Conocíamos
a Mónica Laguna por su anterior película,
Tengo una
casa, con la que debutó en el circuito
comercial. Dicen que la segunda película es la importante,
y en este caso ha apostado por un drama psicológico
con el tapete verde del póker como telón de
fondo.
El
submundo del juego ha dado lugar a un buen número de películas. Los timadores,
tahúres y jugadores poseen una mística especial en el cine, un glamour
confeccionado con ases en la manga y durísimos duelos en los que el Colt
se sustituye por la baraja. Juego
de Luna viene a desmitificar todo esto. En sus partidas,
en torno a mesas de profesionales, los jugadores beben demasiado, fuman
Ducados y comen migas o tortilla al tiempo que ganan y pierden millones
a espuertas. No hay duelos psicológicos, ni malvados contra heroicos pícaros.
Sólo la enfermiza obsesión por el juego y el materialismo barato del dinero
contante y sonante sobre el tapete.
No
hay duelos psicológicos, ni
malvados contra pícaros; sólo la
enfermiza obsesión por el juego
Sin embargo, Juego
de Luna no consigue despegarse de ciertos tópicos como
la inclusión de la delincuencia de poca monta, el chulerío hispánico o
los prestamistas con sus matones de gatillo fácil. Y aunque es cierto
que se les quita todo el brillo y la purpurina (y se les añaden caspa,
grasa y sordidez) no dejan de ser lugares comunes, quizás demasiado transitados
ya por el celuloide.
Una de las mejores bazas de
la cinta es la sucesiva serie de flashbacks y retrocesos temporales que
nos ayudan a perfilar casi por completo a Luna,
a Nano y a Leo.
No obstante, es una pena que estos mismos flashbacks nunca se utilicen
para anticipar la parte más dramática del asunto, ciertas relaciones ocultas
entre algunos personajes sin las cuales no entenderíamos sus motivaciones
y móviles. Con un guión un poquito más cuidadoso en la estructuración
(o un montaje más generoso), Juego
de Luna ganaría en vigor y en profundidad psicológica.
Carlos
Kaniowsky construye un
personaje de carne y hueso
a partir de miradas y gestos,
de contención y de elegancia
Las actuaciones son más que
correctas, destacando un Ernesto Alterio sobrio y comedido con
un personaje excesivamente plano y una Dafne Fernández que promete
revelarse como una actriz competente si no la malogran las teleseries
juveniles. Pero quien sobresale por encima del nivel general es Carlos
Kaniowsky, que construye un personaje de carne y hueso a partir de
miradas y gestos, de contención y elegancia.
Lo que lastra la película es
una cierta previsibilidad, una incapacidad de sorprender, quizá sacrificada
al remate psicológico de los personajes. En el aspecto puramente técnico,
la reconstrucción de las distintas épocas a través del vestuario y atrezzo,
así como la iluminación y encuadres, son excelentes. Lo único que se echa
a faltar es un poco más de nervio, de mala saña, de acidez. Mónica
Laguna hace una encomiable labor con los elementos psicológicos, pero
descuida lo visceral. Es como ir a por el full de ases y quedarse en doble
pareja.