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AGUACERO por Isabel Ricardo
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La lluvia caía con persistencia. Verdaderos torrentes corrían por las calles, llenándola hasta rebasar la boca de las alcantarillas. Los relámpagos culebreaban sin cesar en atronador rugido. Miré el cielo, lleno de nubes negras y torcí involuntariamente el gesto. Debía continuar mi marcha mojándome toda o resignarme a llegar tarde al trabajo, pero el aguacero era tan torrencial, que decidí refugiarme bajo el piso de un edificio en construcción hasta que cesara.
El lugar estaba húmedo y las continuas descargas eléctricas lo iluminaban acompañados de ráfagas de aire tan frío, que me hacían tiritar.
De repente un trueno cayó de lleno sobre el lugar donde me encontraba. Sentí una conmoción gigantesca que hizo retemblar las paredes hasta sus cimientos, resquebrajándolas.
Temblando, intente arrastrarme fuera, pero una de las placas exteriores había caído justamente en la salida. Mire aterrorizada a uno y otro lado buscando por donde escapar, pero un nuevo temblor agitó la mole y toda la estructura se vino abajo, sepultándome.
Quede convertida en una masa sanguinolenta, sin embargo, tenía conciencia de estar allí. Era una dualidad inconcebible, pero podía observar mi cuerpo destrozado.
Sentí deseos de respirar aire puro y, para mi sorpresa, atravesé todos los obstáculos y salí a la superficie.
Comencé a ascender. Revoloteaba con extraordinaria ligereza, mientras mi alma entonaba cánticos de gozo.
Una alegría sin límites me desbordaba y no cesaba de cantar, repitiéndolos una y otra vez. Sabía que iba hacia Dios, creador de todas las criaturas y me sentía feliz.
Llegue, envuelta en arpegios musicales, hasta un salón enorme, donde multitud de personas esperaban. Vestían ropas multicolores y estaban sentadas o de pie, según sus gustos. Pregunte que hacían. Me contestaron que esperaban al Juez, que juzgaría sus vidas y cambiaría sus vestiduras. Me senté. Mi vestido era gris. Yo quería uno blanco. En la espera, mi corazón saltaba de gozo.
De pronto, las puertas se abrieron y todos nos pusimos de pie. Una mano se posó en mi hombro y escuche una voz que me decía:
- Despierta, vamos, despierta...que vas a llegar tarde al trabajo.
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