Sólo después de muerto Luis Cernuda ha sido reconocido como el poeta más influyente de la Generación del 27. Este año se celebra el centenario de su nacimiento, un 21 de septiembre de 1902, y diversas ciudades, entre ellas su Sevilla natal, le han rendido homenaje en diferentes actos. Tras sufrir desde el destierro la indiferencia ante su obra, el reconocimiento del poeta 100 años después de su nacimiento representa el triunfo póstumo de un artista eclipsado en vida por los compañeros de una generación menos unida de lo que explican los manuales.
Laura Conde  Redacción Telepolis   

        De los poetas que formaron parte de la Generación del 27, Luis Cernuda, ha sido, tal vez, el que ha alcanzado un reconocimiento más tardío. Prácticamente ignorado en vida, la crítica contemporánea le proclama ahora el poeta más influyente de su generación, gracias, fundamentalmente, a su incuestionable universalidad y al profundo desapego de una España que nunca dejó de avergonzarle en la soledad del exilio mexicano: un desarraigo más resistente al peso de la historia que el folklorismo de algunos de sus compañeros de generación, cuya lectura tiene aires de un pasado del que Cernuda se resiste a formar parte.

        Su voluntario mutismo le hizo un incomprendido para la crítica y el público, indiferentes, en aquella época, al romanticismo de corte becqueriano de aquel sevillano universal obsesionado por el deseo, el amor y la soledad. Su atormentado hermetismo y su honda disconformidad con el mundo -una desolación que Cernuda sólo sabía expresar como angustia y tristeza- llevaron a Gerardo Diego a decir de él que "era un gran poeta y una mala persona", cuyo permanente estado de abstracción y su exclusión voluntaria de los círculos sociales fueron interpretados, en ocasiones, como un acto de soberbia.





Su hermetismo y altanería llevaron a Gerardo Diego a decir de él que era 'un gran poeta y una mala persona'



        'Y en la revolución pensábamos: un mar cuya ira azul tragase tanta fría miseria'. Pese a que muchos le reprocharon una adscripción a la estética romántica impensable tras las vanguardias, Cernuda fue un Bécquer de izquierdas, homosexual y profundamente solidario con las clases desfavorecidas, cuya marginación comparaba a menudo con su condición de "inadaptado" derivada de su identidad sexual. Luis Cernuda fue un romántico clásico que militaba en el Partido Comunista, un burgués andaluz que se declaró antiburgués universal, siempre perseguido por el fantasma de la España que ganó la guerra y nunca dejó de atormentarle en el exilio, donde vivió con la única compañía de su amiga Concha Méndez, ex esposa de Manuel Altolaguirre. "Si yo soy español, lo soy a la manera de aquellos que no pueden ser otra cosa", escribió el poeta, quien se declaraba "español sin ganas" con la combativa resignación que le producía pertenecer al país que fusiló a Lorca, hervidero del odio de posguerra del que muchos, como él, tuvieron que huir.





Se sentía solidario con las clases desfavorecidas, cuya marginación camparaba a menudo con su condición de 'inadaptado' derivada de su homosexualidad






       'El hombre y su deseo/ la airada muchedumbre/ ¿Qué son sino tú misma?/ Por ti, mi soledad, los busqué un día/ en ti, mi soledad los amo ahora'. La soledad fue una constante en la vida de Luis Cernuda, que nació en el seno de una familia acomodada y conservadora y, como refleja su libro de poemas en prosa, Ocnos, vivió una infancia solitaria a causa de la excesiva rigidez de un padre militar. Para él, la soledad fue, tal vez por resignación, la única forma de conocimiento lúcido. Únicamente en soledad, y en el malestar crónico producido por sus sucesivos desengaños amorosos, el poeta era capaz no sólo de comprender el mundo y rebelarse ante él, sino de desarrollar otro de los temas básicos en su obra: la búsqueda del absoluto, siempre inaprensible y fugaz. Así, Max Aub dijo del poeta que fue un gran "amante de lo que odiaba: su soledad".

       La tristeza y la pesadumbre que se instalaron permanentemente en su vida durante sus últimos años fueron, al igual que la soledad, acogidas siempre con abnegación y en ocasiones con cierto orgullo. "No eres hiel ni eres pena, sino amor de justicia imposible", escribe el autor en su Himno a la tristeza, consciente de que su malestar era, en el fondo, el último, necesario mazazo de la España franquista a su incorruptible rebeldía.





Su amor por la belleza dio lugar a poesías rebosantes de erotismo que a menudo incomodaron a la censura franquista




       'Ávido de recibir en sí mismo otro cuerpo que sueñe; mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne, iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo
'. La exaltación de la pasión amorosa en la obra de Cernuda y su sensibilidad para expresarla en todos sus matices contrastan con el fracaso de la mayor parte de las relaciones que mantuvo. Su absoluta integridad, que llevó a Octavio Paz a decir que su intransigencia era "de orden moral e intelectual: odiaba la inautenticidad y no soportaba a los necios ni a los indiscretos", hizo que nunca ocultase su homosexualidad, que fue un componente obvio y natural en su obra poética gracias a la lectura de André Gide.

       A menudo se burlaba de algunos de sus colegas de generación, como Vicente Aleixandre, que llenaba sus poemas de referencias femeninas donde deberían ser masculinas, y decía, sin ironía, que odiaba "las mariconerías" y que amaba la belleza -la Hermosura- por encima de todo. La sinceridad con que expresó siempre su identidad sexual se refleja en su obra, repleta de referencias a "los placeres prohibidos" y a su pasión por el cuerpo masculino, con un erotismo que a menudo incomodó a la censura franquista. Su segundo libro, Donde habite el olvido, es el resultado del fracaso una relación dolorosa con Serafín Fernández Ferro.

       'Con su propia grandeza nos advierte De alguna mente creadora inmensa, Que concibe al poeta cual lengua de su gloria Y luego le consuela a través de la muerte' . La poesía de Cernuda fue siempre un intento doloroso de encontrar lo sublime, de expresar la tensión insalvable entre la realidad y el deseo, los frágiles límites entre el placer y el dolor. En 1931, publicó Los placeres prohibidos, la obra que le consagró como un poeta destacado aunque no decisivo -de ello se encargaría la Historia- de la Generación del 27. Diversos documentos póstumos indican que algunos de sus colegas de generación colaboraron intencionadamente en el simbólico destierro literario de Cernuda, que había sido alumno de Pedro Salinas en la Facultad de Derecho, donde nacieron rencillas insalvables entre ambos. Unas cartas de Salinas revelan que el célebre poeta trató de impedir la publicación de Donde habite el olvido, una obra de corte romántico -cuyo título constituye un homenaje a Bécquer- que supuso la consagración del poeta andaluz. Desde 1936, el autor recopiló todos sus poemas bajo el título de La realidad y el deseo, que sintetiza a la perfección el carácter de su obra poética, cuya última edición apareció en México en 1963, poco después de su muerte a los 61 años.


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