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La
vida sexual de Catherine M.
es una novela valiente, sincera, arriesgada y ante todo, honesta. Ofrece
lo que su título promete: las intimidades sexuales de Catherine Millet,
la directora de la prestigiosa revista francesa Art Press. Lejos
de buscar una justificación o dotar de carga moral o lección ética su
discurso, Millet se limita a describir minuciosamente y con la
frialdad de un forense su agitada y particular "obsesión copuladora".
Vuelve la mirada hacia atrás y hace recuento: desde los 17 años, cuando
decide suplantar sus sesiones masturbatorias por el sexo en grupo, han
sido más de un millar los penes que se han vaciado por todos los orificios
de su entumecida anatomía en las "partouzes", orgías en el
Bois de Boulogne, locales de intercambio, cabinas de camiones,
portales, galerías de arte, consultas de dentistas o estudios pestilentes
de bohemios intelectuales.
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"Para que la sublimación del sexo ocurra es imprescindible,
como explica George Bataille, que se preserven ciertos
tabúes y reglas que encausen y frenen el sexo, de modo
que el placer físico pueda ser vivido y gozado como una
trasgresión. La libertad irrestricta, y la renuncia a toda
teatralidad y formalismo en su ejercicio, que ha sido presentado
como una conquista en ciertos enclaves del mundo occidental, no
han contribuido a enriquecer el placer y la felicidad de los seres
humanos gracias al sexo. Más bien a banalizar y a cegar,
convirtiendo el amor físico en mera gimnasia y rutina".
Mario Vargas Llosa en El País (27 de mayo
de 2001).
"Catherine Millet crea en la literatrura lo que los
artistas de hoy realizan en pintura. Su libro, en su crudez, su
falta de complacencia, su hiperrealismo, es un encefalograma de
la sexualidad, no es una novela, sino un diario, un diario de
la peste". Nadeije Laneyrie-Dagen en Lire.
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Pero, ¿por
qué este bestiario de criaturas sexuales? Desde las primeras
páginas de la novela, Millet sienta las bases de lo que será
un viaje no cronológico por su vasta experiencia sexual. Una
trayectoria estructurada por la "obsesión del número"
y por su "relación con el espacio". Sin embargo, si
bien la cantidad es lo que rige buena parte de sus encuentros sexuales,
la calidad ocupa un rincón residual en su vida: "aunque no me
procurasen mucho placer, o incluso si me desagradaban, o cuando el hombre
me arrastraba a prácticas que no casaban demasiado con mis gustos, no
por eso las cuestionaba". Esa dicotomía entre placer y sexo se
mantiene vigente en cada página de la novela sin que Millet
ofreza una explicación al pasmoso lector que no sale de su asombro.
Desde su publicación
la pasada primavera en Francia, la polémica ha sido la mejor carta de
presentación de la novela fuera de sus fronteras. Sin embargo, si hay
algo de escandaloso en La
vida sexual de Catherine M. no es su explícito contenido,
sino la actitud que sostiene Millet en todo momento con el sexo.
Con un discurso crudo, deshumanizado y frío, logra incomodar al lector
con una visión del sexo deprimente, mecánico, animal y orgánico: "hasta
los treinta y cinco años no consideré que mi propio placer pudiera ser
la finalidad de una relación sexual. No lo había entendido".
Sin concesiones
a los sentimientos, al erotismo y a la seducción, la autora exalta la
cosificación de la sexualidad a los genitales y reivindica la condición
de mujer objeto. Y lo logra. Catherine Millet se exhibe como
una mujer para quien "follar es un estilo de vida", "tener relaciones
sexuales y experimentar deseo, dos actividades separadas", "follar venciendo
toda repugnancia no sólo era rebajarse, sino, invirtiendo ese movimiento,
elevarse por encima de los prejuicios", la prostitución un intento fallido
en su vida y la seducción una pérdida de tiempo ("era fácil encontrarme,
bastaba llamarme"). Y es que como afirmó Mario Vargas Llosa en
El País a raíz de la publicación de la novela,
"una vida imantada por el sexo y sólo por él, rebaja esta función a
una actividad primaria orgánica, no más noble ni placentera que tragar
por tragar, o defecar. Sólo cuando lo civiliza la cultura y lo carga
de emoción y de pasión, y lo reviste de ceremonias y rituales, el sexo
enriquece extraordinariamente la vida humana".
En resumen, La
vida sexual de Catherine M. fascina por su enfermiza aproximación
al sexo, por la deprimiente concepción que la autora sostiene
acerca de las relaciones humanas y por su aparente incapacidad de relacionarse
con su entorno si no es a través de su sexo palpitante. Sin embargo,
superado el rechazo inicial, su lectura resulta interesante, ya que
obliga al lector a cuestionarse su propia concepción del sexo,
del erotismo y de la sensualidad. Independientemente de que el regusto
final sea amargo o dulzón, Millet consigue su propósito:
no causar indiferencia, que en definitiva es uno de los requisitos de
toda obra de arte. Y de arte, Millet, es una gran experta.
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Las
influencias de la novela
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