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     Manuel Castells
  Sociólogo de la era digital
 
         
   

 

Aunque Manuel Castells se canse de repetir que no quiere ser considerado como un gurú de Internet, The Wall Street Journal ha dicho de él que es el ‘primer gran filósofo del ciberespacio’. Su voluminosa triología La Era de la Información ha sido comparada a las obras de Marx y Weber y ha creado escuela en el mundo digital.

   
         

 Cristina Vázquez
Redacción Telepolis

Manuel Castells no para de quitarse méritos pero hoy en día nadie discute que es uno de los grandes teóricos mundiales sobre el impacto de Internet y las Nuevas Tecnologías. Y eso que no le gusta hablar mucho del mundo que viene. Pero sin quererlo, al menos conscientemente, ha sabido anticiparse a la sociedad actual. Para él, entender el presente, a partir de lo que se puede observar y analizar, ofrece claves para modificar el futuro y huir de predicciones demasiado alejadas de la realidad.

Castells muchas veces ha comparado su extensa obra con su propia y ‘movidita’ biografía personal. Este modesto y cosmopolita sociólogo nació por accidente en Hellín (Albacete) hacia el 1942. De origen catalán, tuvo que exiliarse de la España de Franco con tan solo 20 años. Francia se convirtió en su país de adopción. Allí acabó sus estudios de Derecho y Economía y se doctoró en Sociología por la Universidad de París en 1967. Su participación en la revuelta de Mayo del 68 hizo que fuera expulsado debido a sus actividades políticas de izquierdas. Y es que, por aquel entonces, se consideraba "un poco marxista pero no leninista", pero mucho más "anarquista y libertario". Como investigador y profesor ha mantenido estrechos vínculos con Asia y América Latina. Además es un gran conocedor de la ex Unión Soviética, sobre todo gracias a su matrimonio con una intelectual rusa.

Manuel Castells regresó a Francia en 1970 como profesor y catedrático de Sociología en la École Pratique de Hautes Études de la Sorbona. No obstante, su compulsiva actividad académica le ha llevado a dar clases por todo el mundo. La Universidad de París-Nanterre, la Universidad de Montreal, la Universidad Autónoma de Madrid, la Universidad de Barcelona, la Universidad Católica de Chile, la Universidad de São Paulo, la Universidad de Tokio y la Universidad de Wisconsin, entre otras, son algunas de las afortunadas. Él mismo lo tiene claro: "Entré a la Universidad con 16 años, nunca he salido de ella y nunca saldré".

En 1979, la Universidad de Berkeley (California) le hizo una oferta que no pudo rechazar. Impartiendo clases y observando lo que le rodeaba fue testigo privilegiado de la revolución tecnológica que se estaba produciendo en el Silicon Valley californiano. El azar lo lleva a interesarse por la sociología urbana de la que pasará a ser una figura destacada. Su tesis, The City and the Grassroots (La ciudad y sus raíces) recibió en 1983 el premio C. Wright Mills a la mejor obra de ciencias sociales en Estados Unidos.

A diferencia de otros estudiosos que intentan centrarse en uno u otro eje particular, la investigación de Castells quiere abarcarlo todo. Quizás demasiado, dicen sus críticos. Pero él defiende que las experiencias que ha vivido durante todos estos años le han permitido acumular informaciones desde diversas perspectivas "para intentar ofrecer una visión en conjunto, pero a la vez empírica, del mundo en su proceso de transformación". Sin embargo es categórico: "No tengo respuestas, sólo preguntas". Cordial y convincente, expone sus ideas con sencillez y una pizca de ironía. Es el primer intelectual español de la cibercultura, a la que aporta su extraordinaria capacidad de trabajo y de síntesis y una sensibilidad social heredada de la mejor tradición europea, poco común en los apologistas americanos del ciberespacio. Su obra es ya un hito de la primera etapa de Internet y su lectura resulta, hoy, imprescindible.

Ha publicado 21 libros entre los que destaca la monumental triología La Era de la Información: Economía, Sociedad y Cultura (1996 -2000), que ha sido traducida a 18 idiomas. Esta obra causó un gran impacto en el mundo académico y, por extensión, también en el político. En sus 1.500 páginas establecía la primera cartografía global de los nuevos tiempos, una sociedad que galopa a través de las nuevas tecnologías hacia un proceso de globalización irreversible. Suyos son también títulos como La cuestión urbana (1976), Crisis urbana y cambio social (1981), La ciudad y las masas. Sociología de los movimientos sociales urbanos (1986), La ciudad informacional (1989), Tecnópolis del mundo: la formación de los complejos industriales del siglo XXI (1994), La sociedad red (1996) o Local y global: la gestión de las ciudades en la era de la información (1997). Con su última obra, La Galaxia Internet (2001) parece alejarse de su característica concepción global para centrarse en el papel simbólico y real que está jugando la Red en la sociedad actual.

Tras pasar 22 años en los Estados Unidos y asesorar a una docena de gobiernos y organismos internacionales, desde la UNESCO a la Comisión Europea pasando por el Banco Mundial, Manuel Castells ha vuelto recientemente a España. Quizás sienta ya añoranza del país que le vio nacer y quiera disfrutar aquí de su madurez intelectual y personal. En su cabeza, un ambicioso proyecto de investigación: el IN3. Éste es un instituto, dependiente de la Universitat Oberta de Catalunya, que intentará crear una red de colaboración entre los mejores institutos del mundo, como la London School of Economics, e impartir un programa de doctorado interdisciplinario sobre la Sociedad de la Información. Eso sí, siempre sin dejar de escribir libros.

Sorprendentemente, Castells pocas veces se equivoca porque detrás de cada una de sus afirmaciones existe un minucioso trabajo de reflexión. Para él, "el poder de la mente, ligado a la capacidad tecnológica es mucho más importante que cualquier otro poder, incluso que el poder del dinero". Cualquiera que leyera esta sentencia esperaría una respuesta inmediata pero no olvidemos que el sociólogo español más famoso del mundo evita comprometerse. Sólo así podremos entender la complejidad de su obra. Es, sin duda, fiel a sus principios: "Cada vez que un intelectual ha querido responder a la pregunta ¿qué hacer?, se ha producido una catástrofe".

 
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