DISTRITO DE POLÍTICA LABORAL
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EMPRESAS Y EMPRESARIOS
FUENTE: El Inconformista Digital
Hace unos días (el 16 de Abril), leí en la prensa local de Toledo que el presidente del comité de empresa de una fábrica de puertas de la localidad de Villacañas, José Ruiz Rodríguez, había sido brutalmente agredido por uno de los jefes de la empresa, por pedir que se incluyeran en la nómina las horas extras que realizan los trabajadores. La noticia la leí en ABC, un medio al que no se podrá acusar precisamente de veleidades marxistas ni de inclinarse del lado de los trabajadores, y en ella el agredido, aquejado de lesiones de carácter grave, relata cómo unos días antes ya había oído en una reunión de los jefes de la fábrica: "Esto se arregla dándole una paliza a uno del comité de empresa y se acaba todo". Premonitoria frase.
Además de la indignación y la denuncia, la noticia reseñada nos puede llevar a otras reflexiones, como la que deberían hacerse los sindicatos, singularmente las dos centrales mayoritarias, reflexión sobre el hecho de que la acción de un sindicato debe reposar sobre dos pilares: la negociación y la presión. En los últimos años parece que sólo existe el primero, necesario, pero insuficiente como tal para proteger los intereses de los trabajadores. A veces, no hay que lograr un acuerdo a cualquier precio, sino levantarse de la mesa. Hacer ver que la razón, y la fuerza, están del lado de los que son más. En caso contrario, los patronos se acostumbran a ganar siempre, y el paso siguiente es negar derechos básicos como la representación sindical... Y el siguiente, los golpes. Por otro lado, hemos de pararnos a pensar en algunos rasgos particulares de la clase empresarial española que la diferencian de la de otros países de nuestro entorno. En estos, pioneros en la revolución industrial, las primeras manufacturas que surgieron allá a finales del s. XVIII no fueron grandes centros siderúrgicos, sino pequeñas fábricas en núcleos rurales que aprovechaban los excedentes de mano de obra del campo. Las condiciones solían ser duras, el sueldo escaso y las horas largas. Llevó mucho tiempo y mucho esfuerzo lograr que esto mejorase, pero, por regla general, la lucha sindical no logró sus primeros éxitos organizativos hasta que la industria se concentró: Al haber más trabajadores juntos entraban en juego la solidaridad y el sentimiento de emulación de quienes habían logrado mejoras.
España ha conocido, como todos sabemos, una revolución industrial tardía e imperfecta. Incluso se puede decir que hasta finales de la década de 1960 no nos convertimos en un país industrial, y hasta la década de 1990 no ha logrado su predominio el sector servicios. Sobre todo después de la crisis de la gran industria y las reconversiones de los años 80 del pasado siglo, hemos visto cómo muchas fábricas se instalaban en zonas rurales, en suelo industrial relativamente barato donde unos meses antes crecía la cebada. Un fenómeno éste que ha afectado a grandes áreas del territorio español, entre ellas a la provincia de Toledo, la que mejor conozco por residir en ella. Que ha llevado empleo y una cierta prosperidad a muchas zonas rurales pero que, al mismo tiempo, ha supuesto un considerable retroceso de los derechos y de las condiciones de los trabajadores, por no hablar de la seguridad. Quien haya trabajado -o conozca- en alguno de estos "polígonos" sabrá de lo que estoy hablando. En los núcleos pequeños la lucha por conseguir mejoras es muy difícil: La oferta laboral es escasa y poco variada, y de eso se valen los empresarios. Y el número de trabajadores en cada industria suele ser pequeño, y aún cuando es mayor, éstos se encuentran divididos -las más de las veces arbitrariamente- por la tenebrosa maraña de las subcontratas (que en algunos casos, particularmente el textil, hace que gran parte del trabajo se haga en las casas por personal sin ningún tipo de contrato), la cual crea una tupida red de supuestas diferencias que parecen establecidas para ahogar cualquier eventual reivindicación. A esto hay que añadir que en estos sitios no suele haber tradición de lucha sindical debido a que la implantación industrial es relativamente reciente; cuando ha habido luchas habría que remontarse a la II República, todos sabemos la "amnesia" en la que se nos ha hecho vivir -también después de 1975- respecto a ese periodo, y de la que lentamente vamos saliendo. Por todo ello, en el campo de las reivindicaciones sindicales se encuentra casi todo por hacer, y ya sabemos que, en muchos casos, el camino que siguen actualmente nuestras centrales sindicales mayoritarias no pasa precisamente por ahí .
Claro, todo esto que estoy exponiendo puede ser acusado de demagogia sin demasiada dificultad. Conozco los argumentos: "La mayor parte de estas industrias son pequeñas empresas, con un punto débil en su financiación, lo cual hace que si quieren seguir adelante y manteniendo el empleo, han de reducir gastos, por lo que no se puede lograr toda la inversión en seguridad que marca la ley, y lo de las horas extras... En fin, es mejor así que no tener trabajo". No obstante, a lo mejor incluso habría que replantearse el concepto de pequeña empresa, objeto de tanta glorificación últimamente. Puede que las facilidades para constituir empresas sean excesivas. Si este aspecto se regulase más estrictamente, prestando atención a su financiación, puede ser que no se creasen tantas como ahora, pero las que se crearan serían de mejor "calidad", y podrían absorber la actividad económica y los puestos de trabajo actuales ahorrando en infraestructura. Naturalmente, si en vez de tres empresas pequeñas, ahogadas de deudas, hay una más grande y saneada, la inversión será menor, y también habrán de ser menores los beneficios empresariales.
Siempre que se habla de reconversión o, más correctamente, reestructuración industrial, los trabajadores se echan a temblar, pues siempre ha sido sinónimo de reducción de puestos de trabajo. Pienso que va siendo hora de que se vaya considerando la posibilidad de hacer una "reestructuración empresarial". Como también es necesario que a aquel empresario que haya tenido alguna actuación fraudulenta, o un número notable de accidentes laborales entre sus empleados, se le impida continuar su labor y formar nuevas empresas. Por supuesto, todas estas propuestas hacen llevarse las manos a la cabeza a los "defensores del libre mercado". Pero el mercado nunca ha sido libre, simplemente se trata de que los más fuertes no abusen de su posición.
Maximiliano Bernabé Guerrero. Toledo.
Equipo de Redactores, El Inconformista Digital.