El faraón: ¿Quién era?
El mediador entre el Cielo y la Tierra
La palabra faraón es, en realidad, la deformación griega de una antigua palabra egipcia cuyo estado primitivo era Pr‑C3,
que significa "la gran casa" o "el gran palacio". Con el tiempo, esa misma palabra llegó a indicar al rey mismo que se alojaba en esa gran casa, el palacio real, como cuando ahora decimos la Casa Blanca de Washington para referirnos al Presidente americano que gobierna su país desde esa Casa Blanca. Mas tarde, los griegos derivaron la palabra a "pharaô”, que aparece después en la Biblia como "faraón". Algunos escritores alegan que los faraones, con el poder absoluto que tenían, esclavizaban al pueblo egipcio para hacer con ellos obras voluminosas y gigantescas tales como las grandes pirámides, tumbas, templos, estatuas, etc. Pero a este respecto, la pregunta lógica que tenemos que hacernos es la siguiente: ¿Se puede, para algún tirano soberano y con la explotación de la energía de su pueblo, construir una obra maestra tan precisa y tan perfecta como la gran pirámide de Keops? A veces, en la historia de algunos países, el pueblo es obligado por su injusto gobernador a realizar algunas obras insoportables, pero tan pronto este despótico soberano moría, el pueblo podría destruir entonces todas las obras que indicaban su injusticia, como en efecto ocurrió con las estatuas de Stalin y Lenin en Rusia.
Egipto fue siempre una monarquía absoluta en cuyo punto culminante se encontraba el faraón, el hijo del dios Sol, Ra, considerado por su pueblo como semidiós y que después de su muerte se convertía en un dios auténtico, como cualquier otro dios celestial. Por todo ello el pueblo egipcio, de muy buena gana, hacia un gran esfuerzo para satisfacer y complacer a su divino faraón, levantando así impresionantes edificios funerarios y religiosos que son, en general, testimonios de la grandeza de la civilización egipcia. Mucho antes, en los largos tanteos de la Prehistoria y la Protohistoria, el antecesor de la figura del faraón en la época de los clanes p dinásticos es aún mal conocido, aunque bien podría haber sido el gran hechicero, el jefe de la caza que se adornaba con despojos anímale Y único celebrante de los ritos nacionales que unían las tribus al Cosmos. ¿Acaso él no llevaba, atado a la cintura, la cola de un toro sa1vaje? Sus cetros son bastones de poderío; entre ellos, la maza de cabeza piriforme, arma por excelencia del cazador prehistórico. Sus coronas y sus adornos también proceden de los tiempos más antiguos. En las épocas Tolemaica (1) y romana, en las paredes de los templos de Dendera y de Edfu, los faraones aún llevan colgando detrás una cola de animal y una maza blanca en la mano, al igual que Nanner, el primero de un linaje en el que todos sus miembros se sucedieron de modo análogo durante más de treinta siglos.
El rey Nâr-Mer, identificado como Menes
En el trono de Egipto, cuna de la civilización humana, reinó el mismo dios hecho hombre: el faraón. Después del cambio crucial acaecido en torno al año 5197 A.P., en un país unificado sometido a un regadío de conjunto y gozando de la misma escritura jeroglífica, el destino de Egipto se halla hasta tal punto ligado al faraón, que toda la historia del país apela a su nombre. La sucesión de los reinados constituye la cronología y un grupo de reinados se ordena según cada una de esas dinastías en las que, en la Epoca Baja, el sacerdote helenístico Manetón fijaría el canon. A su vez, muchas dinastías prestigiosas acabarán por formar un imperio; los llamados imperios Antiguo, Medio y Nuevo. Los monumentos son entonces numerosos, pero para las épocas inseguras, el historiador no encuentra otra denominación para esos tiempos turbulentos y estériles que el de "Periodo Intermedio".
La diosa Maat. La encarnacion de la Justicia y la Verdad.
En el gran contrato que preside Maat la "Verdad‑Justicia" y que sitúa a Egipto en el orden de la Creación, el faraón es el mediador entre la Tierra y los dioses. En un diálogo supremo, que repiten indefinidamente los monumentos, él presenta a los I dioses las ofrendas de Egipto y I sus plegarias; de los dioses recibe a cambio bendiciones y beneficios. El propio faraón pertenece al mundo divino. Su nacimiento se pierde en lo intemporal. Según las necesidades de la teología temática o local, es el vástago de tal o de cual divinidad. El es Horus, a la vez el halcón dueño del cielo o el hijo de Osiris que supo reconquistar, contra el malvado Seth, la herencia de su padre. Es también hijo de Ra para la teología solar elaborada para los soberanos del Imperio Antiguo; en el papiro Westar, el dios de Heliópolis sustituye a uno de sus sacerdotes ante la esposa de éste; así fueron concebidos los primeros reyes de la V Dinastía: "hijos vigorosos con miembros de oro".
Más adelante, muchos soberanos del Imperio Nuevo explicaron el dogma de la teogamia: “Desde el huevo”, el faraón era conquistador. Sus hazañas en la caza siempre son valerosas y son anuncio de las conquistas guerreras. El comienzo de un reinado marca la reanudación de una nueva fase del mundo y en la coronación, aparece como el dios primordial en el primer día. El faraón debía a su insigne posición el ser garante, en todos los dominios, de la prosperidad de Egipto (2). El era quien aseguraba su bienestar material; por su mediación, los dioses satisfechos concedían una buena inundación y cosechas abundantes; él “cuida de la subsistencia de todos los vivos”, instituye las leyes, hace reinar la justicia, vela por la buena administración; su palacio es la Gran Casa. Se enfrenta a los desórdenes de los pueblos del exterior y hace reinar la paz sólida en la cabeza del ejército; sobre las imágenes sumisas de los pueblos hechizados del sur y del norte, la figura dominante del faraón expresa el triunfo de Egipto.
Ante los dioses, el faraón tiene el privilegio de aparecer solo, del mismo tamaño que ellos; si las necesidades concretas del servicio divino le obligan a hacerse representar en los diversos santuarios por los colegios de sacerdotes, es porque en realidad es el único jefe de los ritos del culto, construye los templos y ofrece los sacrificios. La impresión de orden predeterminado que domina el estilo egipcio debe mucho a la majestad del faraón; su actitud es noble y sus gestos son de Eternidad. Con dimensiones heroicas y blandiendo un arma de guerra, se le capta en un instante privilegiado en el que se inscribe la duración indefinida e intemporal del mito. De este modo, el triunfo del faraón no es más que un aspecto importante de la geometría del Universo elaborado por quienes, de una vez, fijaron las formas de mundo egipcio.
NOTAS
1) Alejandro Magno conquistó Egipto sin lucha en el año 2329 A.P. fundando Alejandría como nueva capital del país. Después de su fallecimiento, su general Tolomeo fundó otra época, la dinastía Tolemaica, cuya etapa acabaría con el reinado de la famosa reina Cleopatra.
2) Según un antiguo texto, en Tebas, todas las mañanas el visir ofrecía al faraón la situación del país y ambos preparaban conjuntamente los decretos reales. Luego, el rey recibía al director del tesoro, que le daba cuenta personal de la situación financiera. Posteriormente recibía las demandas judiciales que le hacen llegar los funcionarios, incluidos los de los simples obreros al servicio del Estado, y después de haberlas examinado, los transmite al visir. También la administración de los trabajos públicos actúa en estrecha ligazón con el rey, quien examina los trabajos en curso; vigila el servicio de aguas y procede a inspeccionar los canales de irrigación. No contento con ser puesto al corriente de la vida del país por los visires y los altos funcionarios, con frecuencia emprende visitas de inspección por las provincias que le permiten darse cuenta del modo cómo vive el pueblo.