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Rubén Patrizi (varios relatos)

BUSCANDO
Se reúnen en el bosque, vinieron en hurtadillas, ocultándose de la luz, ocultándose del día; con ropajes oscuros, sigilosamente y en silencio.

Los sapos, grillos y ranas dejaron de cantar y croar, miran asustados y se ocultan debajo de las hojas, de las ramas caídas, entre las grietas y debajo de piedras y rocas, observan.

Ahora bailan, se desnudan algunas, a lo lejos se deja oír la algarabía, la brilla lleva los gritos y las risas hasta el horizonte.

Los ojos de los animales brotan, miran admirados, asustados y asombrados la fiesta.

Bajo los rayos platinados de una esfera grande y redonda y que en esta noche especial, parece brillar con más intensidad, se ven a todas ellas danzar con los brazos al aire su pelo al viento, algunas con sus túnicas negras vaporosas al aire, otras con sus trajes de tela de araña transparente, mostrando formas voluptuosas. Como trompo se circuen entre ellas, dan saltos y brincos, vueltas y risas. Parece un rito de Baco, o un rito de Dionisio, tocando en el bosque sus flautas, en orgía de sensualidad y vino.

Y los sapos corren despavoridos.

Los buscan, los encuentran. Saltan, escapan, los agarran, los besan, los matan, y así uno y otro y otro, agotándolos.

Y ellas buscan ansiosamente, con desespero, con afán, con ganas de entre su piel, insistiendo una vez y otra y otra, en una noche fresca, clara hermosa, donde lo único que falta es el amor.



SECUESTRO
Quítate la venda y no voltees. Toma este remo y empieza a trabajar.
Callado, rema despacio a nuestro ritmo. Estoy detrás apuntándote con
mi arma. Algo diferente y te quiebro.

Las ocres aguas del río, reflejaban cual espejo, las nubes y los
árboles de la orilla, consustanciándose en un todo con la naturaleza
en si. El río, los árboles, el cielo, e ir inexorablemente en un
andar siempre igual dentro de la espesura de la selva cruzándose con
sus caminos naturales.

Un sonido de silencio a muestro paso, solamente interrumpido por el
chapotear de los remos, y algún pájaro curioso que con asombro y
asustado grita para avisar a otros, y las tortugas y babas que a
nuestro paso se arrojan a las aguas en veloz huida.

Por horas, no se cuantas y creo que muchas, estuve en la parte
posterior de un automóvil, vendado, amordazado, drogado y acurrucado.
Desperté con un fuerte dolor de cabeza.

Horas antes montaba a caballo con mis hijas menores, cuando se
acercaron unos peones de la misma hacienda, armados y haciendo señas.
Nos ordenaron bajar de los caballos, y nos obligaron a tendernos en
tierra boca abajo, conminándonos a que nos mantuviéramos quietos y
callados.

Luego de varios minutos apareció una camioneta, me amordazaron, me
vendaron con un pasamontañas y arrancamos rápidamente. A mis hijas
las dejaron alertándolas a que no llamaran a la policía, y que pronto
tendrían noticias.

Después de unos cuantos empujones y unas cuantas patadas me metieron
en la maleta de un pequeño carro que esperaba horas más adelante.
Sentí la sensación desagradable de una aguja en mi brazo y no se por
cuanto tiempo dormí.

Llevo remando horas, éste parece ser un río infinito, no es muy
ancho, pero observo que es profundo. Muchas libélulas cruzan el río,
tocando las aguas en un juego mortal. Algunos peces las cazan. Solo
se oye el chapotear y el brillo del pez que se sumerge

Sentí empujones en el cuerpo, me llamaban, desperté aturdido,
entumecido, no había un hueso ni un músculo que no me doliera, y una
punzada en la cabeza como de hierro candente. Me ayudaron a salir
del carro. Me hablaban pausadamente, éstas eran otras personas. "Me
han cambiado y vendido a otro grupo" pensé………

Al oír el rumor de un motor que venía a lo lejos, nos dirigimos a la
orilla del río y rápidamente, nos metimos en el monte, uno de ellos
tomó una gran atarraya poniéndose a pescar con ella en la orilla
sobre la canoa.
La gran atarraya se abría en el aire formando un gran abanico.
Pasó la lancha de motor, se saludaron los tripulantes con el pescador
y se perdió en la lontananza dejando estelas y marullos que mecían el
agua hasta la orilla. Entramos de nuevo a la canoa, una canoa larga
hecha de tronco de árbol, caben cerca de ocho a diez personas. He
visto algunas de ellas transportando por estos ríos, vacas, frutas,
barriles de combustible, son unos verdaderos camiones….

Llegamos río arriba a un pequeño rancho, ubicado casi entre las
aguas. Allí estuvimos el tiempo para recoger vituallas, beber algo de
líquido y comer.
Comimos pescado frito y arroz, un guarapo de panela y un café clarito
demasiado dulce.

Empezamos a caminar un sendero muy angosto, largo y sinuoso, era el
camino que transita el ganado por la selva. El sendero nos condujo
hasta la cuesta de una montaña. Allí empezamos a subir un camino
zigzagueante, acompañado de un calor y del sol del mediodía que nos
abrasaba las espaldas.

Caminamos, escalamos, subimos hasta que llegamos a la fila, allí
anduvimos por ella casi hasta el anochecer.

Éramos siete personas, cuatro de ellos iban armados con fusiles y
tres con escopetas, cruzándole por el pecho unas cananas llenas de
pertrechos. Llevaban cantimploras llenas de agua y grandes bolsos. Yo
no llevaba ninguna carga. No se oía ningún ruido extraño, solo el
pasar de nuestras botas por el camino rozando el monte. Ya no
aguantaba mis pies, sentía frío, hambre, y mucha sed. Nos detuvimos
en un rancho destartalado que ellos llamaban campamento. Había
cacharros para cocinar, leña; parecía recién cortada, ramas y tronco
de árboles que servían para sentarse.
El rancho estaba construido de ramas y troncos, unas láminas de zinc
todas oxidadas servían de cobertura y un manto de plástico y lonas
medio derruidas sobre el techo, que serían para evitar la entrada de
la lluvia. El rancho estaba todo inclinado a un lado, dando la
impresión de que se desplomaría en cualquier momento.

Allí me amarraron a un árbol. Atado a una larga cadena no muy gruesa
y como de unos ocho metros. La vigilancia no era muy estrecha.

A los días me hablaban con cierta confianza, me daban cigarrillos,
algunos platicaban elucubrando consignas, queriendo impresionar.
Hablaban de oligarquías, de opresión, de nepotismo, de oligopolios,
de gobiernos demagogos, de tiranos, de pueblos oprimidos, de pobreza
de grandes países opresores, de países pobres.
Yo les comenté de mi situación, qué era eso de tenerme allí amarrado,
privándome de libertades, atado, tratado como perro, vigilado con
armas y secuestrado. Esto no amerita ningún comentario digno de
oprobio, más bien era un hecho delictivo y execrable.
Ellos comentan que son medios para cubrir fondos para su revolución,
para su proceso, para su continuidad y lucha, más bien para su fin
político.

No hablamos más en varios días. Venía una mujer con un grupo, todos
vestían de caqui y estaban armados hasta los dientes, hablaban entre
ellos y me observaban. Ella se me acerca me da de comer y me habla de
sus hijos.
Comíamos una vez al día y muy tarde, casi no encendían fuego.
Teníamos arroz, agua rancia con sabor de sopa y café. A veces
sardinas, galletas en migajas. El resto del día era oír a la
naturaleza vivir.

Donde nos encontrábamos entraba muy poco sol, la espesura de la
montaña no lo permitía, reinaba las sombras y la humedad. El amanecer
eras muy frío me hacia temblar hasta muy entrada la mañana,
descansando cuando tomaba algo caliente. La vida pasaba muy
precariamente, a veces venían personas armadas que me saludaban y se
retiraban rápidamente, pensé que debería haber varios campamentos
cerca o algún caserío. Hoy comimos gallina, fue un hervido, carecía
de verduras, pero estaba bueno, fue un día de fiesta. Por la tarde
oímos ruido de helicópteros que pasaban rasante entre las copas de
los árboles, pero estaban muy lejos de donde nos encontrábamos..
Perdí la noción del tiempo llevaba varios días o semanas o quizás,
meses. Tenía barba y un pelo largo y mis ropas que se convertían en
harapos las sentía algo holgadas.
Hoy vinieron emisarios de la ciudad, y me parece que con ningún
resultado sastifactorio, lo deduzco por sus caras. Cuchicheaban, me
miraban, y por su forma de mirarme pensé que me quedaban pocos días
de vida.
La otra tarde un helicóptero nos asombró a todos. Se posó sobre
nosotros, precisamente donde yo estaba, se veían las ramas de los
árboles danzar en el ventarrón que formaban las aspas levantando
polvo. Todos corrieron y me ocultaron rápidamente detrás del gran
árbol, preparando sus armas, apuntando hacia arriba, abriendo sus
ojos asombrados y asustados mirando al pájaro de metal que osaba
pararse en su sitio. Solo estuvo por un instante que parecido una
eternidad y se fue alejando poco a poco, parándose aquí, allá, un
poco mas adelante, y se fue alejando. El ruido del motor se apagaba y
su eco quedó como el murmullo de un trueno en una tempestad lejana.
Todo quedo en silencio.
Se fueron recuperando

__Nos mudamos ¡ya!__Comentó uno de ellos mirándome...

Caminamos toda la noche. Entre arbustos y espinas que aguijoneaban mi
piel, arañándola y rasgando mis roídas ropas.
Caminamos en trochas húmedas que me hacían resbalar y caer,
llenándome de barro y pantano, caminábamos entre piedras, rocas y
árboles cairos, un camino en que nos arrastrábamos en la más abyecta
oscuridad.
Llegamos a otro campamento, este era más tétrico. No había casa o
rancho, ni nada parecido, solo rama de árboles entrelazados, que
hacían un enramado.
Ramas de árboles que se simulaban unas a otras, haciendo un pequeño
refugio en donde poder guarecerse. Este es un sitio hostil lleno de
alimañas, lleno de insectos, de garrapatas y de cualquier picador que
me hacían pasar noches insoportables.

Sentí una punzada en la pierna. Coloco allí mi mano rápidamente, y la
siento empapada, no puedo ver que es, creo que una picada de
serpiente, un dolor punzante que me obliga a caer llenándome de
terror.

De pronto, un traqueteo intenso que dura varios minutos. Hay un olor
ocre y pegajoso que me hace llorar. La madrugada es fría y húmeda el
ambiente gélido cala mis huesos.

Más disparos, siento movimientos bruscos en el campamento, los
hombres disparan hacia todos los lados, oigo gritos y ayes, empiezan
a caer.

Hay un silencio. Un silencio profundo, tenebroso.

Oigo voces, pasos.

Voces de mando que gritan.__ ¡Aquí, Allá, Allí!

__ ¡Acá esta!__. Dice uno de ellos, señalándome, enfocándome con un
gran haz de luz.

En el horizonte, se vislumbra la claridad del día que empieza a
nacer, que florece renovando la vida.



UN TOQUE DE LOCURA
Va caminando, lleva un buen paso, muestra las pantorrillas
esmirriadas largas y flacas, falta de carne.
Cubriendo el cuerpo lleva una bata gris, está curtida y arrugada,
manchada de grasa y sucia de tierra. Porta amarrada sobre el brazo,
una mochila, dentro de una bolsa que parece llevar una muda de ropa,
que se deja ver curtida igual a la que lleva.
Su andar en con un vaivén hacia los lados, como de borracho, como de
barca que se bambolea con la marea. Mueve muchos los brazos, los
hombros y va caminando feliz de la vida, cantando y riendo. Ora pone
cara seria, ora sonríe, mira hacia los lados, se fija en todas las
cosas que le llaman la atención y que parecen atravesársele en su
paso. Algunas las señala alzando la mano y mostrándola con los dedos
huesudos y largos. De nuevo ríe, muestra unos dientes amarillos y
roídos, continua riendo y caminando mostrando una sonrisa sin brillo,
fría, inexpresiva, como de niño autista ido dentro de si, o como la
de un animalito enjaulado.
Miro sus ojos y no se ve ninguna chispa en ellos, parece tener una
gran univocidad con los animales. Le habla a las piedras, a los
obstáculos, a las cercas, a los postes, los regaña, los interpela,
pelea con ellos, es un niño que señala a un lado con gran atención y
con gran algarabía y luego a otro sitio, y en un instante pierde el
interés. Gesticula de nuevo para ella misma, otra vez sus dientes y
hace una mueca, parece la de un bostezo de gato.

Le cubre la cabeza una gorra azul y por debajo de ella cae una mata
de pelo, es como un moño rojizo y pegado que le cubre hasta la nuca.
Su piel está toda curtida.
Se atraviesa en la vía y hace frenar a los automovilistas que pasan
raudos por la vía, camina por ella como un autómata, andando sin ton
ni son.
Le calculo cerca de cuarenta años y un gran trastorno mental.
Ve una botella verde de refresco ubicada cerca de una alcantarilla y
corre hacia ella y de un envión, bebe su contenido.
Parece que lleva sed, se ríe, es todo un toque de locura; acaba el
contenido de la botella.
Pienso en su trastorno, y me pregunto.
¿Será una madre que ha perdido a sus hijos pequeños y el desespero
por la desgracia le ha dejado en ese estado?
¿Será que un hombre, compañero de su vida la ha dejado por otra,
después de golpearla y vejarla?
¿Será que fue abandonada a su suerte, por sus hijos, por su familia.
Quizás nació así, lucubrar sobre su perturbación y sobre tantas
atribulaciones por la que una persona pueda pasar y desde esta
manera cambiar hacia el otro lado; hacia el desespero y la locura.
Donde la mente pierde su sustancia y el vagar en blanco la
consustancia con un animal.
El no poder soportar el cambio de un mundo que evoluciona y va
dejando atrás a las personas que no puedan montarse en su tren.
La pobreza, el hambre, las drogas, el alcohol, la vida miserable, la
falta de oportunidades.
¿Cómo será su vida interior, sus pensamientos e ideas, tendrá algunas?
¿Será como un animalito, como un perro adulador y cariñoso, o como
una fiera que descansa en la sombra esperando el momento de atacar de
herir de matar.
Logro pasarla y ponerme frente de ella debajo de su bata gris, lleva
otras ropas, un gran short que le llega hasta las rodillas, una blusa
naranja, que contrasta con su amplia bata gris, que usa como un
sobretodo y que la cubre en las noches en la intemperie. Lleva unos
zapatos de tenis muy grande para sus pies, a veces en vez de caminar
parece chapotear como un pato, o como los payasos de circo; por eso
el bamboleo hacia los lados.
Ahora logro estar muy cerca y ver su rostro.



MANOS
Entre troqueles y prensas las manos dibujan y crean con el empuje de máquinas la figura, que va naciendo del empeño, del sudor y de su sangre.

Tuercas, tornillos palancas, forjando mundo, añadiendo, quitando, soldando, lijando.

Manos callosas que con cincel y martillo, construyen y destruyen, labran y extraen, esculpen y parten la quimera en la piedra donde brilla el oro con afán de riqueza fácil.

Manos que tejen, que siembran el árbol y aran la tierra, hendiendo en los surcos la esperanza y con fe de cosechas, de diseminadas semillas, que tienen sed y que esperan ansiosas a las ubérrimas nubes.

Mano de anciano de arrugados pliegues, que acarician la piel sonrosada del niño, de renovados bríos e impaciente inquietud, llena de risas fáciles y alegres juegos.

Mano que sufre el dolor de la máquina, troquel y prensas que tragan huesos, piel, sangre y gritos, junto con el dolor de sentirse desmembrado.

Mano que llora cuando no hay pan y se desespera cuando ve a sus criaturas que piden alimento, como los pájaros en sus nidos, piando más y más y aún más y más.

Otra mano de niño, de mujer, de hombre, que queda extendida pidiendo limosna.

Manos que no aprietan el dinero de la paga volátil, que se escapa de entre los dedos como arena de playa.

Mano que se sumerge en el mundo del vicio, que se inyecta en las venas, que mete en sus pulmones, néctar prohibido, miel maldita, que crea ilusiones y merma esperanzas y acaba las vidas.

Mano que acaricia otra mano y en el silencio de una sonrisa y el sostén de una mirada, ellas se estrujan y se tocan, fomentando en un afán de apretarse, de acariciarse y querer decir en un te amo mudo, un apretón entre dedos, uñas, y piel.

Y las manos de amistad, que con calor de madre, de padre, de hermano, de amigo, guían con su consejo y ejemplo y ciñen en un ardoroso abrazo, el sentimiento de amar.




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