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ADOLESCENCIA por Isabel Ricardo
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| Punta del Moral |
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Las cortinas están corridas dejando en penumbras la habitación. El silencio es dueño absoluto.
Envuelto en sábanas, un joven, casi un niño, duerme a pierna suelta, mientras los rayos del sol atraviesan las cortinas, e iluminan el piso con arabescos de luz.
Un leve estremecimiento señala su despertar. Se despereza varias veces y con mirada alegre recorre las paredes llenas de recuerdos de su corta vida.
Sus padres han salido. Regresarán mañana. Hoy es su día. Debe aprovecharlo al máximo. Claro que lo hará. Siente todo el peso de su hombría con sus 15 años a cuestas.
Se mira al espejo, pasa la mano por la mejilla y se alisa el inexistente bigote.
En su rostro solo hay espinillas, pequeños granos que señalan su paso de la niñez a la pubertad y nunca le han preocupado, pero ahora siente que lo afean. Hoy quiere ser hermoso y varonil. Levanta los brazos, donde se marcan los bíceps y satisfecho se observa el abdomen completamente liso y fortalecido por los continuos ejercicios. Respira aliviado.
Se da una ducha y luego se peina con esmero. Sus ojos castaños brillan de alegría.
De paso mira el reloj. Ya son las 3 de la tarde. Aun falta una hora para que llegue Susana, su gran amor, su único amor. Ella, con sus 14 años, es la inspiración de su vida, de sus sueños de adolescente.
Va hasta el refrigerador y comprueba que quedan refrescos. Prepara varios sándwich, que guarda cuidadosamente junto a un paquete de pasteles, esperando su llegada.
Pasan lentos los minutos, demasiado lentos para su gusto. Ha tenido tiempo de peinarse unas 6 o 7 veces y de estrujarse las manos, secándose el sudor que las moja. Mide la habitación con sus pasos. Nervioso, se sienta y el timbrazo de la puerta lo hace dar un salto.
Allí está ella. Sueltos los cabellos negrísimos. Perfumada la piel blanca y suave. Le mira sonriente. Sus ojos de un verde inusitado, con reflejos de oro, lo observan confiados. La invita a pasar. Mira atolondrado su cuerpo esbelto, con suaves curvas de mujer casi hecha y le parece mentira que este a su lado.
Ella se sienta. El, oficioso, le busca un refresco y la invita a escoger entre bocaditos y pasteles. Comen. Lo hacen despacio, mirándose, tratando de descubrir en sus almas, aun infantiles, ese despertar que les trae la vida.
Terminan y recoge todo, con ese afán de pulcritud inculcado por su madre. Pero ahora no piensa en ella.
Regresa con las manos vacías y se acerca a Susana, le acaricia el rostro casi infantil, al principio con timidez y luego en un arranque pasional, le llena de besos la boca, los ojos, el rostro, el pelo.
La toma de los hombros y la hace ponerse de pie estrechándola con ternura sobre su pecho palpitante, mientras sus manos inexpertas aprenden, resbalando sobre la piel, que lo atrae, quemándolo como el fuego.
La mira a los ojos y su mirada se pierde en un laberinto con colores de praderas inexploradas. Nuevamente busca sus labios y se unen en un beso ardiente, largo, que casi los deja sin aliento.
Ya no sabe lo que hace, solo siente el deseo de poseer a la muchacha, le quita todo raciocinio. Con ruda ternura la conduce a su habitación y sin separarla de su cuerpo comienza a desvestirla. Siente su piel cálida, que alborota todos sus sentidos y la acaricia apasionado. Susana cede. También está afiebrada. Adivina el calor del deseo, que la toca por primera vez.
Sin soltarla la tiende sobre su cama. Muerde ligeramente su piel, escuchando apenas sus ligeros gemidos.
Intenta poseerla, hacerla suya, llegar hasta lo mas profundo de su ser, pero con sorpresa descubre que la turgencia de su virilidad ha desaparecido.
Mira su rostro acalorado y le sonríe, cohibido.
Se acerca, en un nuevo intento, pero permanece mustio, pese a todos los esfuerzos que realiza.
Se levanta de un salto, sin dar explicaciones y va hasta el baño. Se sienta. Está desesperado. Mira su miembro fláccido y lo abofetea con ira. Basura, basura, basura, repite con los dientes apretados. Lo presiona hasta sentir dolor. Lo maldice, se maldice a si mismo. No comprende que sucede. Quiere llorar, pero las lágrimas no brotan de sus ojos, enrojecidos por el deseo.
Regresa despacio con las manos tras la nuca.
Se acuesta y le acaricia ligeramente los senos, que como dos pequeños montículos apuntan enhiestos al cielo. Observar el cuerpo ebúrneo e inmaculado se convierte en una tortura.
Calla. Cierra los ojos y desliza sus manos sobre los muslos, de vellos suavísimos, acaricia el pubis con deleite, pero nada sucede.
Una rabia ciega se apodera de él, que no sabe que ha sido de su hombría. Sentado al borde de la cama, golpea con los puños sobre el colchón. Se aprieta con fuerza la cabeza, mientras traga en seco, tratando de bajar el nudo que agarrota su garganta.
Compungido, le dice que se levante y se vista. Es mejor que se vaya.
Susana lo mira con los ojos llorosos. Apenas comprende. Se viste y lo besa en la mejilla, despidiéndose. El, cabizbajo, no responde.
Queda allí, solo, humillado. Ahora si, que las lágrimas brotan, abriendo sobre su rostro dos surcos de desencanto.
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