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La subjetividad
de Sotillos -que se transforma en emociones, reproches o
jugosas reflexiones sobre personajes públicos- logra, además
de ampliar el público potencial de la obra gracias a su amenidad,
dar profundidad
y calor al resultado final. Reconocido comunicador, el autor
podía haber caído en la tentación de dar rienda suelta a su ego,
tras tantos años dedicado a hablar de los demás, y limitarse a transcribir
en primera persona sus recuerdos, que por sí solos ya hubiesen constituido
un interesante documento gracias a su condición de espectador privilegiado.
Sin embargo,
el autor opta por documentarse a fondo, a través de entrevistas,
lecturas y un arduo trabajo de hemeroteca, aliñados con anécdotas
y opiniones personales perfectamente dosificadas durante todo el
libro. Siempre, eso sí, desde su condición de militante socialista
y su estricto rechazo al cotilleo gratuito, que podría defraudar
a los que buscan en este trabajo un anecdotario rosa de las andanzas
de Felipe en el año de su victoria o, mejor, de la
derrota de UCD, según las tesis del autor.
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Eduardo Sotillos Palet nació en 1940, se licenció
en Ciencias Políticas y en Ciencias de la Información
y comenzó a militar en el PSOE en 1979. Ha sido
director de Radio Nacional y Radio Exterior y
ha dirigido los Telediarios de la noche y la madrugada en TVE.
Fue, además, secretario de Estado-portavoz del Gobierno
en el primer Gabinete socialista (1982-85), hasta que fue destituido
por Felipe González. Posee, entre otros galardones,
los premios Ondas de radio y televisión, el premio Rodríguez
Santamaría de la Asociación de la Prensa y
el Pablo Iglesias a la libertad de expresión.
Sostiene que el periodista no debe ocultar sus tendencias políticas,
por lo que asegura trabajar sólo en medios donde se siente
cómodo ideológicamente: en la actualidad, lo hace
en la Cadena SER, Localia TV, la revista El
Siglo y el periódico digital Mi Canoa.
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En la presentación,
Juan José Millás, además de alabar su prosa, recomendó la
crónica periodística de Sotillos como lectura
obligatoria en los institutos, en el que ha sido, para el autor,
el mejor de los elogios a su trabajo recibido hasta ahora. Ciertamente,
1982: el año clave es
un riguroso manual para todos los públicos, que ordena y desmenuza
los hechos que dieron la victoria al PSOE, narra algunos
misterios todavía sin resolver -como la enigmática dimisión de Adolfo
Suárez- y matiza ciertos tópicos presentes en nuestro imaginario
colectivo.
Así, Sotillos
nos presenta un panorama político donde la UCD, desmembrada
pese al apoyo de la Monarquía y al relativo terror que todavía infundaba
en la población el recuerdo del régimen precedente, acoge a socialdemócratas
como Francisco Fernández Ordóñez -el valiente y polémico
promotor de la Ley del Divorcio-, a políticos moderados un tanto
perdidos ante un espectro ideológico sin precedentes desde la República,
como el propio Suárez o su sucesor, Leopoldo Calvo-Sotelo,
hasta a políticos conservadores, como Miguel Herrero de Miñón,
que aterrizaron por casualidad en la especie de caótico híbrido
que era en aquellos momentos la formación. Sotillos,
no obstante, destaca la voluntad aperturista de un partido que,
pese a ser heredero del franquismo, no contaba con el apoyo de una
buena parte de los militares, y la perspicacia de un Suárez
que desde el primer momento tuvo claro que España era de
izquierdas, y ni siquiera cuando AP arañaba sus votos
se resignó a presentarse como conservador.
Para explicar la victoria del PSOE, hay que añadir
a la crisis de UCD el batacazo del Partido Comunista.
Las diferencias ideológicas en el Partido Comunista del País
Vasco y las dificultades de Santiago Carrillo para ejercer
un liderazgo firme en las diferentes corrientes supusieron el principio
del fin del comunismo en España, donde, asegura el autor,
la izquierda marxista no era la opción más indicada
para una población decidida
a olvidar el pasado.
Los atentados de ETA, el golpe de Estado del 23-F y otro
golpe frustrado en octubre de 1982 -sobre el que Sotillos
se extiende pese a la inexplicable poca trascendencia documental
del episodio- o el sorprendente apego de Manuel Fraga a la
democracia son
algunos de los temas que aborda el autor, quien ofrece opiniones
personales sobre algunos de los personajes que retrata. Es en la
creación de éstos -todos ellos conocidos y, en su mayoría,
vivos, pero pasados por el filtro de Sotillos- donde el autor,
que en ningún momento muestra la más mínima intención de hacer literatura,
consigue sin proponérselo efectos literarios impropios de un texto
divulgativo sobre política.
Así, ni siquiera
tras una lectura maliciosa queda clara la relación que mantuvo el
ex portavoz socialista con Felipe González, quien es sutilmente
descrito como una persona carismática y moderada, pese a las acusaciones
de revolucionario marxista vertidas por la misma derecha que, todavía
hoy, controla gran parte de los medios de comunicación en España.
Pese a que Sotillos asegura que el libro constituye un homenaje
al hombre cuyo implacable liderazgo -y un tanto sobredimensionado
carisma- dio la victoria al PSOE durante tres legislaturas,
no queda claro si el autor, armado de una delicadísima ironía probablemente
involuntaria, nos quiere mostrar entre líneas algunos de los defectos
del divo González, quien, en su día, le destituyó de su papel
de portavoz tras un complejo paso por el mundo de la política.
Finalmente, el lector se preguntará si Sotillos admiraba
u odiaba a González, aunque tal vez sintió
ambas cosas. Y es en la plasmación de esa ambigüedad
donde Eduardo Sotillos abandona por momentos su papel de
cronista y deja ver con timidez valiosos destellos de buen escritor.
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