernos según
su comportamiento con los intereses económicos occidentales.
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Gaddafi,
el más escéptico y antioccidental
de los líderes africanos, desconfía de la
voluntad real de Occidente de colaborar
en el desarrollo del continente

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Sin
embargo, incluso el propio Gaddafi, cuya condición de
promotor de la iniciativa no le impide ser el más combativo
de los presidentes africanos, se contagió de la energía positiva
que el primer presidente de turno del organismo, el mandatario
sudafricano Thabo Mbeki, desprendía al referirse a NEPAD.
La Nueva Asociación para el Desarrollo
de África (NEPAD) es un programa económico similar
al Plan Marshall, impulsado, junto al propio Mbeki,
por otros líderes de talante pro occidental, como el presidente
nigeriano Olusegun Obasanjo o el senegalés Abdoulaye
Wade.
Este organismo, vinculado
al nacimiento de la Unión Africana
y calificado en su día por Gaddafi de "colonialista",
fue suscrito por los países del G-7 (Estados Unidos, Francia,
Gran Bretaña, Alemania, Italia, Canadá y Japón),
en su última cumbre celebrada en Canadá, donde se comprometían
a colaborar con 6.000 millones de dólares en la financiación
de NEPAD, aunque únicamente
para "aquellas naciones que se gobiernen justamente, que inviertan
en su propia gente y promuevan la libertad económica", unas
condiciones demasiado tendenciosas para alguien acostumbrado
a leer entre líneas como el presidente libio, enemigo declarado
de Occidente.

Los expertos en desarrollo
sostienen que, en estos momentos, África necesita 60.000 millones
de dólares para crear un impacto sostenible en los sistemas
de educación y sanidad del continente, por lo que la contribución
occidental resulta meramente simbólica teniendo en cuenta, además,
la falta de transparencia de las condiciones impuestas a las
ayudas. Es fundamental, pues, que Occidente ponga su capacidad
empática al servicio de este nuevo organismo y establezca un
orden coherente de prioridades: combatir la hambruna, las epidemias
y la guerra -20 de los 53 países que integran África albergan
conflictos internos importantes, sean guerras civiles, terrorismo
a gran escala o rebeliones-, garantizar unos sistemas de educación
y sanidad mínimamente dignos y erradicar el trabajo infantil,
sin condicionar la contribución económica al establecimiento
de unas democracias de corte occidental, que, dadas las circunstancias,
constituyen un requisito secundario para un continente tan devastado
como el africano.
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El
gran error del G-7 ha sido condicionar las ayudas económicas
al establecimiento de sistemas democráticos
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No
obstante, Mbeki continúa creyendo en las posibilidades
de NEPAD y ha logrado contagiar
de esta fe a sus homólogos africanos, así como acallar
a Gaddafi haciéndole un hueco en la dirección
del organismo. Poco parece importar que las discrepancias entre
los diferentes líderes, algunos de ellos poco habituados a la
negociación tras décadas de poder prácticamente absoluto en
sus respectivos países, estuviesen a punto de hacer naufragar
tanto el nacimiento de NEPAD
como el establecimiento de la propia Unión
Africana.
La UA
ha logrado aglutinar a 40 Estados africanos, pero cuenta ya
desde sus inicios con dos ausencias de peso: Marruecos, a causa
del reconocimiento del Sáhara Occidental por parte de los Estados
miembros, y Madagascar, porque el nuevo régimen de Marc
Ravalomanana no ha sido aceptado por la OUA
ni por la comunidad internacional, supuestamente por su falta
de transparencia electoral -aunque las ONGs acusan a Francia
de su vinculación económica con el ex presidente
Ratsiraka-. Los diferentes países
se debaten entre el acercamiento a Occidente representado por
Nigeria o Sudáfrica o el talante antioccidental de dirigentes
de enorme peso como Robert Mugabe, en Zimbabue, o el
propio Gaddafi.
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La
ausencia de Marruecos y Madagascar pone de manifiesto las
numerosas controversias en el seno del organismo
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Tras la independencia
de Namibia en 1990 y la caída del régimen de apartheid en 1994,
la OUA había perdido su
razón de ser, pues fue creada tras la liberación de Ghana en
1957 con el objetivo de impulsar la descolonización de todo
el continente y luchar contra el racismo. Agotadas las posibilidades
de la OUA, los
países africanos decidieron inspirarse en la UE
para crear un organismo similar adaptado a la realidad africana.
Así,
la UA tendrá una Asamblea,
un Consejo Ejecutivo, un Comité de Representantes Permanentes
y una Comisión, además de diversos Comités Técnicos Especializados
similares a los europeos y un Parlamento Pan Africano todavía
en estado embrionario. Poseerá, además, una Corte de Justicia,
un Banco Africano -que en un futuro emitirá una moneda única-,
un Fondo Monetario Africano y el Banco Africano de Inversiones.
Al igual que en la Europa de los Quince, la UA
pretende promover la integración económica y el desarrollo social
para dar lugar, a medio plazo, a la unidad política.
A
diferencia de la anterior OUA,
la Unión Africana contempla
el derecho de intervención militar en los países miembros cuando
se cometan crímenes contra la Humanidad, como el genocidio que asoló
Ruanda en los años 90 ante la mirada indiferente de los líderes
del continente. Así pues, pese a que todavía faltan
por definir las líneas básicas del organismo y establecer
actuaciones concretas, África se aferra a la UA
como la futura salvación del territorio. En palabras de Thabo
Mbeki, pronunciadas durante el discurso inaugural en la cumbre
de Durban, la Unión Africana
significará el "renacer" del continente más
pobre del planeta.

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