











|
 |
Ambientada en la
Barcelona postolímpica, Eduardo Mendoza recupera con esta
novela al singular investigador sin nombre que ya dio a conocer en El
misterio de la cripta embrujada (1979) y en El laberinto de las
aceitunas (1982) y, tras expulsarlo, literalmente, del manicomio
donde ha vivido recluido los últimos veinte años, lo sumerge
en una trama de negocios sucios, asesinatos, corrupción y misterios
sin resolver. Éste es el punto de partida de la última
incursión en las letras del escritor que cinco años atrás
auguró la muerte de la novela convencional y de sofá.
 |
 |
 |
 |
|
|
 |
 |
 |
|

Tras veinte años de internamiento en un manicomio a espaldas
del mundo, el protagonista se reincorpora a la sociedad convertido
en peluquero ocasional. Esta apacible rutina diaria se ve alterada
cuando una bella mujer le convence para robar unos comprometidos
documentos de una empresa. Las cosas se complican cuando el propietario
de la compañía aparece muerto, y las sospechas recaen
en él. Este engaño le obliga a investigar el crimen
para salvar el pellejo. |
|
 |
 |
 |
A caballo entre
el divertimento en estado puro y una satírica crónica
de la sociedad actual, La aventura del tocador de señoras
coloca al lector ante una descarnada radiografía de los personajillos
que habitan en todas las ciudades, tanto los más anónimos
que nos cruzamos a diario en la escalera, como los políticos
que aparecen asiduamente en televisión. Mendoza no deja
títere con cabeza y, con altas de dosis de comicidad y sarcasmo,
esboza, cuál dibujante de caricaturas de las Ramblas barcelonesas,
el perfil de una sociedad catalana mestiza y apática, siempre
a la espera de verlas venir. Y en este escenario, en el corazón
del barrio del Raval, sitúa al protagonista, un individuo digno
de pasearse por las páginas de Luces de Bohemia y codearse
con Max Estrella. Y es que como Valle Inclán, Mendoza
traza unos personajes espérpenticos, a veces ridículos
e irreales, y en ocasiones tan verosímiles que exhalan humanidad
por cada poro de su piel, y de los que el lector no puede desprenderse
con facilidad después de haber devorado el libro.
Tras superar el
enamoramiento inicial por los personajes, uno de los grandes aciertos
de la novela es el lenguaje: una mezcla explosiva de catalán,
castellano, el más vulgar argot de la calle y el culto y rimbombante
de la burguesía catalaneta. Este cóctel léxico
desemboca en una jerga macarrónica que te engancha y no te suelta
hasta la última palabra de la página 350. A esta adicción
también colaboran las alocadas e histriónicas desventuras
del patán investigador, empeñado en resolver el crimen,
y su séquito.
Mendoza se
guarda, sin embargo, un obsequio para el lector. Y es que entre carcajada
y carcajada, La aventura del tocador de señoras ofrece
una lección magistral de humanidad: sólo a través
de los ojos de un loco con escrúpulos podemos cerciorarnos de
la locura de la sociedad. Como comentó el escritor en la presentación
de la novela, "quién consiga leer este libro y extraer sus
propias conclusiones, estará preparado para enfrentarse a la
prensa diaria y a la gente que aparece en ella".
|
 |
|
Otras
aventuras
del "detective"
anónimo
|

La
rueda
de prensa
en imágenes
|
Paséate
por
la
Barcelona de la novela
|
|
Eduardo
Mendoza en Internet
|
|