HAITÍ
UN NIVEL DIGNO DE POBREZA
Jemartine
Distrito de Política Internacional
En Haití sigue estando vigente aquel viejo axioma que asegura que el poder se corrompe. Pero en el caso sobrecogedor de la pequeña república caribeña es una llaga inmensa, abierta, que lo ha podrido todo. La descomposición crónica es ya una pesadumbre incurable, una forma demencial de existir, un fruto dramático de las turbulencias de su historia.
En 1990 Jean Bertrand Aristide fue elegido presidente de su país. Era la gran esperanza de un pueblo harto de pasar hambre, crímenes y violencias, era la ilusión de una sociedad que no había conocido el respeto de sus gobernantes.
Al año siguiente un golpe militar lo derroca.
El 1995 es reinstalado en el poder. Renacía la esperanza para el pueblo más pobre de América Latina.
Después de una década bajo el poder de Aristide, el país sigue encabezando las listas de calamidades mundiales, en un escenario de violencia y miseria como antes de su soberanía hace ya doscientos años.
Haití comenzó mal su independencia.
Los efectos y los vicios de un período histórico no se agotan en el siguiente. Los españoles lo sabemos muy bien. Haití no escapa a esta ley del devenir de los tiempos.
En 1804, una época de tremendas convulsiones europeas, Jean Jacques Dessalines proclamó la independencia de este país. El prócer de la joven república negra, no se quedaba atrás en fiereza, era tan sanguinario como los colonialistas que lo precedieron. Sus huestes de antiguos esclavos cumplieron con celo las órdenes de su líder. Cortaron cabezas, quemaron las casas de los europeos, lo arrasaron todo.
Un año después, el héroe de la independencia, se hace coronar emperador. Al siguiente lo asesinan.
Los esclavos habían desalojado del poder a los colonialistas, pero no supieron traducir esa oportunidad en progreso y justicia.
Más tarde Henry Christophe se convierte en Henry I y 22 tiranos se suceden en el marasmo y el caos de las jefaturas del Estado.
De 1957 al 1986 se instala en el poder "Papa Doc”, cuyo nombre real era François Duvalier, uno de los criminales más sanguinarios que recuerde la historia de nuestra América. Sus tonton macoutes se hacen célebres por las torturas y crímenes. La familia Duvalier acumula fama mundial por el desenfreno en la forma de robar y la violencia contra sus compatriotas. La policía era, y lo sigue siendo, una de las más crueles y corruptas.
En la época de aquellos asesinos Europa no veía, América y el resto del mundo tampoco. No interesaba, ni interesa, lo que pueda acontecer en una pequeña isla que no tiene peso en el concierto internacional.No existía una política internacional de defensa de los DD.HH. A la diplomacia le atraía más la economía, la cultura y las grandes reuniones donde se promete mucho y no se lleva a cabo nada.
Se borra a un dictador y se permiten los abusos de los siguientes.
Supongo que la familia del tirano Duvalier estará viviendo discretamente en algún barrio millonario de alguna ciudad rica, disfrutando del botín robado a su pueblo con sangre y odio.
Ante una historia que lo había podrido todo, en la que los militares tenían en sus manos la suerte miserable de sus conciudadan@s, en ese panorama de muerte y esperanzas mil veces frustradas, se impone en 1985 la figura de un religioso que arenga en creolé, y guitarra en mano, contra la crueldad y el rigor del tirano.
Se trataba de Jean Bertrand Aristide, un radical, armado con un discurso izquierdista, que proponía salir de una espantosa miseria y “ alcanzar un nivel digno de pobreza”.
En sus primeros pasos deja de lado los contenidos radicales de su programa y pide ayuda a un país del que había criticado con severidad, a los Estados Unidos de América.
Propicia una drástica reducción de la violación de los Derechos Humanos y propone un salario mínimo, una campaña de alfabetización para acabar con un subdesarrollo que encabeza los primeros puestos en el ranking de los atropellos.
Pero su programa da miedo al lobo que sigue viviendo de la descomposición moral y material. El ejército da otro golpe. Arístide se refugia primero en Caracas y luego en los EE.UU.
Sus opositores dicen que había ayudado al linchamiento de los asesinos duvalistas, los temibles tonton macoutes.
En 1993, bajo presiones internacionales y especialmente de los EE.UU. , los militares impotentes para hacerse con el control del país, Haití sufría un embargo y un suspenso de la ayuda de las Naciones Unidas, aceptan su vuelta al poder.
Con Aristide nuevamente en el timón de mando, en 1994, renace una pequeña luz de esperanza, que por la intervención de múltiples y viejos factores del subdesarrollo, pronto se verá frustrada. Tras su regreso triunfante, inmediatamente, se apresta a la disolución del ejército de la república para evitar otras intentonas de golpe con sus acostumbrada carga de brutalidad, corrupción y tráfico de drogas.
Pero a este presidente caribeño le es, por contradicciones propias de su grupo y por debilidad de los opositores, muy difícil mantener un estado de mínimos aceptables. La violencia y la corrupción continúan su marcha por el camino de los horrores. Gracias a la corrupción de su gobierno y las maniobras electorales pierde toda la credibilidad. La O.N.U. denuncia a su régimen y frena toda ayuda. Los informes de Aministía Internacional, de todos esos años, son terribles.
Más por la revuelta contra la gestión de Aristide que por la celebración de la independencia, Haití, que cuenta poco o casi nada en el concierto de las relaciones internacionales, ha vuelto al tapete de los rotarivos. El desastre alcanza tales proporciones que los analistas auguran más catástrofes y penalidades.
El presidente de Haití encandilado ahora por los placeres de los ricos, ha pasado de ser un mesías revolucionario contra la criminalidad de los Duvalier a ser un condenado por corrupción y a ser denunciado, reiteradas veces, por no llevar a los responsables de violaciones de DD.HH, en el pasado y presente, delante de la justicia.
El relevo de Aristide, quien aparece ahora como un aristócrata distante al que no se le debe pedir rendición de cuentas, es una gran interrogación porque, como dice El País del 2-1-04,” en la alianza opositora conviven demócratas de verdad y otros que apenas disimulan la dolosa infatuación en que incurrieron algunos padres de la patria”.
La historia y la realidad actual, un revoltijo inclasificable, indican que el futuro, un largo futuro, no será nada fácil ya que el número de desgracias se agolpan, con pocas garantías de solución inmediata.
La postración social y política, que Aristide no ha sabido frenar, se estremece en un 80 % de desempleados, en dos tercios de la población que sufre malnutrición y en unos índices de mortalidad y analfabetismo entre los más altos del mundo. El racismo, entre mulatos y negros, y la violación permanente de mujeres son hechos cotianos.
En este bello país, en el que el 5% de la población tiene SIDA sin posibilidades de adquirir medicación, la policía sigue torturando y matando a los detenidos “ en extrañas circunstancias”.