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Es imposible permanecer
impávido durante la lectura de El Niño de los coroneles. Ojos
salidos de sus órbitas por el pánico, celdas de tortura, subterráneos
siniestros y perturbados delirios de manipulación psicológica. El horror.
El miedo. No, mejor: el Miedo y el Horror. Enzarzado en majestuosas
complicaciones estructurales, el libro nos adentra con sigilo estruendoso
en el más espeluznante de los sótanos: nuestra mente.
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El prestigioso periodista español Luis Ferrer se embarca
en un avión hacia la república latinoamericana de Leonito. Allí
debe lograr entrevistarse con el líder guerrillero de los indígenas
que, atrincherados en la Montaña Profunda, se resisten a
abandonar su hogar ancestral para ceder la montaña a la construcción
de un monumental parque lúdico. Aprovechando el viaje, Ferrer
tiene orden de investigar qué hay de cierto en la leyenda del maravilloso
tesoro de la montaña. Pero la misión de Ferrer en Leonito
se complica cuando un hombre le entrega un misterioso manuscrito...
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Magistralmente escrito
y de estructura endiablada, urdida como un crimen perfecto a expensas
del desasosiego permanente del lector. Marías escribe y abandona,
retoma y recuerda, en el momento adecuado las palabras justas para encender
irreversiblemente nuestra curiosidad. La trama está estructurada en
cuatro planos narrativos maravillosamente sincopados de manera que el
lector jamás pierde el hilo de lo que está leyendo. Eso sí, es
de agradecer que el editor haya diferenciado algunos planos narrativos
con una anchura distinta del margen izquierdo de la página.
Estos cuatro planos narrativos se entrecruzan a lo largo
de un relato claramente divisible en varias etapas. Sin contar el preludio
del libro, una escena absolutamente cinematográfica -cuando terminamos
de devorarla nos sorprende la ausencia de un fundido en negro y la aparición
de los títulos de crédito en la pantalla de celulosa-, la historia consta
de una parte introductoria, que se corresponde con la historia de Ferrer
y su padre, un grueso central, que empieza con la aparición del manuscrito
en escena, y un desenlace cuando éste finaliza. Pero las cosas nunca
son tan sencillas, ¿verdad? Así, dentro de cada parte encontramos subpartes
claramente delimitadas que a menudo son proyecciones a largo plazo o
reencuentros con temas abiertos en otras partes del libro. Este armazón
poliédrico de la novela responde a una esctuctura similar a la que empleó
Antonio Muñoz Molina en su conocida novela El jinete polaco:
el rompecabezas argumental.
La complejidad de El Niño de los coroneles no reside sólo en
su estructura, sino también en su fecundidad de géneros y temas. Utilizando
desde la literatura de aventuras hasta la narración psicológica
y la novela negra, desde la fantasía hasta el terror, Fernando Marías
combina los géneros literarios para abordar las distintas situaciones
y tramas que configuran su obra. El contraste es a veces relajante,
otras sorprendente. Las más, apenas perceptible para el lector, pues
los géneros están perfectamente ligados. Y es aquí donde quizá radique
una de las mayores sorpresas que nos depara El Niño de los coroneles
y una de sus más destacadas originalidades.
¿De qué nos habla el libro? Nos habla del mal, por supuesto, pero también
de la cobardía, de la humillación, del miedo, del resentimiento y el
remordimiento, del poder, de la ambición, el amor, la venganza, y de
la complejidad y -a veces- volubilidad de la mente humana. Y de tantos
otros temas. Como toda gran obra.
Quizá la piedra preciosa más bien tallada de El Niño de los coroneles
sean sus personajes. Seguro, eso sí, que el personaje más espeluznante
es Victor Lars, un supuesto secundario. Alguien quien, tras leer
el libro, la sola mención de su nombre nos hace estremecer. El personaje
de Lars sentencia: "Dios no existe, pero yo sí".
El Niño de los
coroneles es de esos pocos, poquísimos libros que te atrapa contra
tu voluntad y, cuando quieres darte cuenta, son las tres de la madrugada
y te encuentras devorando sus páginas con sorpresiva avidez. Y eso que
-aunque decir que el libro se reduce sólo a episodios de tortura sería
imperdonablemente simplista y miope- El Niño de los coroneles
nos adentra en la angustia absoluta y el horror en los episodios explícitos
de tortura. El lector llega a reprocharse a sí mismo no poder evitar
seguir leyendo algo que se le antoja atroz e indescriptiblemente monstruoso,
pero quizá por ello literariamente fascinante. Será necesario, de vez
en cuando, levantar la vista del libro para devolvernos a la realidad
y que nuestro corazón descanse del desasosiego prolongado.
A pesar de que Fernando
Marías ha explicado que se ha inspirado en Nunca más de Ernesto
Sábato para concebir ciertos aspectos de El Niño de los coroneles
y en un artículo periodístico sobre unas investigaciones en la dictadura
de Ceaucescu, el libro ganador del Premio Nadal 2001 no
es un documento. Es una novela de ficción, ambientada en un país ficticio
y protagonizada por seres ficticios.
Un libro de gran
calidad literaria, intrigante y adictivo, que realmente consigue su
propósito: hacernos sentir el mal y reflexionar sobre él. Eso sí, no
apto para cardíacos.
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Historia
y II Guerra Mundial
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