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     Carmen Alborch
  Diputada socialista, ex ministra de Cultura y escritora
 
         
   

Carmen Alborch Bataller formó parte de la denominada Triple A, nombre con el que se bautizó a las tres ministras del último Gobierno socialista y cuyos apellidos comenzaban por A: Alborch, Alberdi y Amador. En un país poco acostumbrado a tener mujeres en lo más alto de la política, los medios de comunicación no se limitaron a informar sobre su labor al frente del Ministerio de Cultura, sino que destacaron en numerosas ocasiones detalles de su apariencia física, como el rojo intenso de sus cabellos. En la actualidad, compagina su labor de diputada y presidenta de la Comisión de Control de Radio Televisión Española del Congreso con su faceta de escritora.

   
         

 Sabina Lloret
Redacción Telepolis

Alborch nació en Castelló de Rugat, localidad valenciana, el 31 de octubre de 1947. Desde muy joven quiso ser una mujer autónoma dedicada a su trabajo y con independencia económica. Estudió en la Universidad de Valencia y en 1970 se licenció en Derecho. Tres años más tarde se doctoró 'cum laude' en el mismo centro. Sin abandonar Valencia, Alborch ha sido Profesora Titular de Derecho Mercantil y Decana de la Facultad de Derecho.

Pese a estudiar leyes, una de las grandes pasiones de Carmen Alborch es la cultura, un símbolo de libertad para los estudiantes que, como ella, topaban con la represión de la dictadura franquista. Este amor por la cultura le ha llevado a ser Directora General de Cultura de la Generalitat Valenciana y Directora del Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM). Alborch dejó de ser una desconocida fuera de Valencia en 1993, cuando Felipe González la nombró ministra de Cultura, cargo que ocupó hasta la derrota socialista en las elecciones legislativas de 1996. De esa época, Alborch, que entonces no militaba en el PSOE, recuerda que su cartera contaba con un presupuesto muy reducido, aspecto que intentó contrarrestar con el diálogo. Para Alborch, la cultura es un derecho de los ciudadanos y el Estado debe apoyar a los creadores y democratizar todas las expresiones artísticas.

Carmen Alborch es el claro ejemplo de que la sociedad no juzga de la misma forma a hombres y mujeres cuando éstos ocupan un puesto destacado en el ámbito político. Durante los años como ministra, los medios de comunicación no sólo informaron de su gestión en el Ministerio, sino que destacaron su aspecto físico, algo que nunca pasa con un ministro. En las crónicas casi siempre se mencionaba la preferencia de la ministra por el color rojo, sobre todo en sus cabellos. Actualmente, es diputada del Grupo Socialista y Presidenta de la Comisión de Control de Radio Televisión Española del Congreso de los Diputados.

Feminista declarada, Alborch formó parte del grupo de mujeres que en los años sesenta y durante la transición democrática luchó contra los valores conservadores de la dictadura franquista. La diputada considera que las mujeres siempre han creído que "lo personal era político", por lo que han defendido cuestiones como el divorcio o la maternidad libre". Para la ex ministra, conceptos como el feminismo y la femeneidad no son polos opuestos. De esta manera, ella se considera femenina y feminista al mismo tiempo. En una entrevista concedida a un periódico, Alborch explicaba que a los 14 años se quitaba los calcetines en un portal cercano a su casa para ponerse medias. Tampoco tiene reparos en admitir que sin los labios pintados, casi siempre de un rojo intenso, se siente extraña.

Alborch cree que la mujer todavía no ha conseguido la igualdad plena en la sociedad, por lo que aún queda mucho camino por recorrer. Por ello, ha pedido a las jóvenes que se interesen por la política. También considera que hay diferentes tipos de feminismos, con muchas maneras de pensar y, aunque las jóvenes de hoy en días huyan del feminismo, tienen discursos feministas.

La ex ministra afirma que la sociedad continúa basada en el sistema patriarcal. Prueba de ello es la violencia doméstica, que nace de la concepción de la mujer como un objeto, como una posesión del marido que, cuando intenta independizarse, es atrapada mediante el maltrato. Alborch opina que la independencia económica de las mujeres es clave para conseguir sus derechos y su libertad.

La valenciana critica la "falta de sensibilidad" de muchos hombres ante la violencia de género, la maternidad y la conciliación de la vida familiar y laboral, aunque éstas son cuestiones que no sólo afectan a las mujeres, sino a toda la sociedad. Como ex ministra, Alborch sabe que las mujeres que acceden a los círculos de poder no son analizadas de la misma forma que los hombres. Ante las mismas actitudes, las mujeres son valoradas de forma negativa y se las tacha de autoritarias y rígidas, mientras que estas mismas cualidades se consideran positivas en un hombre.

La diputada afirma que el poder siempre ha estado en manos masculinas y las mujeres lo han ostentado pocas veces en la Historia. De esta manera, los modelos y referentes que existen son los de los hombres, por lo que muchas mujeres tienden a imitarlos. También reconoce que en la actualidad se habla más que nunca de igualdad y paridad política y, aunque hay formaciones que rechazan el sistema de cuotas, este sistema procura que haya mujeres en puestos de representación, gestión y compromiso político.

En los últimos años, Alborch ha alcanzado notoriedad como escritora, gracias al éxito de ventas de su libro Solas: gozos y sombras de una manera de vivir, del cual ha vendido más de 300.000 ejemplares. El libro, en el que la diputada defiende la soledad como opción de vida, ha sido traducido a más de cinco idiomas.

En su posterior obra, Malas, rivalidad y complicidad entre mujeres, Alborch analiza los sentimientos femeninos mezclando recuerdos, lecturas y conversaciones. Para la escritora, se trata de "un libro personal en el que se muestra una pluralidad de voces". También ha escrito el prólogo de El grito silenciado, un desgarrador testimonio sobre la situación de las mujeres y los refugiados afganos en el Pakistán y Afganistán de 2000.

Sobre su ideal masculino, Alborch explica que se ha quedado con clásicos como Paul Newman y Gary Cooper. Admite que siempre le han gustado los hombres-lápiz, es decir, delgados, esbeltos y tiernos. También señala que, aunque a las mujeres de su época les atraen los chicos malos por la educación recibida, éstos hacen la vida imposible y la mezcla de hombre "machote y tierno, no existe".

Carmen Alborch es, ante todo, una mujer independiente. Como destaca en Solas,"las mujeres solas no nos conformamos. Vivimos acompañadas mientras nos sentimos queridas, mientras se mantiene el deseo, mientras perduran la complicidad y el respeto. Pero cuando no existe sincronización con nuestra pareja, preferimos estar solas que resignarnos al desamor". Firme en sus convicciones, Alborch apuesta por las personas y declara que "la inversión en el capital humano es la mejor que se puede hacer en un país".         

 
 
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