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Globalización
y mundialización: clarificando términos
En los últimos años se ha popularizado una vieja discusión
sobre el alcance de la globalización y la mundialización,
produciéndose una notable confusión sobre el significado
de cada uno de estos términos, y en la que se muestran un
conjunto de varias tendencias, que no siempre están conectadas
entre sí. La "globalización" es un proceso multidimensional
(cultural, tecnológico, social, etc.), basado en hechos
reales, objetivos, con aspectos positivos y negativos, y
que afecta de manera desigual a la gente. Es verdad que
puede llevarnos al desastre si al final agranda aún más
el foso que separa a los ricos de los pobres, pero es también
una ocasión para crear una ciudadanía cosmopolita y para
que las personas y las sociedades estén más conectadas.
La globalización permite, en todo caso, una mayor interconexión
y comunicación, gracias a las nuevas tecnologías, y ello
conlleva mayores posibilidades de influir e incidir en los
asuntos mundiales. La parte buena de la globalización, por
tanto, es que potencialmente permite que la gente sea participativa
y creativa en cosas transformadoras. Pero el aspecto negativo
no es ya una potencialidad, una posibilidad, sino la constatación
de una cruel realidad: ha ayudado a la concentración en
muy pocas manos de la riqueza, los beneficios, los conocimientos
y el poder. En definitiva, existe ya una globalización elitista.
La mundialización (o internacionalización) de la economía,
en cambio, podemos definirla como una ofensiva capitalista,
un reflejo del capitalismo actual y de la expansión de las
fuerzas del mercado, con nuevas estrategias que se han ido
consolidando en las últimas dos décadas. Los movimientos
de capitales buscan su propio provecho financiero, no la
inversión productiva, y quieren hacerlo en condiciones de
absoluta libertad y sin controles externos. Aunque es un
proceso fundamentalmente económico, tiene consecuencias
sociales, culturales, medioambientales y políticas. Los
actores fundamentales de la mundialización son bancos, instituciones
financieras, grupos multinacionales, seguros y fondos privados
de pensiones, toda una oligarquía transnacionalizada que
utiliza de manera muy interesada a los Organismos Internacionales
como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial
(BM), o la Organización Mundial de Comercio (OMC), organismos
muy poco transparentes y democráticos, que actúan de mensajeros
del gran capital transnacionalizado.
¿Qué persigue esta mundialización vinculada a la violencia
estructural? En primera instancia, la liberalización del
comercio y de los flujos de capitales, buscando la movilidad
sin restricciones del capital; por el contrario, se limitan
los movimientos de las personas y trabajadores inmigrantes.
El segundo objetivo de la mundialización es garantizar la
internacionalización y la especulación financiera. La tecnología
actual permite a los financieros operar en tiempo real por
todo el mundo y manejar gigantescas operaciones financieras
y especulativas, con lo que el desarrollo de las redes financieras
es muy superior al comercio internacional de bienes y servicios.
Esto implica un debilitamiento de la capacidad de intervención
y control de los Estados, por la ausencia de un contrapeso
político a las dinámicas económicas, y de ahí que se hable
de la existencia de un déficit democrático, una falta de
transparencia en estas políticas, del desarrollo de una
estrategia de privatización de los servicios, y de una incapacidad
para frenar los abusos del poder.
Otro componente de la mundialización económica es la "internacionalización
de la producción". Sus aspectos más visibles son la "deslocalización",
es decir, la práctica de invertir y producir en países más
pobres donde se pagan menos salarios y donde existe menor
protección social (con lo que ello supone de flexibilización
del mercado de trabajo, la desregulación, la precariedad
del empleo, la aceptación de los trabajadores de los países
ricos de disminuir sus conquistas sociales), y la subcontratación
(que permite controlar sin ser los propietarios). Todo ello
está comportando una profunda transformación de los sistemas
de trabajo. La mundialización, por tanto, tiene un fuerte
sentido de la territorialidad. Las fronteras físicas desaparecen
para los más ricos y se refuerzan para los más pobres.
Este tipo de dinámicas económicas buscan también una desconexión
del poder respecto a sus obligaciones. Se ha formado un
auténtico gobierno en la sombra dirigido por las empresas
transnacionales, exentas de responsabilidad, porque no han
de rendir cuentas a nadie, de ahí que una estrategia de
paz orientada a combatir esta violencia estructural insista
en pedir responsabilidades sobre cuanto hacemos y en saber
a quien hay que pedirlas.
Este apasionante debate sobre los efectos de la mundialización
va de la mano con una crítica a lo que se denomina el "pensamiento
único" y al neoliberalismo. Para Ramonet, director de Le
Monde Diplomatique, el llamado "pensamiento único" no es
más que la traducción, en términos ideológicos y con pretensión
universal, de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas,
en particular las del capital internacional. Es el discurso
y la estrategia que busca naturalizar la mundialización
económica, un discurso donde prima la lógica económica y
la presenta como la nueva utopía, rechazando y despreciando
las grandes ideologías y los meta-relatos del siglo pasado.
Si insistimos en estos conceptos no es porque sí, sino porque
su extensión por todo el planeta está provocando cotas impresionantes
de exclusión y de pobreza. Y lo que es realmente grave es
que la pobreza en la que viven centenares de millones de
personas no es el resultado de la escasez, sino que, como
nos recuerda John Berger, es el fruto de las prioridades
establecidas por los ricos. La miseria, insisto, no es algo
inevitable, como un fenómeno natural, sino el resultado
de un planificación deliberada.
Este "pensamiento único" va ligado a la sacralización de
dos conceptos estrechamente vinculados entre sí, nada inocentes
y muy presentes en la sociedad occidental industrializada,
a saber, el superproductivismo y la competitividad. Y no
son inocentes o inocuos, porque la competitividad llevada
al extremo supone, inevitablemente, la pérdida del sentido
comunitario, de la cooperación, la solidaridad, la justicia
y la equidad, es decir, la pérdida de todos aquellos valores
y prácticas asociadas a la paz.
Vicenç Fisas (Titular de la Cátedra
Unesco sobre Paz y Derechos Humanos, UAB)
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