La crónica

Días de cine y sexo

Viernes 6 de octubre, ocho de la tarde. La Farga de L'Hospitalet. Este espacio multiusos de la ciudad vecina a Barcelona, que no en vano ocupó la fundición de unos altos hornos, era un hervidero. Y no sólo por la multitud de público que entraba y salía del recinto ferial, sino por las altas temperaturas que emanaba. Y es que durante cinco días La Farga acogió el 8º Festival Internacional de Cine Erótico de Barcelona, el acontecimiento porno-lúdico-erótico-festivo más caliente y esperado del año.

L'Hospitalet es una ciudad industrial surgida al abrazo de su amante -a veces querida, otras odiada- barcelonesa. Quizá por esta condición ha recogido el testigo de otras ediciones y acoge desde hace tres años el que se ha convertido por esas fechas en el punto más caliente del litoral catalán, en directa y dura competencia con otro festival de cine temático, el de Sitges. Los barceloneses deben colocar en la balanza: porno o ciencia-ficción, aunque vistas las proezas sexuales mostradas en el primero, se podrían considerar géneros íntimamente emparentados.

A lo que vamos: el hervidero se convirtió, una vez dentro, en un gran espectáculo carnal, rosa y atronador. La música bakalao envolvía machacona y ensordecedoramente el espacio: era el primer sentido en alerta. Pero, no nos engañemos, aquí se venía a mirar: el segundo sentido, ya desbocado. Imposible abarcar todo el desenfreno de la orgía visual que se nos ofrecía a la mirada. Multitud de stands con todos los productos inimaginables: revistas, vídeos, látex, cuero... Una amplia gama para todos los gustos que gusten del sexo en todas sus variantes y variedades.

Y lo siguiente que llamaba la atención era... el escenario. Allí se agolpaban decenas de curiosos, lúbricos y enloquecidos ante el espectáculo que se les ofrecía. Una pareja de rubicundos porno-stars mostraba en vivo lo que los asistentes suelen, o no, hacer en privado. La película en directo, vamos.
En total, eran cuatro los escenarios que ofrecían lo que el público venía realmente a buscar aquí, el show descarnado. La mayoría, jóvenes veinteañeros que llegaban en manada a disfrutar a pocos metros de distancia de las habilidades de sus ídolos de papel couché o de www, pues la red es ya el primer canal de distribución mundial de material pornográfico y la palabra "sexo" la más clicada en los buscadores.
Y venían también a tocar, a poder ser, pues las estrellas se ofrecían por unos instantes dóciles a su público, para que se comprobara hasta donde la carne se tornaba en plástico: el tercer sentido. También, como en los shows de magia, se admitían voluntarios para participar en esta húmeda catarsis colectiva. Aquí, sólo algunos privilegiados pudieron iniciar los dos sentidos restantes: olfato y gusto.

Se vieron pocas chicas, las más, acompañadas de su pareja que, con aire relajado y curioso, contemplaban con distancia y esbozando media sonrisa. Quizá vinieran a aprender algo nuevo, nunca se sabe, aunque a riesgo de descubrir la poca imaginación sexual que se nos atribuye, a lo hora de la verdad, a los latinos.
Y, luego, los solitarios: cuarentones con aire despistado que trataban, sin éxito, de disimular que son unos verdaderos connaisseurs de la materia. Y las curiosidades: una pareja de venerables ancianitos sorprendida en la sala X ubicada al efecto, que contemplaba seria e impasible un espectáculo que, en sus años mozos, era poco menos que un delito de prisión. "For the times they are a-changin'", que decía el bueno de Bob Dylan.

En honor a la verdad, este festival ha tenido poco de certamen cinematográfico y mucho de feria de variedades. Las 76 películas de la sección oficial a concurso -algo que suena un poco serio para un evento así- se exhibían en una sala X barcelonesa, una maratón visual que dejaría exhausto e inapetente de por vida hasta al más pintado. Difícil lo habrá tenido el jurado este año ante tal magnitud fílmica, para escoger las 22 ninfas -los oscars españoles del porno- que premiaron los esfuerzos de la industria mundial y local. Y un presidente de honor de lujo: el venerable cineasta -de cine convencional, se entiende- Luis García Berlanga, que se apuntó así un tanto en favor de la normalización de este género en nuestro país.

Por lo demás, destacaron el Fetish Café, una caverna dedicada a mayor gloria de los amantes del sado y el fetichismo -látex, látigo, cuero, instrumentos de tortura sexual y otras lindezas- con Dómina Zara como maestra de ceremonias. Amor y sufrimiento a partes iguales, dicen. Y la lucha en barro, una modalidad un poco guarra que mostraba las veleidades de dos féminas revolcándose en el fango y estirándose de los pelos. Rarezas ambas que, a quien le guste, allá él.

Pero lo que más polvareda ha levantado ha sido el intento de consecución de un peculiar récord: una porno-star que, yaciendo como una flor abierta sobre una mullida colchoneta, pretendía batir todas las marcas sexuales dejando que libaran en ella hasta un millar de zánganos, azarosos voluntarios amateurs situados en fila en paños menores y llegando a su cálido destino puestos a punto por las solícitas bocas de las asistentes de la abeja reina. El final: la organización suspendió el acto ante la "inadecuación del espectáculo" denunciada a un día de la consecución de tan particular plusmarca mundial. Un escándalo, vamos.

Una muestra de arte erótico, boys y streap-teasers, pero sobre todo la esperada presencia de los más afamados actores y actrices de la industria -con la sonada y comentada ausencia del gran Rocco Siffredi: estaba rodando en Londres-, completaron esta feria de las vanidades de un festival que oculta su condición de pornográfico bajo el eufemismo de su rimbombante y algo pretencioso título.

Un evento que, en boca del que fue su director a lo largo de sus seis primeras ediciones, José María Ponce -director, productor y todavía alma mater del certamen-, está considerado como "el más erótico del mundo" por el alto voltaje que descarga en sus propuestas.
Y es que parece ser que España es uno de los países con más permisividad en materia porno. Una lección de normalidad a aprender por parte de países que, precisamente, nos venden el producto, pero que luego se escandalizan ante sus propias miserias, o grandezas, de producir un género que cada día tiene más adeptos.
En Barcelona, cinco días de cine y sexo
han vuelto a evidenciar que en materia de libertades, al menos sexuales, nos llevamos la palma. Por cierto, en Cannes se celebra otro festival de cine pornoerótico. Prometemos que, quizá, estaremos allí para contarlo...



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.. Y ellas también