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Articulo de Fernando Sans Rivière
Giuseppe Verdi es hoy en día una figura venerada por el mundo lírico y qué duda cabe que sus títulos más emblemáticos son una base importante de las temporadas líricas internacionales desde hace más de un siglo. El centenario de su muerte, además, llega en un momento en que la ópera pasa por uno de los períodos de mayor prestigio y popularidad y por lo tanto los homenajes se sucederán con magnificencia por todo el mundo, con especial relevancia en el Teatro alla Scala de Milán, coliseo en el que tuvieron lugar el mayor número de estrenos del compositor, y en la Staatsoper de Viena, donde se le homenajeará bajo la célebre consigna de Viva Verdi con nada menos que con todos los títulos que posee en repertorio ese teatro, un total de trece óperas verdianas que subirán a escena entre el 8 y el 31 de enero próximos.
La popularidad de la figura y obra de Verdi se ha ido incrementando durante todo el siglo XX por la vigencia de su discurso artístico y la modernidad de su estilo, en el que sobresale el excelente tratamiento de los lenguajes instrumental, vocal y melódico que empapan la obra del compositor. Sin embargo, a este éxito tampoco es ajeno el espectacular desarrollo de los sistemas de reproducción sonora y videográfica que han catapultado el género de la ópera a todos los rincones del mundo. La problemática actual Si durante el siglo en que Verdi forjó su carrera como compositor –y en los precedentes–, el repertorio operístico se limitaba a los estrenos de los autores vivos más prestigiosos de la época, durante todo el siglo XX las temporadas se han ampliado a las mejores obras de la historia del género, desde Monteverdi a Henze. Ello ha reforzado el prestigio de ciertos compositores del pasado, pero ha creado un problema de difícil solución a los creadores actuales, quienes deben luchar con todo el repertorio anterior y con esas figuras de talento inconmensurable.
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Por otra parte, el momento creativo actual se enmarca en un panorama definido por un importante distanciamiento entre el autor y su público que no favorece en absoluto la popularidad del nuevo repertorio en contrapartida con lo sucedido con Verdi, por ejemplo. El estancamiento del repertorio operístico ha producido otros cambios importantes en la redistribución de los valores que inciden en el espectáculo. Así se ha provocado un mayor desarrollo , primero, desde el punto de vista de la dirección musical y, en las últimas décadas, de la escénica. Sobre estas transformaciones ya pusieron las bases el propio Verdi y Richard Wagner. En aquel tiempo se vivió una clara y cada vez más destacada preeminencia de la figura del compositor dentro de la corriente romántica, en detrimento de libretistas e intérpretes, quienes desde entonces deberán doblegarse a las directrices de los compositores perdiendo, poco a poco –y los cantantes especialmente–, una parte de su inmenso prestigio y su libertad para improvisar. Dicha preeminencia del compositor se trasladó después a la del director musical, que llegó a ser la figura que debía preservar la esencia y el rigor de las interpretaciones en ausencia de los autores. Por otro lado la vía abierta por el realismo utilizado por Verdi, así como la búsqueda de una representación casi ideal de sus dramas por parte de Richard Wagner, abrirán también el camino al desarrollo de los aspectos dramatúrgicos y escenográficos de la ópera, que sufrirán un enorme desarrollo en el siglo XX, una vez la dirección musical haya dado lo mejor de si misma. A las puertas del siglo XXI, las puestas en escena en el mundo operístico son tan relevantes que ya se conoce a esta etapa como la época de la tiranía de los directores de escena.
Ésta es una consecuencia de tantos años de repetición de un mismo repertorio, lo que ha obligado a los responsables de los montajes a abrir nuevas vías para contextualizar y actualizar las obras del pasado. Las dos grandes corrientes verdianas Es bueno hacer una reflexión sobre las dos principales corrientes estéticas verdianas para comprender un poco más su extraordinaria fama. Las primeras óperas del compositor estaban basadas en los consabidos temas históricos, en los cuales los ideales amorosos conducen la acción dramática. Aunque en manos de Verdi ya tomaron un rumbo nuevo y excepcional, sobrepasando en popularidad a las obras de sus rivales más cercanos, como Bellini y Donizetti, gracias –además del talento, claro está– a una incidencia muy notable en el aspecto patriótico e incluso político de la obra verdiana, muy pronto él y sus óperas se identificaron claramente con la símbología del Risorgimento, que anhelaba la independencia del pueblo italiano de la ocupación austríaca. Aprovechando el empuje nacionalista que vivía Italia, Verdi, con un lenguaje decidido y personal, compuso así Nabucco (1842) –con su célebre coro “Va, pensiero”–, I Lombardi (1843), Ernani (1844), I due Foscari (1844), etc.
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Poco a poco el elemento nacionalista va perdiendo su fuerza mientras el compositor se va adentrando en el desarrollo psicológico de los personajes y de la música que los acompaña. Los cambios políticos y sociales acaecidos a raíz del fracaso de la revolución de 1848 no le fueron ajenos, ya que habían enfriado las ansias de independencia y las expectativas de cambios sociales a corto plazo, por lo que Verdi abandona definitivamente su misión histórico-patriótica para profundizar en una segunda corriente estética que también le daría un enorme prestigio, al ahondar en la profundización en la psicología humana de sus personajes. En esta segunda etapa destaca singularmente su conocida Trilogía popular, en cuyo primer título, Rigoletto (1851), presenta a un hombre deforme que por primera vez no será un personaje bueno o malo como hasta entonces, sino fruto de sus circunstancias vitales, cínico y malévolo como bufón de corte y a la vez afectuoso y protector con su hija Gilda. En Il Trovatore (1853), que también se aparta de la consabida trama puramente historicista, aparece el personaje central de la gitana Azucena, con un estilo más realista y destacado, que subraya la relación paterno-filial que tanta importancia tuvo en las tramas verdianas.
Ese mismo año estrenó La Traviata, título en el cual el aspecto humano y el carácter de todos los personajes están mejor trazados que nunca, Verdi pone en escena a una mujer de la vida de altos vuelos con una enfermedad como la tisis, de un gran rechazo social. Además, en Traviata Verdi da otro paso de gigante, con dicho realismo al presentar por primera vez en la historia de la ópera la trama argumental desarrollada en la propia época del estreno, el París de mediados de siglo. Con ello Verdi da un claro paso hacia el verismo, movimiento que vendría a instaurarse a finales del siglo, aunque el compositor no pretendía más que presentar una situación ideal para profundizar en los personajes. En épocas posteriores, el compositor seguirá caminando en esta línea; su producción continuará haciendo hincapié en los temas del dolor y la muerte, de clara inspiración romántica y que aparecen en casi toda su producción –aspectos que ya han sido tratados ampliamente en artículos anteriores de este Dossier–, siempre consiguiendo trazar perfiles dramáticos perfectamente delineados para sus inmortales personajes.
Finalmente, sus dos postreras óperas dejarán al descubierto un talento aún mayor del compositor en la disección de sus personajes principales, tanto a nivel dramático como vocal. Yago y el propio personaje principal en Otello (1887) y el inconmensurable vividor en Falstaff (1893) son ejemplos de su técnica prodigiosa contenidos en dos títulos que Verdi concibió en una edad notablemente avanzada para un compositor y que le darían el definitivo impulso como uno de los más grandes autores de todos los tiempos, que ahora, cien años después de su desaparición, recibe en todos los rincones del mundo un más que merecido homenaje.
Fernando Sans Rivière
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