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La sociedad digital
se respira en cada una de las páginas del libro con una cotidianidad
que el lector habrá vivido, aunque camuflada bajo la normalidad a
la que el ritmo vertiginoso de la tecnología nos tiene acostumbrados.
“Apenas hablaban por teléfono, un email de vez en cuando”, “por culpa
de Nikki, no podía imaginar un par de tardes sin email”, “el que email
recibe, email contesta” o “el email era una interrupción más civilizada
que el celular” son algunas de las muestras del sinfín de alusiones
directas a esta Sociedad de la Información donde el contenido informativo
(ya sea textual o gráfico) se consigue a base de cortar, pegar y
enviar. "En esta novela muestro un país urbano, lleno de jóvenes
que viven pendientes de Limp Bizkit y de Almodóvar, y de Internet. Sin
que eso les haga menos bolivianos. Una visión de la Latinoamérica high-tech",
afirma el autor.
Sueños
digitales es un acercamiento a nuestros días llevado a tal
extremo que la perfección estética se convierte en arte y el retoque
en manipulación. El resultado acaba siendo peligroso ya que el quitar
“color a una tez mate” o “borrar las cejas” de una fotografía de un
famoso se acaba convirtiendo en la eliminación fulminante de personas,
como medida de limpieza de un pasado político que un dictador, Montenegro,
quiere conseguir desde su trono. La tergiversación de una realidad envuelta
de corrupción y abuso de poder se transforma, de la mano de Sebastián,
en una herramienta supeditada al poder político.
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La
tecnología: la gran protagonista inerte de la novela

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"Había más personal pululando por los pasillos, algunos adolescentes
entre aplicados e inquietos, creativos con celulares y Palm Pilots.
Más computadoras y escáners e impresoras, y Zip por aquí y Jaz por
allá".
"Todos los seres podían ser hoy digitales".
"Braudel era un pintor que utilizaba la computadora como lienzo,
paleta y pincel. Un artista".
"Había olor a cagada de ratón y botellas de cerveza vacías sobre
la mesa donde estaban los controles de una SuperNintendo, una caja
de Tomb Raider con la voluptuosa Lara Croft en la cubierta y ceniza
desbordando los ceniceros".
"Pixel lo miró con expresión de desamparo como si no entendiera
esa compulsión que lo llevaba a navegar la Red sin tregua -pez hambriento
en aguas eléctricas-, a apasionarse de un tema extravagante que
había encontrado por casualidad, y dejarlo dos días después sin
un pestañeo de remordimientos".
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La avaricia, la sed
de poder dirigida desde el anonimato y el deseo de conseguir estabilidad
económica en una sociedad en crisis empuja a Sebastián a participar en
el seno de un entramado dirigido desde el Ministerio de Información del
país. Aunque él es sólo un hilo de la tupida telaraña de la reconstrucción
de una nueva realidad, no le resultará fácil salir de esa patética
campaña de limpieza digital. ¿Qué sucedería si una buena mañana él mismo
desapareciera, como por arte de magia, de las propias fotografías que
dan fe de su vida? ¿Dejaría realmente de existir?
Edmundo Paz consigue con Sueños digitales
trasladarnos a la sombra de la tecnología y al lado oscuro de la miseria
humana. La lectura de este libro, envuelta de chats, de información digitalizada,
de píxels, backgrounds o screensavers, es una toma de conciencia
de nuestros tiempos. Esta novela habla, ante todo, de seres humanos que
sucumben al poder, de la soledad de las personas frente a un ordenador
y de la modificación de la realidad ya no mediante el objetivo
de una cámara fotográfica sino a través de una pantalla del ordenador.
Por todo eso, Sueños digitales
está en el límite de la realidad con la ficción, de lo onírico
con lo verídico.
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Edmundo
Paz nació en 1967. Es tal vez el escritor más emblemático de
la llamada neoliteratura boliviana. Estudió en las universidades
de Mendoza, Buenos Aires y Estados Unidos. En 1997, obtuvo el
Premio de Cuento Juan Rulfo.
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