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     Pilar del Castillo
  Ministra de Educación, Cultura y Deportes
 
         
   

Pilar del Castillo fue comunista. Y de la línea dura. La ministra de Educación, Cultura y Deportes militó en Bandera Roja junto a algunos de sus actuales compañeros de partido, quienes, libres de cargos de conciencia, ocupan apaciblemente puestos de lujo en las filas del PP. Josep Piqué, Anna Birulés y su propio marido, el diputado Guillermo Gortázar, son algunos de ellos. 

   
         

 Laura Conde
Redacción Telepolis

El Partido Popular la fichó para colaborar en la FAES, una factoría de ideas creada para renovar ideológicamente el partido. Al final, el partido la renovó ideológicamente a ella. Su apretada agenda no impide que Del Castillo dedique parte de su tiempo a una de sus pasiones:la pintura metafísica. La ministra no sólo adora al creador italiano Giorgio De Chirico, además pinta, y, por lo que dicen, no se le da mal.

Después de abandonar el PCE, Del Castillo se fue moderando. En su desigual trayectoria política, que incluye algunos años en los que creyó ser socialista, no faltan proyectos descabellados: en 1986 se presentó junto a Miquel Roca y Antonio Garrigues Walker en una operación reformista que logró convencer a poco más de cien mil votantes.

Tras el estrepitoso fracaso, con el que ahora ironiza alegremente, decidió apostar por un valor seguro. Un PP necesitado de caras nuevas, a poder ser mujeres, ilustradas y sin excesivas ostentaciones conservadoras.

Aunque su trayectoria ideológica le traicione, Pilar del Castillo ha sido una mujer coherente. Al menos, dicen sus detractores, hasta que una necesidad compulsiva de reformar íntegramente el sistema educativo español se apoderó de ella. En su momento, rechazó la cartera de Medio Ambiente alegando no estar lo suficientemente preparada en la materia para gestionarla y esperó su oportunidad al frente de un ministerio más acorde con su formación.

La ministra es doctora en Derecho, catedrática de Ciencia Política en la UNED, fue becaria Fullbright y dirigió la Nueva Revista de Política, Cultura y Arte. En 1996, Aznar la colocó al frente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), donde vivió algunos de los episodios más polémicos de su hasta entonces impecable carrera. Sustituyó a Mariano Rajoy al frente del Ministerio de Educación el 27 de abril de 2000, y, desde entonces, ha mantenido revolucionada a la comunidad educativa.

Primero fue el proyecto de Ley Orgánica de Universidades (LOU), que Pilar del Castillo hará realidad a pesar de las críticas -por una vez, absolutamente unánimes- de profesores, alumnos, rectores y oposición. Le acusan de debilitar la autonomía universitaria, la estabilidad del profesorado y de crear “universidades para ricos”. Sus detractores afirman que tiene un concepto rígido de la democracia y a menudo le recriminan un talante poco negociador avalado por la mayoría absoluta de su partido. Durante las diversas facetas de tramitación parlamentaria,  sólo aceptó enmiendas puntuales de CiU y CC, los únicos partidos que votaron a favor de la Ley en el Congreso. Pese a que las movilizaciones contra la LOU han sido las más multitudinarias desde la transición, Pilar del Castillo relativiza el éxito de las protestas.

Convencida de haber elaborado un documento brillante, basado en el diálogo y el equilibrio, la ministra considera que el levantamiento de los estudiantes no responde a un deseo real de erradicar la ley. De hecho, Del Castillo ha asegurado en numerosas ocasiones que los estudiantes que salen a la calle a exigir la derogación de la LOU no conocen el documento y que las protestas contra cualquier nueva ley son un ingrediente habitual de la lógica parlamentaria.

Actualmente, su Ministerio prepara la Ley de Calidad de la Educación, una amplia reforma de la LOGSE que también ha sido dilapidada por sus oponentes, acusando a la ministra de fomentar la desigualdad al proponer la creación de itinerarios en la ESO según el rendimiento de los alumnos. Una vez más, sin embargo, Del Castillo ha tenido el mérito de poner de acuerdo a todas las fuerzas educativas. Aunque su apretado calendario legislativo prevé que la ley llegue al Parlamento en febrero de 2002, los estudiantes ya han salido a la calle con la esperanza de que el PP reconsidere algunos puntos polémicos del documento.

Entre ellos, la creación de itinerarios en los dos últimos cursos de ESO -una medida que margina a los alumnos problemáticos y los prepara para el mercado laboral sin profundizar en las causas de su bajo rendimiento, alegan-, así como la implantación de un examen de reválida al final del Bachillerato en sustitución de la selectividad. Tras la reválida, los alumnos deberán realizar una prueba de ingreso en la universidad que deseen, lo que establece la obligatoriedad de dos pruebas en lugar de una.   Durante este curso, el gabinete de Del Castillo tiene previsto realizar, asimismo, una amplia reforma de la Formación Profesional, que emprenderá en cuanto la Ley de Calidad llegue al Parlamento con o sin consenso, a juzgar por comportamientos anteriores. Con tanto ajetreo legislador, no es de extrañar que la discreta ministra de Educación de Aznar no tenga tiempo para liberarse del estrés practicando su actividad favorita: la pintura.

 
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