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Joanne K. Rowling era, en
1996, una profesora en paro escocesa que vivía de la beneficencia
estatal. Compartía con su bebé en un pequeño
apartamento del East End de Londres, la zona más deprimida
de la gran ciudad. Hoy, a finales de 2001, es la mujer más
rica de Inglaterra, superando a la propia Reina Isabel.
¿Parece cosa de magia?
Uno
de los mitos más extendidos entre los cuerpos docentes,
los padres y los periodistas es el que dice que los niños
no leen. Es posible. Pero entonces, ¿cómo explicar
que se hayan vendido 110 millones de ejemplares de las novelas
de Harry Potter? ¿Cómo,
entonces, comprender las razones que lo han hecho saltar la Muralla
China y ser el número uno en ventas allá donde aterriza?
Parece cosa de magia. Quizás sea cosa de
magia...
No hay nada nuevo en Harry Potter. La idea del niño-mago
ya fue expuesta por Neil Gaiman en Los
libros de la magia, un cotizadísimo cómic de autor
con casi todos los elementos que despliega Rowling. Y no
es difícil adivinar en sus novelas influencias directas de Roald
Dahl, de Tolkien, de C.S. Lewis, Enyd Blyton,
Terry Pratchett y hasta los hermanos Grimm. Lo novedoso
es el enfoque. Porque Harry crece,
inmune a esa extraña atemporalidad de los héroes juveniles.

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Rowling
escribe para niños, no para tontos. Trata a sus lectores
con un respeto inusitado, con una total
carencia de paternalismo.
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Y poco a poco, conforme
crece, la inanidad infantil va dejando paso al amargo mundo de
los mayores. Rowling, que tiene planeados siete libros,
no se lo pone nada fácil al lector. No hay límites claros entre
personajes buenos y malos. Las historias van avanzando y dejando
atrás la inocencia para adentrarse en senderos más oscuros. La
escritora ha anunciado que habrá muertes, y que las cosas
no serán idílicas. Joanne K. Rowling, en definitiva, escribe
para niños, no para tontos. Trata a sus lectores con un respeto
inusitado, con una total carencia de ese fofo paternalismo que
se exhibe habitualmente en el sector. Y el público, entregado
y fiel, lo agradece.
Resulta extraño, hoy en día, que nueve
editoriales inglesas rechazaran Harry
Potter y la piedra filosofal antes de ser publicada.
Extraño por los 110 millones de ejemplares vendidos,
por esa película, la más taquillera de la historia.
Por ser el libro que ha recuperado el 'vicio' de la lectura.
Ya ha habido quejas, por supuesto. Padres asustados por el contenido
"blasfemo" de libros en los que se ensalza la brujería. Padres
que han olvidado las pesadillas que tuvieron tras ver la inocente
Blancanieves de Disney. Y, por supuesto, los vicarios
de varias confesiones, que ven peligrar su visión unívoca del
bien y del mal en las mentes de los niños.
Incluso ha habido
juicios por supuesto plagio: la autora inglesa N.K. Stouffer
afirma haber creado a los muggles
en 1984. Si no fuera porque sus muggles
son criaturas mágicas, mientras que, para Rowling, un
muggle es justo lo contrario: aquel
ser humano gris y completamente alejado de la magia. Pero no
todos los adultos son muggles.
No, teniendo en cuenta las innumerables críticas positivas que
la serie ha cosechado en diarios y suplementos literarios de
todo el mundo. No cuando la editora ha tenido que lanzar una
edición especial para adultos (es decir, sin ilustraciones delatoras
en la portada). Harry Potter es,
en efecto, un brujo, un hechicero, un mago. Porque hay mucha,
muchísima magia en esto de hacer leer a los niños, hoy en día,
en el mundo de los videojuegos y las consolas.

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La
autora plantea dudas sobre la moralidad, los sentimientos,
la difusa línea entre el Bien y el Mal...
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Las novelas de Harry
Potter observan las reglas del cuento de hadas de manera
escrupulosa. Para empezar, el niño protagonista es un ser especial,
con un destino marcado desde su nacimiento. Además, es huérfano
(condición 'sine qua non') y vive con una familia inglesa de
clase media típica, versión thatcheriana de las hermanastras
de Cenicienta. También hay
un viaje hacia un mundo mágico y de crecimiento personal (como
la Dorothy del Mago
de Oz, como Blancanieves
en el Bosque...) y un encuentro con un 'alter ego' oscuro y
malévolo de su propio yo, el temible Lord
Voldemort. Si hacemos caso del magnífico ensayo La
bruja debe morir, de Sheldon Cashdan,
Harry es un cuento de hadas casi
modélico.
Sin embargo, y pese
a la crueldad inherente al género, los libros de Harry
Potter son extremadamente positivos desde un punto de
vista pedagógico. El bien suele prevalecer (aunque no a cualquier
precio) y la amistad no es el único valor del que se hace gala.
También la compasión, la palabra y el honor tienen cabida en
sus aventuras. Harry, junto a sus
inseparables amigos Ron Weasley
y Hermione Granger, va descubriendo
poco a poco un mundo del que forma parte inevitablemente, a
la vez que se va descubriendo a sí mismo. Y lo que descubre
no siempre es positivo. La autora plantea dudas sobre la moralidad,
los sentimientos, la difusa línea entre el Bien y el Mal. En
definitiva, Rowling obliga a sus héroes, y con ellos
a sus lectores, a recorrer el escabroso pero emocionante camino
que lleva de la infancia a la madurez.
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