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OTEIZA, FILÓSOFO DE LA ESCULTURA.
DANIEL GIRALT-MIRACLE.
Jorge Oteiza se consolida no sólo como el precursor de la nueva escultura española, sino también como un punto de referencia en la evolución y los avatares de ese “viaje al espacio” que ha sido la escultura de los últimos cincuenta años. Incluso críticos tan prestigiosos como Vicente Aguilera Cerni aseveran que “la estética oteiziana es la más importante aportación jamás hecha por un artista español a la filosofía del arte”, y quizá aquí radica la especificidad de Oteiza, ya que el artista vasco fue, fundamentalmente, un filósofo, que trabajó, eso sí, con los materiales, las formas y los espacios y que recurrió a la escultura para desencadenar una reflexión que alcanza todas las áreas de la vida: las ontológicas, las gnoseológicas, las metafísicas y, finalmente, las antropológicas.
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Txomin Badiola, uno de sus intérpretes y alguien que le conoció muy bien, puesto que fue discípulo suyo, lo certifica: “Oteiza sabía que todo se lo debía a su proceso escultórico: sus teorías estéticas, políticas, sociales, educativas y religiosas no eran sino extrapolaciones de su experimentación en la escultura y, por tanto, sería difícil encontrar a un defensor más aguerrido de sus propios trabajos y planteamientos”. Así, no ha de sorprendernos que toda su vida fuera un “laboratorio experimental”, un convulso caminar en pro y en contra de muchas cosas, pero siempre defendiendo ética y estéticamente unos ideales a los que nunca renunció.
Detrás de la férrea silueta, enjuta y firme, de Oteiza, de esa sonrisa tierna y penetrante, más allá de su impertérrito espíritu polémico, en muchas ocasiones incomprendido, y de su atrabiliaria capacidad de provocar a los poderes establecidos, se escondía una de las mentes más lúcidas que ha dado nuestro país, alguien que por su talento y por sus habilidades parecía destinado a seguir la tradición aunque optó por lo contrario, por destilar esa tradición, cuestionar los logros de las vanguardias y vislumbrar unos derroteros por los que transitó apasionadamente y que hoy, varias décadas después, entendemos como prospectivos.
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Curiosamente Oteiza empezó con la masa compacta, con lo más denso e imponente del arte primitivo de su país o de América latina y acabó en el lado opuesto, el de la desnudez, el de la esencia, el de la desocupación de la materia y del espacio. Para él, “el espacio no es un sitio donde se pone una escultura, sino el sitio que se desaloja, que se hace estatua. Es el lugar espiritual de encuentro que el escultor puede o no acertar a re- velar y que el espectador puede o no acertar a descifrar”. Ante esta definición, se hace evidente que para enjuiciar la obra de Oteiza hay que ir más allá de los cánones estéticos, los estilos formalistas o el esquematismo de los ismos y aceptar el desafío intelectual y físico que el artista nos propuso a lo largo de su vida, una existencia marcada por la epopeya, por las angustias existenciales, por el desaliento, por el compromiso político y por la incomprensión. |
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OTEIZA, FILÓSOFO DE LA ESCULTURA. DANIEL GIRALT-MIRACLE.
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