Las voces de los trabajadores que madrugaban para comenzar su diaria jornada, rompían el silencio matinal, Caminaban de un lado a otro, preparando los botes para su salida al mar.
A uno de ellos, de regular tamaño subieron tres hombres: Dos muy jóvenes y el tercero de alrededor de 55 años. El gran parecido de sus rasgos denunciaba su cercano grado de parentesco.
El mar estaba tranquilo, solo pequeñas olas rizaban su superficie, augurando un día de buena pesca.
El motor ronroneó, se movió la propela y la embarcación avanzó surcando las aguas de la bahía. Pronto no era mas que una mancha en el horizonte.
Al llegar a mar abierto, se pusieron al pairo y comenzaron a encarnar los anzuelos, que instantes después eran lanzados al agua.
Comenzaron a picar los peces y ellos, alborozados, los subían con rapidez sobre la cubierta.
La brisa soplaba continuamente, haciendo ondular el mar y mover el bote en monótono vaivén.
Achicaron el agua contenida en la sentina y, sentados en la borda, vigilaban los cordeles que pendían tanto a babor como a estribor
Transcurrió el día. Llenaron varias cajas de peces.
Al atardecer, grandes nubes, cubrieron el horizonte, ennegreciéndolo y arremolinándose a baja altura, mientras se escuchaba un ruido sordo.
- Muchachos, vamos a recoger los cordeles y vamos, que lo que viene por ahí no juega. Miren como se ha puesto el día. Si nos coge un mal tiempo aquí, no regresamos para contarla. Arriba y deprisa.
Rápidamente, fueron recogidos los avios de pesca y, levada el ancla emprendieron el regreso.
Pequeñas ráfagas soplaban salpicándolos de espuma y apremiando la marcha.
- Creo que nos retrasamos demasiado. Eso que viene, nos va a alcanzar antes de que lleguemos al quebrado.
- Papá, vamos a izar una velita, tal vez eso nos ayude.
- No, ni se te ocurra Jacinto, si izamos una velita, el aire nos empuja con tanta fuerza, que destroza el bote y nosotros vamos a alimentar a los amigos de éstos que llevamos en las cajas, porque el motor no puede competir con la velocidad del viento.
- Tío, Ud. cree que nos dará tiempo a llegar a la entrada.
- No sé, Julito. Le estoy dando toda la marcha a esta máquina. Espero que podamos pasar los arrecifes.
Continuaron en silencio su desenfrenada carrera, compitiendo con la rapidez del mal tiempo que se aproximaba.
Por fin se acercaron a los arrecifes
Sus corazones latieron con esperanza. Las olas eran cada vez mas altas y el bote cabeceaba enloquecido en medio de las enfurecidas aguas. Unas veces estaban en la cima y otras bajaban, semiahogados por la avalancha de espuma, creyendo no poder emerger a la superficie. Después de largos minutos de lucha, Eusebio, el mayor de los tres, timón en mano, enfiló hacia el estrecho canal.
De repente sucedió lo imprevisto. Un rollo de agua levantó en vilo la embarcación, como si fuera una mano gigantesca, volcándola encima de las rocas coralinas. Los tres fueron lanzados a los furiosos remolinos, donde cada uno por su cuenta luchaba por su vida.
Julito, emergió a la superficie. Desesperado llamo a gritos a sus compañeros.
- Tío, tío..., Jacintoooo, - llamo repetidas veces, pero nadie le respondió. Solo después de varias zambullidas pudo ver a su primo braceando a mas de 30 metros. Ambos trataron de acercarse y luego de interminables minutos, lo consiguieron.
- ¿Dónde esta Papá?, Julito, ¿No lo has visto?. – preguntó Jacinto luchando por mantenerse a flote.
- No, yo pensé que estaba contigo... Tioooo... Tioooo- llamó elevando la voz, por encima del fragor de las aguas, pero solo contestó el ruido de las olas abatiéndose sin cesar.
- Papaaaaa... papaaaa.....
Los jóvenes llamaban al tiempo que nadaban, en dirección a la embarcación, que estaba semihundida.
!Julito, mira... mira esto!.
- ¡Queee!.. ¡Es tío!.
Vieron el cuerpo de Eusebio, que flotaba inmóvil.
- ¡Ayúdame! ... Ven.
Los jóvenes lo movieron, virándolo boca arriba y vieron consternados el enorme tajo que le abría la sien derecha, hasta la cabeza, dejándole el hueso al descubierto, producido tal vez con la banda del bote. Había permanecido mucho tiempo boca abajo. Quizás, murió del golpe o ahogado. Daba lo mismo. No regresaría con su familia después de aquel funesto viaje.
Jacinto, ahogado por las lagrimas, se abrazaba al cuerpo de su padre, llamándolo con todos los nombres cariñosos que le sugería su imaginación. Acariciaba el rostro barbudo, acomodando como mejor podía los jirones de piel de la cabeza. Le miraba el rostro, tan querido, mientras su llanto se confundía con el agua del mar.
- Jacinto, sé que es difícil, pero tienes que controlarte. Vamos a atarlo a un bidón vacío para que no se hunda.
- Papá... papá,... noooo.
- Vamos, ¡ayúdame, yo no puedo solo!
- ¡No quiero! ... no, no quiero.
- ¿Estas loco, ¿Que es lo que no quieres?.
- No quiero vivir. Papi se ahogó, entiendes... ¡Se ahogó! y no quiero vivir sin él. Yo siempre lo acompañaba a todas partes. Ahora no puedo estar solo... Papi... como pudo sucederte esto... papá...
Y acto seguido se hundió entre las turbulentas aguas.
Julito, como una flecha se lanzo detrás y tomándolo por el pelo, lo subió de nuevo a la superficie.
- Jacinto, vamos, diablos, tienes que ser hombre. Acuérdate de Tía, ahora te necesita mas que nunca. Que no se te vuelva a ocurrir semejante disparate. Ya el bote no sirve, no tenemos con que repararlo, así que nademos hasta la zona de los bajos. Vamos. Que te vea junto a mí.
Y uniendo la acción a la palabra comenzó a bracear acompasadamente.
Los jóvenes nadaban sin apurarse, respirando a intervalos y tendiéndose a ratos sobra las espaldas para descansar.
Llego la noche, sin luna ni estrellas y se extendía como una alfombra sin permitir ninguna visibilidad.
Julito trataba de sobreponerse al cansancio y a veces se detenía y extendía una pierna buscando el punto de apoyo. No desesperaba, aunque con aquella negrura, era como buscar una aguja en un pajar. Estaba cansado. Sus movimientos iban tornándose torpes. El frío le hacia temblar, llevaba mas de tres horas dentro del agua.
Cuando menos lo esperaba, sintió el roce de una roca y localizado el punto de apoyo, tuvo el alivio de ponerse de pie. Su primera mirada fue para buscar a Jacinto. No lo vio. Lo llamó insistentemente, pero solo respondió el rumor de las olas ya apaciguadas. Su voz solitaria le produjo temor. Estaba preocupado. Su primo era un buen nadador, no podía haberse rezagado tanto, tampoco podía buscarlo en aquella oscuridad. Aguardaría.
El tiempo pasaba. Sus pies y manos estaban agarrotados. Las fuerzas lo abandonaban. Si no llegaba auxilio pronto, perecería.
Al filo de la medianoche avistó una lucecita y escuchó el ruido de un motor. Comenzó a dar voces, con la esperanza de que lo oyeran y poco después observó desesperado como se alejaban. El ruido y las luces desaparecieron, y lloró con desconsuelo al sentir que la vida se le escapaba. Esperó, angustiado, con las manos tendidas al vacío, implorando ayuda.
Pasada mas de media hora los vio reaparecer y hacer una enorme elipse que convergía con el lugar donde se encontraba. Al acercarse, reconoció la voz de Tiburón, uno de sus mejores amigos.
- Miren allí,... hay un hombre en el agua.
El bote detuvo la marcha y su banda derecha casi le rozó los hombros. Un par de manos amigas lo subieron hasta la cubierta, arropándolo con un pedazo de lona y dándole un sorbo de ron para hacerlo entrar en calor y recuperar las fuerzas.
- Julito – le espeto Tiburón, después que se hubo animado- ¿donde están Eusebio y Jacinto?.
Les contó de su día de pesca, su regreso, el naufragio, la muerte de Eusebio y la desaparición de Jacinto. Luego ocultando el rostro entre las manos se echó a llorar convulsivamente.
Francisco, el dueño de bote, se acercó a su lado y le puso sus callosas manos sobre los hombros, en gesto paternal, diciéndole con voz saturada de sales y vientos marinos:
- Has vivido, un día terrible, muchacho, pero hoy, te has graduado de hombre.