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PESAR de
que los primeros experimentos se realizaron a finales del siglo XIX, los
formatos magnéticos (lo que serían más tarde cartuchos
y cintas) empezaron a popularizarse al final de la Segunda Guerra Mundial,
cuando las tropas americanas descubrieron
en Radio Frankfurt las bobinas de cintas y sus reproductores:
los magnetófonos. La tecnología alemana suponía
un avance al sustituir el fino alambre que se usaba por una cinta magnética
Basf con recubrimiento de
plástico. En 1963, Philips transformó las dos grandes bobinas en el primer casete compacto usando poliester Basf de alta calidad: empezaba la seria competencia con los discos de vinilo, más frágiles y de mayor tamaño. A los pocos años surgieron los cartuchos de ocho pistas, que tuvieron una vida efímera. Aunque fueron los primeros en instalarse en los coches, de nuevo el tamaño, la aparición del sistema de reducción de ruido Dolby y el hecho de que el casete es regrabable los convertirían en objetos de reliquia. El casete se consolidaría al copar el mercado de auto-radios y con la aparición definitiva en 1980 del reproductor que marcó un hito: el Walkman de Sony. La informática se benefició del descubrimiento de la grabación magnética que utilizó extensivamente para el almacenaje de datos en detrimento de las tarjetas perforadas. Los primeros ordenadores domésticos como el Commodore 64 o el mítico Spectrum se basaban en las mismas cintas de audio que usamos para traspasar información a sus memorias que, en algunos casos, llegaban a ser tan sólo de 16K. Pero no sería la última vez que la industria musical se adelantara a la informática... |
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esquema de funcionamiento (Documento flash) |