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Baudolino,
la última obra de Umberto Eco en la que éste vuelve a
la Edad Media, narra las peripecias de un pícaro en tiempos del
emperador germánico Federico Barbarroja y la Cuarta Cruzada.
Hasta ahí bien. Sin embargo, lo que podría considerarse como una novela
histórica al uso, nos descubre algo más. A través de la fantasía imaginativa
de Baudolino, el autor nos cuenta
cómo se construyen verdades, mitos y dogmas a partir de las necesidades
concretas y mundanas de ciertos personajes. Además con la paradoja de
que, quienes fabrican estos engaños, caen fascinados ante sus propias
mentiras y dedican su vida a búsquedas imposibles.
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El libro se inicia a mediados del siglo XII con las vicisitudes
del emperador romano-germánico Federico Barbarroja en su
intento por dominar Italia. En este marco aparece la figura
de un joven pícaro, Baudolino, que con sus invenciones ayudará
al emperador, pero también a sus compatriotas que le hacen frente.
Una de estas invenciones, el fabuloso reino del Preste Juan,
que habría de dar legitimidad plena al emperador, acaba convirtiéndose
en una obsesión para Baudolino quien, acompañado por un grupo
de amigos partirá en su búsqueda a lo largo de un camino trufado
de situaciones fantásticas.
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El libro nos presenta
el relato que Baudolino hace de su azarosa vida al historiador bizantino
Nicetas Coniates, con dos partes bastante claras. En la primera
Baudolino, un joven campesino piamontés, seduce con su imaginación al
mismísimo emperador sacro romano-germánico Federico Barbarroja.
Mediante sus invenciones y estratagemas interviene activamente en la ya
entonces complicada política italiana y, por ende, en la europea.
Aquí se nos presenta una faceta desconocida para los lectores
de Umberto Eco, la cómica. Baudolino, con sus mentiras, fabrica
un santo donde sólo había un insigne monarca carolingio o se inventa a
unos Reyes Magos increíbles. La guinda se la reserva Eco
para el asedio de Alessandría, su ciudad natal y la de Baudolino,
por parte del emperador Federico y la manera en que se resuelve.
En algunos momentos parece que nos encontramos con una de esas comedias
italianas de los años cincuenta y sesenta. La forma que tiene el
autor de presentar las relaciones entre italianos es realmente reveladora
del carácter de un país en continuo debate.
En este tiempo de intrigas es cuando se gestan también dos mentiras que
trajeron de cabeza no sólo al propio Baudolino sino a toda la cristiandad
durante muchos siglos: el misterio del Santo Grial y el del reino
del Preste Juan. Sobre estos asuntos se asienta la segunda parte
de la novela, que cuenta el viaje de Baudolino, sus amigos y el emperador
en busca del ignoto reino para mayor gloria imperial.
La misteriosa muerte del emperador Federico y la consiguiente trama
policíaca marcan un punto de inflexión en la novela. Entramos en la búsqueda
del fabuloso reino del Preste Juan. Aquí nos encontramos con un
alarde imaginativo (y, por qué no decirlo, de recopilación de leyendas,
mitos y textos de la época) en el que se suceden los personajes fantásticos
y los paisajes imposibles. Y también, como marca de la casa, surgen las
inacabables cuestiones religiosas y filosóficas tan del gusto del autor.
El hecho de poner las disquisiciones religiosas en boca de personajes
con el pene en el cuello, sin cabeza, o con un sólo ojo hace que lo que
en principio podría aparecer como la parte farragosa del libro, comparable
a ciertos fragmentos de El Péndulo de Foucault
o El nombre de la Rosa, no lo sea
tanto. Ahora bien, el episodio amoroso que vive Baudolino con una criatura
muy especial también incide en este inevitable, al parecer, afán de Umberto
Eco por mostrar su infinita erudición y que el lector, que se lo está
pasando bien, se pierda un poco.
En resumen, se trata de una aventura descomunal en la que los participantes
viven su propia mentira hasta el límite, con resultados sorprendentes.
El autor, tras colocar a Baudolino en un contexto histórico real, ofrece
a su personaje la posibilidad de vivir su propio sueño, que puede acabar
convertido en una pesadilla y llevarle a momentos de tristeza sin igual.
Al final, Baudolino nos enseña que
el poder de la imaginación y la atracción por la aventura son las armas
más eficaces para huir de los momentos más difíciles.
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