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De
los poetas que formaron parte de la Generación del 27, Luis
Cernuda, ha sido, tal vez, el que ha alcanzado un reconocimiento
más tardío. Prácticamente ignorado en vida, la crítica contemporánea
le proclama ahora el poeta más influyente de su generación, gracias,
fundamentalmente, a su incuestionable universalidad y al profundo
desapego de una España que nunca dejó de avergonzarle en la soledad
del exilio mexicano: un desarraigo más resistente al peso de la
historia que el folklorismo de algunos de sus compañeros de generación,
cuya lectura tiene aires de un pasado del que Cernuda se
resiste a formar parte.
Su voluntario
mutismo le hizo un incomprendido para la crítica y el público,
indiferentes, en aquella época, al romanticismo de corte becqueriano
de aquel sevillano universal obsesionado por el deseo, el amor
y la soledad. Su atormentado hermetismo y su honda disconformidad
con el mundo -una desolación que Cernuda sólo sabía expresar
como angustia y tristeza- llevaron a Gerardo Diego a decir
de él que "era un gran poeta y una mala persona", cuyo permanente
estado de abstracción y su exclusión voluntaria de los círculos
sociales fueron interpretados, en ocasiones, como un acto de soberbia.
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Su hermetismo y altanería llevaron a Gerardo Diego
a decir de él que era 'un gran poeta y una mala persona'
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'Y
en la revolución pensábamos: un mar cuya ira azul tragase tanta
fría miseria'. Pese a que muchos le reprocharon una
adscripción a la estética romántica impensable tras las vanguardias,
Cernuda fue un Bécquer de izquierdas, homosexual y profundamente
solidario con las clases desfavorecidas, cuya marginación comparaba
a menudo con su condición de "inadaptado" derivada de su identidad
sexual. Luis Cernuda fue un romántico clásico que militaba
en el Partido Comunista, un burgués andaluz que se declaró antiburgués
universal, siempre perseguido por el fantasma de la España que
ganó la guerra y nunca dejó de atormentarle en el exilio, donde
vivió con la única compañía de su amiga Concha Méndez,
ex esposa de Manuel Altolaguirre. "Si yo soy español,
lo soy a la manera de aquellos que no pueden ser otra cosa",
escribió el poeta, quien se declaraba "español sin ganas" con
la combativa resignación que le producía pertenecer al país
que fusiló a Lorca, hervidero del odio de posguerra del que
muchos, como él, tuvieron que huir.
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Se
sentía solidario con las clases desfavorecidas, cuya
marginación camparaba a menudo con su condición
de 'inadaptado' derivada de su homosexualidad

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'El
hombre y su deseo/ la airada muchedumbre/ ¿Qué son sino tú misma?/
Por ti, mi soledad, los busqué un día/ en ti, mi soledad los
amo ahora'. La soledad fue una constante en la vida
de Luis Cernuda, que nació en el seno de una familia
acomodada y conservadora y, como refleja su libro de poemas
en prosa, Ocnos, vivió una
infancia solitaria a causa de la excesiva rigidez de un padre
militar. Para él, la soledad fue, tal vez por resignación, la
única forma de conocimiento lúcido. Únicamente en soledad,
y en el malestar crónico producido por sus sucesivos desengaños
amorosos, el poeta era capaz no sólo de comprender el mundo
y rebelarse ante él, sino de desarrollar otro de los temas básicos
en su obra: la búsqueda del absoluto, siempre inaprensible y
fugaz. Así, Max Aub dijo del poeta que fue un
gran "amante de lo que odiaba: su soledad".
La
tristeza y la pesadumbre que se instalaron permanentemente en
su vida durante sus últimos años fueron, al igual que la soledad,
acogidas siempre con abnegación y en ocasiones con cierto orgullo.
"No eres hiel ni eres pena, sino amor de justicia imposible",
escribe el autor en su Himno a la tristeza,
consciente de que su malestar era, en el fondo, el último, necesario
mazazo de la España franquista a su incorruptible rebeldía.
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Su
amor por la belleza dio lugar a poesías rebosantes
de erotismo que a menudo incomodaron a la censura franquista
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'Ávido
de recibir en sí mismo otro cuerpo que sueñe; mitad y mitad,
sueño y sueño, carne y carne, iguales en figura, iguales en
amor, iguales en deseo'.
La exaltación de la pasión amorosa en la obra de Cernuda
y su sensibilidad para expresarla en todos sus matices contrastan
con el fracaso de la mayor parte de las relaciones que mantuvo.
Su absoluta integridad, que llevó a Octavio Paz a decir
que su intransigencia era "de orden moral e intelectual: odiaba
la inautenticidad y no soportaba a los necios ni a los indiscretos",
hizo que nunca ocultase su homosexualidad, que fue un componente
obvio y natural en su obra poética gracias a la lectura de André
Gide.
A
menudo se burlaba de algunos de sus colegas de generación, como
Vicente Aleixandre, que llenaba sus poemas de referencias
femeninas donde deberían ser masculinas, y decía, sin ironía,
que odiaba "las mariconerías" y que amaba la belleza -la Hermosura-
por encima de todo. La sinceridad con que expresó siempre su
identidad sexual se refleja en su obra, repleta de referencias
a "los placeres prohibidos" y a su pasión por
el cuerpo masculino, con un erotismo que
a menudo incomodó a la censura franquista. Su segundo
libro, Donde habite el olvido,
es el resultado del fracaso una relación dolorosa con Serafín
Fernández Ferro.
'Con
su propia grandeza nos advierte De alguna mente creadora inmensa,
Que concibe al poeta cual lengua de su gloria Y luego le consuela
a través de la muerte' .
La poesía de Cernuda fue siempre un intento doloroso de encontrar
lo sublime, de expresar la tensión insalvable entre la realidad
y el deseo, los frágiles límites entre el placer y el dolor. En
1931, publicó Los placeres prohibidos,
la obra que le consagró como un poeta destacado aunque no decisivo
-de ello se encargaría la Historia- de la Generación del 27. Diversos
documentos póstumos indican que algunos de sus colegas de generación
colaboraron intencionadamente en el simbólico destierro literario
de Cernuda, que había sido alumno de Pedro Salinas en
la Facultad de Derecho, donde nacieron rencillas insalvables entre
ambos. Unas cartas de Salinas revelan que el célebre poeta
trató de impedir la publicación de Donde habite el olvido,
una obra de corte romántico -cuyo título constituye un homenaje
a Bécquer- que supuso la consagración del poeta andaluz.
Desde 1936, el autor recopiló todos sus poemas bajo el título de
La realidad y el deseo, que
sintetiza a la perfección el carácter de su obra poética,
cuya última edición apareció en México en 1963, poco después
de su muerte a los 61 años.
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