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La
noche de los Grammy, Eliades Ochoa no se encontraba
en Los Angeles para la ceremonia de entrega de los codiciados
galardones. Esa noche, el músico cubano, cuyo album "Sublime
Ilusión" estaba nominado en la categoría de música
tradicional tropical latina, se encontraba en la punta opuesta
del país, subido al escenario de un club de Nueva York con su
proverbial sombrero vaquero y guitarra de siete cuerdas.
Y mientras la
flor y nata del mundo musical paseaban sus cuidados palmitos
ante la mirada muda de millones de teleespectadores, Ochoa
paseaba su oronda figura ante el clamor entusiasmado de un hervidero
de fans ansiosos por ver a uno de los legendarios miembros del
Buena Vista Social Club.
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Elíades
se curtió tocando de niño en
los bares y las calles de Santiago
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Ochoa
ya obtuvo un Grammy por su colaboración en el album Buena
Vista Social Club, un fenomenal éxito de ventas con
más de millón y medio de ejemplares vendidos, y que ha rescatado
a la mayoría de sus venerables componentes del olvido. Un olvido
en el que nunca cayó Ochoa, que lleva muchos años exportando
el ritmo suave y sensual del son cubano, el antepasado musical
de la salsa. Le viene de lejos, pues tanto su padre como su madre,
campesinos de Songo la Maya, tocaban el tres, la guitarra tradicional
cubana.
Eliades,
que nunca fue a una academia de música sino que aprendió "de cuna",
se curtió tocando de niño en los bares y en las calles de Santiago.
Desde que a finales de los setenta se hizo cargo de la respetada
agrupación Patria, ha desarrollado un estilo particular que combina
los ritmos tradicionales de la guajira, el bolero, el son y el
tango con la innovación instrumental -se
ha hecho fabricar una guitarra especial con dos cuerdas de más
con la que extrae una imponente gama de notas.
A sus 53 años,
el Lobo Guajiro, como le llaman sus compatriotas, se ha
convertido en el músico más premiado de toda Cuba, el que más
discos ha grabado, y el que más giras mundiales ha realizado.
En Santiago, ciudad conocida como "la Nueva
Orleans de Cuba", muchos le consideran el mejor músico
de su generación por su inigualada virtuosidad con la guitarra
y el calor expresivo de su voz, entre dulce y áspera, que hacen
de cada canción una experiencia tan sentida como escuchada. Y
aunque él niega los superlativos, lo cierto es que ha contribuido
más que nadie a elevar el son de la condición de género regional
a categoría mundial.
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"El
mejor público está allá donde
haya un escenario"
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Amigos de la espontaneidad,
en los conciertos Ochoa y su Cuarteto Patria suelen tocar
lo que pide la gente, manteniendo un diálogo constante con el
público y disfrutando con el tira y afloja entre la sala y el
escenario. "Qué pasa, 'mijo'?", soltaba
Ochoa con sentido del humor a un forofo que vociferaba
sugerencias desde el fondo de la sala, la noche del concierto
de Nueva York. Y en medio de la actuación, abría los brazos hacia
los 1.200 espectadores que abarrotaban la sala. "Esto
es más importante que cualquier premio", dijo, en alusión
a los Grammy que se estaban celebrando en esos momentos.
"Yo no sé cómo darles las gracias."
Pero sí que sabe.
Ochoa destaca por saber dar unas gracias sinceramente sentidas
a cualquiera que se le acerque para felicitarle, con una sencillez
que no ha disminuido a pesar de sus éxitos. Sencillez en los conciertos,
pues es de los que prescinden de efectos especiales. De los que
no siguen un guión prefabricado. De los que creen que el público
lo es todo.
"El
mejor público está allá donde haya un escenario," asegura
con pasión después del concierto, en el camerino, señalando hacia
la tarima vacía. "Porque el público lo haces
tú." Y para ganarse al público, dice, poco importa estar
en Estados Unidos, en Europa, o en el Caribe. De lo que se trata
es de conseguir que la gente disfrute con la música, y para eso
no hay fronteras. Afincado en Madrid debido a su enorme popularidad
en Europa, Ochoa niega sin paliativos que los latinos sepan
apreciar más su tipo de música que los anglófonos. Ni tampoco
secunda la popular sospecha de que los gringos no saben bailar.
"Ha habido veces que hemos actuado en Santiago, en el mismísimo
lugar donde nacimos como grupo musical, y hemos tenido que pedir
a la gente que dejara de hablar, e incluso amenazar con irnos,"
recuerda con sonrisa incrédula.
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Todo
el que escucha su música se convierte en su "familia
grande"
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De
cerca, Ochoa derrocha la misma sencillez que en el escenario.
Sólo su atuendo es llamativo: aunque viste de negro, el color
preferido por los neoyorquinos, luce una camisa con una espectacular
manada de caballos galopándole por el pecho, además de un enorme
sombrero vaquero de fieltro negro. Ochoa admite inmediatamente
y sin rubor que todo el tema del vestuario lo lleva su esposa.
"Yo sólo sé que la camisa es grande y que los zapatos son número
cuarenta y tres, talla europea," dice, tras una pausa para
pensar. Se intuye que su esposa se encarga de muchas otras cosas
además, dejando que Eliades se dedique a lo suyo, a su
pasión de siempre, a la música. Sobre todo, a llevar la música
a la gente.
Hombre de familia
en lo privado, cuando sale al escenario todo el que escucha
su música se convierte, por extensión, en su "familia
grande". O como él dice con su peculiar forma de recalcar
las erres, "mi familia grrrrrraaaande!".
El público ruge su aprobación. Eliades sonríe. Está
en su salsa.
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