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El mal se llamaba Victor

Narrativa
Fernando Marías

El Niño de los coroneles
Ediciones Destino
527 páginas
2.900 pts.

Sudor frío, ansiedad, alteración del ritmo cardíaco y autosugestión. He aquí algunos -insisto, sólo algunos- de los síntomas que puede experimentar el lector de El Niño de los coroneles. Nos encontramos frente a un viaje a lo desconocido, pues este libro no es sólo la historia de la aventura de Luis Ferrer, sino que es un pasaporte para el viaje que el lector realizará hasta sus terrores más íntimos y adormecidos. Señoras y señores, el Mal.


por Marta Pi Castelló
Redacción BCN

 












Es imposible permanecer impávido durante la lectura de El Niño de los coroneles. Ojos salidos de sus órbitas por el pánico, celdas de tortura, subterráneos siniestros y perturbados delirios de manipulación psicológica. El horror. El miedo. No, mejor: el Miedo y el Horror. Enzarzado en majestuosas complicaciones estructurales, el libro nos adentra con sigilo estruendoso en el más espeluznante de los sótanos: nuestra mente.


SINOPSIS


El prestigioso periodista español Luis Ferrer se embarca en un avión hacia la república latinoamericana de Leonito. Allí debe lograr entrevistarse con el líder guerrillero de los indígenas que, atrincherados en la Montaña Profunda, se resisten a abandonar su hogar ancestral para ceder la montaña a la construcción de un monumental parque lúdico. Aprovechando el viaje, Ferrer tiene orden de investigar qué hay de cierto en la leyenda del maravilloso tesoro de la montaña. Pero la misión de Ferrer en Leonito se complica cuando un hombre le entrega un misterioso manuscrito...


Magistralmente escrito y de estructura endiablada, urdida como un crimen perfecto a expensas del desasosiego permanente del lector. Marías escribe y abandona, retoma y recuerda, en el momento adecuado las palabras justas para encender irreversiblemente nuestra curiosidad. La trama está estructurada en cuatro planos narrativos maravillosamente sincopados de manera que el lector jamás pierde el hilo de lo que está leyendo. Eso sí, es de agradecer que el editor haya diferenciado algunos planos narrativos con una anchura distinta del margen izquierdo de la página.

Estos cuatro planos narrativos se entrecruzan a lo largo de un relato claramente divisible en varias etapas. Sin contar el preludio del libro, una escena absolutamente cinematográfica -cuando terminamos de devorarla nos sorprende la ausencia de un fundido en negro y la aparición de los títulos de crédito en la pantalla de celulosa-, la historia consta de una parte introductoria, que se corresponde con la historia de Ferrer y su padre, un grueso central, que empieza con la aparición del manuscrito en escena, y un desenlace cuando éste finaliza. Pero las cosas nunca son tan sencillas, ¿verdad? Así, dentro de cada parte encontramos subpartes claramente delimitadas que a menudo son proyecciones a largo plazo o reencuentros con temas abiertos en otras partes del libro. Este armazón poliédrico de la novela responde a una esctuctura similar a la que empleó Antonio Muñoz Molina en su conocida novela El jinete polaco: el rompecabezas argumental.

La complejidad de El Niño de los coroneles no reside sólo en su estructura, sino también en su fecundidad de géneros y temas. Utilizando desde la literatura de aventuras hasta la narración psicológica y la novela negra, desde la fantasía hasta el terror, Fernando Marías combina los géneros literarios para abordar las distintas situaciones y tramas que configuran su obra. El contraste es a veces relajante, otras sorprendente. Las más, apenas perceptible para el lector, pues los géneros están perfectamente ligados. Y es aquí donde quizá radique una de las mayores sorpresas que nos depara El Niño de los coroneles y una de sus más destacadas originalidades.

¿De qué nos habla el libro? Nos habla del mal, por supuesto, pero también de la cobardía, de la humillación, del miedo, del resentimiento y el remordimiento, del poder, de la ambición, el amor, la venganza, y de la complejidad y -a veces- volubilidad de la mente humana. Y de tantos otros temas. Como toda gran obra.

Quizá la piedra preciosa más bien tallada de El Niño de los coroneles sean sus personajes. Seguro, eso sí, que el personaje más espeluznante es Victor Lars, un supuesto secundario. Alguien quien, tras leer el libro, la sola mención de su nombre nos hace estremecer. El personaje de Lars sentencia: "Dios no existe, pero yo sí".

El Niño de los coroneles es de esos pocos, poquísimos libros que te atrapa contra tu voluntad y, cuando quieres darte cuenta, son las tres de la madrugada y te encuentras devorando sus páginas con sorpresiva avidez. Y eso que -aunque decir que el libro se reduce sólo a episodios de tortura sería imperdonablemente simplista y miope- El Niño de los coroneles nos adentra en la angustia absoluta y el horror en los episodios explícitos de tortura. El lector llega a reprocharse a sí mismo no poder evitar seguir leyendo algo que se le antoja atroz e indescriptiblemente monstruoso, pero quizá por ello literariamente fascinante. Será necesario, de vez en cuando, levantar la vista del libro para devolvernos a la realidad y que nuestro corazón descanse del desasosiego prolongado.

A pesar de que Fernando Marías ha explicado que se ha inspirado en Nunca más de Ernesto Sábato para concebir ciertos aspectos de El Niño de los coroneles y en un artículo periodístico sobre unas investigaciones en la dictadura de Ceaucescu, el libro ganador del Premio Nadal 2001 no es un documento. Es una novela de ficción, ambientada en un país ficticio y protagonizada por seres ficticios.

Un libro de gran calidad literaria, intrigante y adictivo, que realmente consigue su propósito: hacernos sentir el mal y reflexionar sobre él. Eso sí, no apto para cardíacos.


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