La noche del 17 de febrero de 1920, un policía sacó a una joven de 20 años de un canal en Berlín. Como rehusaba revelar su identidad o responder a las preguntas acerca de la causa de su intento de suicidio, fue internada en un hospital psiquiátrico registrada como Fraülein Unbekannt ("Señorita desconocida"). Diagnosticándole una "enfermedad mental de carácter depresivo", la joven finalmente confesó a una enfermera que ella era en realidad la gran duquesa Anastasia, la menor de las cuatro hijas del zar Nicolás 11 y su esposa la zarina Alejandra.

Anastasia era la más inteligente y alegre de todos los miembros de la familia Romanov. Nació el 5 de junio de 1901. La enfermedad de su hermano menor no la alejó de Alexéi, sino que la hizo más unida al zarevich, aunque al mismo tiempo la transformó en una joven independiente. Su muerte la transformó en mito, al aparecer decenas de mujeres que afirmaban ser la verdadera Anastasia pocos años después de su ejecución.
Sólo ella, declaró la joven, pudo escapar de la masacre de Ekaterinburgo la noche del 16 al 17 de julio de 1918. Sin embargo, no fue ella la única en afirmar que era sobreviviente de la masacre: hubo más "Anastasias" e incluso un Alexéi que apareció en Polonia en 1960, quien aseguraba que toda la familia pudo escapar de Rusia.

Alexéi, fue el único hijo varón y heredero de Nicolás II nació el 30 de julio de 1904, el zarevich era el centro de las atenciones, mimos y cuidados de su entorno familiar a causa de la hemofilia que sufría.
Después de todo, la versión de la mujer rescatada en Berlín fue la más verosímil. Varios miembros de la familia imperial rusa, en su mayoría empobrecidos, vivían en Europa tras los desastres de la Primera Guerra Mundial, habiendo escapado de la purga bolchevique. La mejor manera de establecer la identidad de la joven de Berlín -que se hacía llamar Anna Anderson- era reunirla con sus supuestos parientes.
Sólo dos aceptaron el encuentro: la hermana de Nicolás, la gran duquesa Olga, y la hermana de alejandra, la princesa Irene de Prusia. Cuando ambas desmintieron las afirmaciones de Anna Anderson, los demás siguieron el ejemplo. Para 1928, 12 Romanov y tres de los parientes alemanes de Alejandra la habían rechazado como impostora.

Las pruebas
Anna Anderson tuvo seguidores, Tatiana Botkin, hija del doctor de la familia imperial que fue ejecutado con ellos, había visto a Anastasia durante su encierro en Tobolsk y creía en la versión de Anna.
Uno de los hijos de la princesa Irene compiló una lista de preguntas que sólo Anastasia podría responder y las respuestas de Anna lo convencieron. La princesa luego concedió que el parecido entre la Anastasia que recordaba y Anna Anderson era sorprendente. Años después se reveló que la gran duquesa Olga, al reunirse con Anna, titubeó antes de rechazarla.
El encuentro entre Olga y la joven que decía ser su sobrina tuvo lugar en octubre de 1923 en un hospital de Berlín, donde Anna Anderson se recuperaba de un fuerte ataque de tuberculosis. Al despedirse, Anna rompió en llanto y la gran duquesa la besó en las mejillas, prometiendo escribirle. "Mi razón no puede aceptarlo", dijo Olga a un acompañante, "pero mi corazón me dice que la pequeña es Anastasia".
Luego de la visita, Anna recibió afectuosas cartas de Olga hasta la Navidad. Luego siguió el silencio y, en enero de 1926, la negación. Anna Anderson pensó durante el resto de su vida acerca de este giro.

El libro Yo soy Anastasia
Aunque publicó el libro Yo soy Anastasia, Anna Anderson nunca pudo explicar convincentemente su fuga. Su versión de que sobrevivió a balas y bayonetas, y luego la rescató un guardia bolchevique que después fue su amante, parecía más una ficción romántica que un hecho posible.
La película que hizo ganar a Ingrid Bergman el "Oscar" en 1956 tampoco convenció a la corte de Alemania Occidental, la que finalmente decidió, después de una serie de audiencias entre 1958 y 1970, que la afirmación de Anna Anderson no podía ser comprobada ni refutada.
Anna Anderson nunca pudo explicar convincentemente su fuga del linchamiento del que fue victima su familia. Un pelotón despertó a los Romanov con la excusa de hacerlos posar para una fotografía, y los ejecutó en el sótano de la Casa.
El fin de la historia
En 1979, un geólogo y un cineasta rusos localizaron la tumba sin marca de los zares, gracias a las declaraciones de personas que participaron en el fusilamiento de la familia real. El triste hallazgo no sale a la luz pública sino hasta 1991, cuando el agónico régimen soviético ordena la exhumación de los cadáveres. En la fosa común localizan los restos de nueve personas, seis adultos y tres jóvenes. El zar estaba a la derecha, tres de sus hijas a la izquierda y la servidumbre a los pies de Nicolás, con los huesos de la zarina esparcidos por toda la fosa. A corta distancia hallaron una tumba más pequeña con cenizas.
A partir de 1997 se sometió los restos a pruebas de ADN. Para verificar que se trataba de los Romanov cruzaron sus códigos genéticos con muestras sanguíneas de familiares muertos y vivos, incluidos el gran duque George, hermano del zar muerto de tuberculosis en 1899, el príncipe Felipe de Edimburgo, primo de la zarina, y Gueorgui Romanov, heredero de la familia real.
Científicos estadounidenses, británicos y rusos realizaron pruebas de ADN, consiguiendo coincidencias de muestras seguras en 99,8%. Los restos de Yekaterimburgo eran de los Romanov.
La única divergencia que se presentó entre los científicos fue por la identidad de una de las tres hijas del zar sepultadas en la fosa de mayor tamaño. Si bien las dos de mayor edad eran, indiscutiblemente, Olga y Tatiana, la de menor edad podía ser tanto María como Anastasia (tercera y cuarta hijas de Nicolás y Alejandra). El experto ruso aseguraba que se trataba de Anastasia, y el norteamericano se inclinaba por María. Ganó la hipótesis rusa, y se identificó el tercer cuerpo como la hija menor de los Romanov. Las cenizas de la tumba vecina, entonces, fueron atribuidas a los restos mortales de María y Alexéi, con lo que se aclaraba de forma definitiva el misterio.
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