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"Cuando soy buena,
soy muy buena, pero cuando soy mala, soy mucho mejor". Esta frase, pronunciada
con la espesa voz de Mae West a un joven Cary Grant en No soy ningún
ángel, podría resumir perfectamente la carrera artística de esta
revolucionaria actriz. La opulenta rubia platino es una de las embajadoras
del glamour del Hollywood clásico ya que, según afirma Boris Izaguirre,
"la exageración, al ser más primitiva, es por ende más real, y por eso
más inspiradora". Es indiscutible que si existe una palabra que defina
a la West es exageración.
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El
glamour y ser perra tienen que ver...

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Perra, sin más (...) Es insistiva y salvaje. Si algo
le agita su subliminal "coño fagocitdor" no hay
nada que hacer salvo temer y disfrutar (...)
Perrita, que es usted, querido lector, que está aprendiendo.
Son mucho más peligrosas porque no tienen miedo a los errores
(...)
Megaperra, que soy yo, por ejemplo. Un tipo de persona que
ha encontrado la manera de burlarse de todo sin dejar cicatrices
(...) |
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¿Es esto el glamour?
O, ¿tal vez esconde algo más? Morir de glamour representa, a simple
vista, un análisis sobre esta sustancia e insustancia, esta totalidad
y este vacío, combinación de clase, "camp", "chic",
"in" y, por qué no, vulgaridad.
Pero esta premisa no es más que el "McGuffin"
a partir del que Boris Izaguirre se permite reflexionar sobre prácticamente
todo: la sociedad occidental y, en especial, la española de estos últimos
50 años; las costumbres más íntimas y las convenciones sociales al uso;
la política de aquí y de todas partes; los mitos, los grandes personajes...
Un ensayo en el que nadie ni nada se salva, ni de su "lupa", bautizada
como glamour, a través de la que analiza el presente, ni de su irónica
y burlona manera de interpretar la vida. Para que luego la gente no se
tome en serio a las estrellas de la tele...
Su pluma, aparentemente frívola, se aprovecha de su imagen de superficialidad
para atreverse a emitir juicios que podrían acabar con la reputación de
persona cuerda, de cualquiera. Boris es capaz de afirmar que todo
el mundo sueña con practicar sexo en la oficina, que el Hola es como la
Biblia en España o de equiparar a Louis B. Mayer con Hitler. ¡Paren las
alarmas!, porque tampoco hay para tanto, ya que el "juicioso" Boris
no pretende ser tan irreverente -o tal vez sí- como para no justificar
tal comparación. Es un hombre de recursos y para todo tiene explicaciones
razonadas, que, si bien descolocan, también inspiran la confianza de quien
expone una nueva e interesante teoría.
Estos ejemplos sirven para dar una idea de cómo trata Morir de glamour
al lector: uno es vapuleado constantemente y bombardeado por ideas e historias
chocantes. El autor se lo pasa en grande con giros y sorpresas en su discurso
y las digresiones en las que Boris se va por las ramas y cuenta
cualquier anécdota, son una constante. Dicho esto, queda claro que el
ensayo no es nada aburrido. A los cinco minutos de haber empezado la lectura,
uno se sobresalta pensando que ha dejado la televisión encendida y que
el Boris "locaza" ya está haciendo de las suyas. No se confunda,
y es que el chico escribe igual que habla y, a veces, se consigue tal
comunión con el texto que a uno le parece que es Boris en persona
quien se lo está contando.
Todo puede ocurrir en Morir de glamour. Desde un Rocío en casa
de la Pantoja, una visita al Lerele, o una conversación telefónica con
Isabel Preysler mientras ella se seca el pelo. Morir de glamour también
franquea la entrada a la casa de los Bosé o permite subir en coche de
caballos con Loles León, asistir a mil fiestas y vivir la noche madrileña,
barcelonesa o de dónde sea. Para los que andamos perdidos en lo sencillo
y lo anodino de la vida cotidiana, se convierte en un cuento de hadas
a través del que nos llegan los ecos de los palacios, las casas y los
banquetes de las cenicientas y cenicientos modernos.
Así es Morir de glamour, una especie de comedia de enredo
algo alocada, en la que los personajes desfilan, se cruzan y se intercalan.
Unas veces descarada y rebelde; otras incisiva y brillante... Pero, ¿qué
es el glamour sino el escándalo inteligente y bravucón? Y, ¿qué imagen
ha dado siempre Boris Izaguirre sino la de un provocador? o, como
él mismo se define en el libro, una "megaperra" que es ese tipo de persona
que "ha encontrado la manera de burlarse de todo sin dejar cicatrices".
Si algo tiene esta obra es que es coherente con la naturaleza de su creador,
ya que, entre líneas, también se vislumbra la auténtica personalidad de
Boris Izaguirre, a través de pequeñas anécdotas y confesiones que
salpican la narración. Él mismo ha catalogado este libro de "memorias
precoces" ya que abundan los datos sobre su infancia y adolescencia en
Caracas, primera juventud en Nueva York -donde conoció a personajes como
Isabella Rossellini-, sus primeras (y muchas más) fiestas locas, cómo
conoció a Xavier Sardà... Incluso es posible que el lector que más consiga
profundizar se quedare con algo del espíritu del auténtico Boris Izaguirre.
O tal vez no. Tal vez sea una nueva broma y no muestre más que otra de
sus máscaras.
Y es que Boris es una mezcla explosiva en persona y en su ensayo:
un poco un cuenta-cuentos, un cronista, un biógrafo y un filósofo cuyo
lema es "La vida es una fiesta y el mundo una tendencia". Y para quien
no le haya quedado claro, parafraseando a Maruja Torres en la contra de
El País: "si la realidad vuelve a darles en la cara con su muro de plomo,
háganse un favor: cómprense el último libro de Boris Izaguirre
y devórenlo sin dejar de saborearlo".
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De
la tele al Best seller
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