











           
|
 |
Alejandra Pizarnik
escribió una obra íntima, asustada, dolorosa y, a veces, con un tamiz
onírico que propició que algunas voces la considerasen una autora cercana
al surrealismo. De la misma manera que su turbada vida amorosa y lo
desgarrado de su lenguaje han convidado a decir de ella que reescribió
la tradición romántica. Pero Pizarnik no se limitó a redibujar
tradiciones aprendidas, sino que pintó de matices grises un mundo personal
y único, habitado sólo por ella y su inseparable sombra.
 |
 |
 |
 |
|
|
 |
 |
 |
|

Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aires el año que empezaba
la Guerra Civil española, y quizá el destino quiso que lo que parece
una mera coincidencia cronológica marcase una vida protagonizada
por el conflicto y el desasosiego. Tal vez guiada por el desdoblamiento
que transpira toda su obra poética, estudió letras y pintura, vivió
en Buenos Aires y París y en sus días y en sus sueños se mezclaron
la vida con la muerte. Después de convertirse en una de las poetisas
más importantes de Latinoamérica, Alejandra Pizarnik decidió
poner fin a su vida en 1972, durante unos días de vacaciones
que le concedieron en el hospital psiquiátrico donde residía.
|
|
 |
 |
 |
Leyendo Poesía
completa uno puede sentir la evolución literaria que implicó
la evolución vital de la autora. Tras la ferviente experimentación formal
de la primera juventud, siguió un período durante el cual Alejandra
Pizarnik descubrió lo que era el sentimiento amoroso, probablemente
no correspondido, matriz segura de sus celos, que regaló a sus versos
la ternura y el ensoñamiento transitorios del amor. Sin estridencias,
sin celebraciones. Pronto Alejandra volvió a zambullirse en la
angustia y la amargura, los nervios desquiciados, la esperanza escondida
y ya jamás vuelta a encontrar. A partir de entonces la autora sería
succionada poco a poco por el encanto de la muerte, del viaje que se
emprende pero del que nunca se regresa, de esa fusión absoluta, tal
vez redentora, de una niñez demasiado lejana.
En el aspecto formal, la poesía
de Alejandra Pizarnik es escueta, libre, transgresora. No conoce
fidelidad alguna a la métrica clásica ni debe de respetarla, pues crea
en su lenguaje y en su ritmo el mensaje mismo que ella siente. Versos
blancos, prosa poética y poesía en prosa se entrecruzan para dar lugar
a una voz personal e íntima, ajena a cualquier tipo de formalidad. En
su estructura se mezclan la realidad autobiográfica de sus sentimientos
sinceros, con la expresión onírica de sus palabras. Adjetivos sorprendentes,
contradictorios, repeticiones, juegos de lenguaje y aliteraciones poblan
los versos de Pizarnik, como por ejemplo en el siguiente: "...
es muro es mero muro es mudo mira muere." (La verdad de esta vieja pared,
pág. 194). Como se puede comprobar también en este verso extraído del
poemario, a menudo la autora no utiliza puntuación alguna en sus poemas.
En cuanto al vocabulario de la obra poética de Alejandra Pizarnik,
fácilmente se observan una docena de palabras recurrentes para la autora:
cansancio, mar, infancia, luz, sangre, pájaro, ser, barcos, viaje, irse,
reloj, tiempo, espejo. Algunas de estas palabras podrían agruparse en
bloques temáticos, como las que utiliza como metáforas del suicidio
(barco, viaje, irse), y otras se desdoblan en palabras cercanas a los
tópicos referentes a la muerte, como cuando "pájaro" se convierte en
"cuervo". El léxico que Alejandra Pizarnik utilizó sufre un revés
indiscutible en los poemas en prosa que escribió al final de su vida,
ya en el sanatorio psiquiátrico. Allí, Alejandra escribía utilizando
un lenguaje más violento, más directo, llegando a veces a la grosería
(utiliza a menudo la palabra "pija", que en Sudamérica de traduce como
"polla"). Intentar explicar el porqué de este cambio léxico sería entrar
en la mera conjetura.
La poesía de Alejandra Pizarnik está marcada por tres grandes
temas de los que se derivan subtemas. Los tres grandes temas
que se desprenden de su poesía son los dobles, la pérdida
de la infancia y la muerte. El tema de los dobles, del otro
yo, es harto recurrente en la literatura de la segunda mitad del siglo
XX y, de hecho, durante toda la historia de las letras. En la literatura
española lo han tratado recientemente autores como Cristina Fernández-Cubas
en su cuento El helicón, entre otros. Para referirse a él, Pizarnik
utiliza términos como "sombra", "espejo", "este
otro ser", e incluso habla a veces de "la niña". Esto nos enlaza
con la infancia perdida de la autora, que lleva a Pizarnik a
hacer referencia a Lewis Carroll en más de una ocasión en su
poemario y que se traduce también en una preocupación tangible por el
paso del tiempo y los relojes. Finalmente, diremos que Pizarnik
trata obsesivamente el tema de la muerte y el suicidio, llegando a utilizar
el tópico literario que compara la muerte al orgasmo y utilizando el
máximo goce sexual como metáfora del fallecimiento.
Se debe destacar
la labor de Ana Becciu a cargo de la edición de Poesía completa.
Este libro no sólo incluye toda la obra publicada de la poetisa argentina,
sino también todos aquellos textos inéditos que Pizarnik había
guardado meticulosamente en carpetas, incluso alguno escrito en una
servilleta de papel y el poema que se encontró escrito en un pizarrín
de la autora cuando ésta falleció. La titánica tarea de Becciu
se hace visible para el lector sobre todo al final, cuando comenta detalladamente
el origen de los textos que se incluyen en Poesía completa y
que no se habían publicado en ningún poemario anterior.
En resumen, una
obra completísima que se erige como el mejor instrumento para descubrir
la obra de Alejandra Pizarnik para aquellos que no la hayan leído
nunca, y un pozo inmenso de información para los lectores que ya conozcan
a la escritora. Especialmente recomendable para los amantes de la poesía
vanguardista, sin cadenas formales, intimista y con reminiscencias lúgubres
y góticas.
|
 |


|