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     Sadam Hussein
  Presidente de la República de Iraq
 
         
   

Sadam Hussein es uno de los pocos
líderes laicos de un país de Oriente.
 Desde que accedió a la presidencia de Iraq, la confrontación ha sido su símbolo de identidad. Ante la oleada de atentados en Estados Unidos, ha insinuado que son el justo castigo a su política Exterior.

   
         

 Alberto Martínez
Redacción Telepolis

 

Hijo de unos campesinos pobres y sin tierras, Sadam Hussein nació el mes de abril de 1937 en la provincia iraquí de Salah ad-Din. Se trasladó a Bagdag con sólo 18 años para cursar los estudios de secundaria en una escuela que basaba su enseñanza en el odio a los americanos, los británicos y la monarquía reinante en Iraq.

A los 21 años, y tras ser rechazado en la Academia Militar por su pobre expediente académico, ingresó en el Partido del Renacimiento Árabe Socialista (Baaz), formación que utiliza el nombre de socialismo como sinónimo de ultranacionalismo. Cuatro años más tarde esta organización le encomendó una misión: asesinar al primer ministro iraquí, Abdel Karim Kassem. Sin embargo, el joven Hussein falló en su intentó y tuvo que emigrar a Egipto para evitar ser ajusticiado.

En 1963 Kassem fue derrocado del poder por el coronel Ahmad Hassan al-Bakr, familiar de Hussein, lo que le permitió volver a su país. Tras varios años ocupando varios puestos en el Gobierno del país, Sadam Hussein alcanzó la presidencia de Iraq en 1979. Una de sus primeras medidas fue nombrarse mariscal del Ejército, a pesar de que no había recibido formación militar alguna. También recibió los cargos de primer ministro, secretario general del Baaz y comandante en jefe de las fuerzas armadas.

Su ambición expansionista le animó a emprender un sorprendente rearme del país a costa de otras inversiones necesarias para su pueblo. Su declarado anticomunismo y su perfil laico gustaban en Occidente. Europa y Estados Unidos le proporcionaron abundante armamento con el que Hussein pudo declarar la guerra a Irán en 1980 con la excusa de recuperar territorios que antaño pertenecieron a Iraq. La contienda fue larga y sangrienta, pero llegó un momento en el que la batalla se estancó y ambas partes decidieron firmar la paz. Los ocho años de enfrentamientos causaron entre 200.000 y 300.000 muertos.

A principios de la década de los 90, Hussein entendió que el petróleo que la OPEP vendía a Occidente era demasiado barato. Sus tesis no fueron compartidas por el resto de países productores y decidió invadir Kuwait para aumentar su fuerza.

Estados Unidos no admite juegos en cuanto a sus necesidades energéticas. Una coalición internacional de países exigió a Hussein que se retirara del pequeño reino árabe, a lo que el presidente iraquí se negó. El desenlace de este enfrentamiento es de sobras conocido por todos: la operación tormenta del desierto, organizada por una fuerza multinacional, sacó al ejército iraquí de Kuwait y sumió al país de Hussein en un completo bloqueo internacional.

Desde entonces Hussein ha quedado recluido en su país. Cambia a diario de residencia por miedo a un ataque estadounidense mientras los ciudadanos iraquíes conviven a diario con los efectos del bloqueo internacional que impide la entrada de, entre otros bienes, alimentos y medicamentos.

En relación al atentado terrorista de Estados Unidos, Sadam Hussein también ha ido a contracorriente. A pesar de que la gran mayoría de los países árabes ha condenado el ataque, Iraq ha venido a decir que la primera potencia mundial merecía semejante castigo por la política internacional que lleva a cabo.

 
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