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En el panorama posterior a la descolonización, Costa
de Marfil ha sido una potencia relativamente privilegiada
en el África subsahariana. Principal productor mundial de cacao,
ha gozado de un régimen político más o menos estable desde
su descolonización en 1960 hasta principios de los 90.
Su relativa estabilidad económica -irrisoria si la comparamos
con Occidente pero atractiva para países como Burkina Faso,
donde la mayoría de la población subsiste con menos de un dólar
al día-, hizo de Costa de Marfil una especie de paraíso
para la inmigración africana que huía de países azotados por conflictos
bélicos crónicos y escasas perspectivas económicas.
Precisamente,
las altas tasas de inmigrantes que desde hace 40 años recibe la
ex colonia francesa han contribuido a agravar una fractura social
que ha dado lugar al arraigado concepto de "marfileidad". A la
tradicional fractura entre el Sur cristiano y el Norte musulmán,
la crispación originada por un periodo crónico de vacas flacas
añadía una nueva ruptura en la sociedad de Costa de Marfil:
el enfrentamiento marfileños-extranjeros, que originó
esperpénticos episodios entre los propios líderes políticos, quienes
se sumieron en una competición absurda sobre su "marfileidad"
descalificando a aquellos de ascendencia extranjera.
Sin
embargo, quienes ahora se refugian en la pureza de su sangre y
en una serie de insostenibles argumentos étnicos para justificar
el rechazo de los nativos hacia los más de seis millones de inmigrantes
que actualmente residen en Costa de Marfil, olvidan que,
en su día, la mano de obra barata de miles de extranjeros constituyó
uno de los mayores atractivos para los inversores occidentales
que apostaron por este país, rico en recursos naturales y, por
encima de todo, extraordinariamente barato.
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El
concepto de 'marfileidad', profundamente arraigado en Costa
de Marfil, ha sumido al
país en la obsesión por la limpieza étnica

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La
muerte del presidente Houphouet-Boigny en 1993 marcó
el inicio del declive en el paraíso de relativa estabilidad
que, hasta el momento, había sido Costa de Marfil. Houphouet-Boigny
había presidido el país desde su independencia
de Francia en 1960, al frente de una dictadura "paternalista"
que con los años fue ganando detractores, lo que obligó al presidente
a autorizar una ligera apertura del régimen a partir de los
80.
La caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de la URSS
intensificaron la oposición internacional a la democracia de
partido único marfileña que desautorizaba cualquier tipo
de oposición. Las revueltas estudiantiles de principios de los
90 fueron violentamente reprimidas por un Gobierno inexperto
absolutamente incapaz de negociar. Centenares de estudiantes
fueron encarcelados y, desde dentro y fuera del país, se exigía
el fin de la corrupción y la celebración de elecciones limpias.

Tras el fallecimiento
de Houphouet-Boigny, le sucede en el cargo Henri Konan
Bedié, autor de la polémica reforma constitucional que reserva
el derecho a llegar a la presidencia del país únicamente a personas
nacidas en Costa de Marfil y descendientes de ciudadanos
ivorienses. Esta polémica norma le permite eliminar del panorama
político a su principal rival, Ouattara, líder de la
Agrupación Republicana (AR) y antiguo miembro del Gobierno,
cuya madre había nacido en Burkina Faso. Tras la pantomima
electoral de 1995, los sucesivos escándalos de corrupción, el
estancamiento económico, la retirada de las ayudas internacionales
y la creciente tensión social que asolaba el país dieron lugar
la golpe de Estado del general Robert Guei en 1999.
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El
militar golpista Robert Guei se presentó
como el salvador de un país en crisis que
convocaría elecciones nada más
encarrilar la recuperación económica
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Al
igual que sus antecesores en el poder, Guei utiliza la
tortura, las ejecuciones masivas, los atropellos contra la libertad
de expresión y la intimidación de la oposición como principales
instrumentos de Gobierno. Pese a que en un principio rechazó
liderar el golpe, en pocos meses había barrido a los generales
que le acompañaron en la conjura, se había entregado a la corrupción
tras acobardar a sus oponentes y elaborado una reforma de la
Constitución que le sirvió para borrar de la lista a 14 de los
19 candidatos a la presidencia del país, que representaban a
un 90% del electorado potencial. Guei no se presentaba
como un dictador más en un continente habituado a los golpes
de Estado, sino como el ambicioso salvador de un país en crisis
que convocaría elecciones limpias una vez encarrilada la recuperación
económica y reconciliación étnica.
El
22 de octubre de 2000, pese a haberse asegurado el control de
los medios de comunicación, Guei no logró ganar las elecciones,
lo que no impidió que se proclamase presidente ignorando la
victoria de su oponente, Laurent Gbagbo, del Frente
Popular Marfileño (FPI), avalado por varias décadas de oposición
limpia que le costaron la cárcel en diversas ocasiones. Gbagbo
acabó ocupando la presidencia gracias al estallido popular,
en el que centenares de musulmanes del norte partidarios de
Ouattara murieron a manos de militantes del FPI. Esta
fractura social Norte-Sur y cristianos-musulmanes sólo se explica
en un desesperanzado contexto de declive económico, dentro de
un Estado cuya situación ha sido paragonada en numerosas ocasiones
con la Yugoslavia de Milosevic.
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Francia
debe asumir una parte de responsabilidad en el deterioro
del país y
ofrecer su apoyo institucional y militar para evitar el
estallido de una guerra civil

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Desde
entonces, Gbagbo, respaldado por el Partido Socialista
Francés y por Nigeria -frente a la preferencia por
Ouattara mostrada por Estados Unidos, Chirac, Mali y
Burkina Faso- se ha enfrentado a sucesivas rebeliones populares.
Su pretendido progresismo e independencia política no le han impedido
ampararse en el concepto de "marfileidad" basado en la limpieza
étnica contra su adversario político, lo que ha creado un creciente
malestar entre sus partidarios.
La
última revuelta, que tuvo lugar el pasado 19 de septiembre, comenzó
como un pequeño motín popular que dio lugar a un golpe de Estado
militar encabezado, al parecer, por el general Robert Guei,
quien, desde que perdió las elecciones de 2000 se había dedicado
a conspirar contra el régimen electo. Pese a que las informaciones
sobre la rebelión militar han sido escasas y confusas en los medios
occidentales, parecer ser que Guei fue abatido por las
tropas leales al Gobierno, aunque los disturbios continúan y,
a pesar de sus llamadas a la tranquilidad, Gbagbo no ha
logrado disipar el temor a una guerra civil en Costa de Marfil.

En estas circunstancias,
es imprescindible una intervención diplomática -y, si es necesario,
militar- a nivel internacional, pues la guerra civil podría dar
lugar a un conflicto regional que acabaría de hundir el continente.
Diversas ONGs exigen a Francia que abandone su línea de
no intervención sobre sus antiguas colonias y contribuya a restablecer
el orden en la zona. De hecho, Francia es, en gran medida,
responsable del deterioro que ha experimentado Costa de Marfil.
La práctica desaparición de las redes francesas en África
y el alineamiento de la política francesa tras el modelo privatizador
del FMI y el Banco Mundial explican gran parte de lo ocurrido
en los últimos años. En estos momentos, es necesario que el Gobierno
de Jean-Pierre Raffarin rompa su política de pasividad
sobre África y vele por la seguridad en sus ex colonias, que corren
el riesgo de convertir el África subsahariana en una nueva Yugoslavia.
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