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     Ana Palacio
  Ministra de Asuntos Exteriores
 
         
   

La estratégica remodelación del Gobierno realizada por José María Aznar, poco después de la huelga general del 20-J y poco antes del debate sobre el estado de la nación, ha apartado del Ejecutivo a algunos ministros polémicos, como Celia Villalobos o Juan Carlos Aparicio, y ha incorporado nuevos nombres, todos prácticamente desconocidos. Uno de ellos es el de Ana Palacio, la nueva ministra de Exteriores, que se ha convertido en la protagonista de la actualidad del verano a causa de un inesperado y folletinesco episodio en torno a un islote llamado Perejil. 

   
         

 Laura Conde
Redacción Telepolis

Ana Palacio es la primera mujer que ocupa la cartera de Exteriores en España, a la que llegó tras la profunda remodelación del Gobierno que José María Aznar llevó a cabo a principios de verano y en la que Josep Piqué, el anterior titular, fue recolocado en un Ministerio menos conflictivo para frenar su progresivo desgaste. El conflicto de Gibraltar no hacía más que empeorar, se habían roto las relaciones diplomáticas con Marruecos, la sombra de Ercros no había desaparecido y detalles anecdóticos pero significativos, como las reverencias a Bush, habían perjudicado al ministro independiente del PP (ahora militante), ex comunista reconvertido. Aznar quería evitar que uno de sus hombres de confianza, al que pretendía conservar como baza del PP para mejorar sus resultados en las próximas elecciones autonómicas catalanas, participase en una campaña electoral junto a pesos pesados como Jordi Pujol y Pasqual Maragall con una imagen pública maltrecha.
 
Ante la difícil tarea de sustituir a un ministro decisivo en el Gobierno –Piqué es catalán y, en sus inicios, independiente, dos atributos de peso en un PP que quería erradicar su imagen de partido conservador y antinacionalista-, Aznar optó por una solución que muchos han calificado de la más inteligente de una remodelación gubernamental, en conjunto, bastante torpe. Nombró a una mujer, ilustrada y de notable prestigio en el ámbito europeo, aunque desvinculada de la política española: una imagen fresca con un apellido de prestigio para borrar los sucesivos patinazos de Piqué.   

Ana Palacio prescinde de ese 'de' que sí utiliza su hermana menor, la ex ministra y comisaria europea Loyola de Palacio. Es licenciada en Derecho, Sociología y Ciencias Políticas, abogada y miembro de la Junta de Gobierno del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid; vicepresidenta segunda del CCBE (Consejo de los Colegios de Abogados Europeos); presidenta del Consejo Ejecutivo de la Europäische Rechtsakademie -ERA- (Academia de Derecho Europeo) con sede en Trèveris (Alemania), miembro del Consejo de Redacción de la "Revue du Droit de l´Union Européen" y diputada por España en el Parlamento Europeo desde 1994.  

Ejerció como abogada de prestigio antes de dedicarse a la política, donde llegó directamente como persona de confianza de Aznar, sin formar parte de la estructura del partido. En su ejercicio profesional estuvo vinculada a las hermanas Koplowitz, las representó en su divorcio y dirigió el gabinete jurídico de Construcciones y Contratas. Con su prolongada dedicación a la política europea, su conocimiento del derecho comunitario y de los entresijos de la Administración de Bruselas están más que demostrados.  

De su personalidad todos destacan su enorme tenacidad y capacidad de trabajo y su fama de negociadora dura e incansable. Un ejemplo de su fortaleza es la forma en que superó un cáncer sin dejar nunca de atender sus responsabilidades, asistiendo a las sesiones del Parlamento Europeo sin disimular las secuelas visibles del tratamiento de quimioterapia al que se estaba sometiendo. Este duro episodio personal ha consolidado su imagen de mujer fuerte y resuelta, con la suficiente valentía y preparación para lidiar con los grandes de la política internacional: Jack Straw, Colin Powell o Mohamed Benaissa (quien, según dicen, se encuentra algo molesto por el hecho de tener que negociar con una mujer el futuro territorial de su país, Marruecos). Palacio transmite, sin embargo, una imagen excesivamente rígida, pues comparte con su hermana Loyola el gesto adusto y la sobriedad, aunque muestra algo más de colorido en su atuendo.

Nada más tomar posesión de su cargo, la ministra se enfrentó a la crisis del islote de Perejil, un conflicto con Marruecos que adquirió un tono esperpéntico y que los marroquíes utilizaron para volver a poner de actualidad sus reivindicaciones sobre los enclaves españoles en su territorio. Éste será uno de los asuntos que Ana Palacio deberá resolver: el extraño equilibrio entre la reivindicación de la soberanía de Gibraltar por una parte y las pretensiones de Marruecos sobre Ceuta y Melilla por otra, un asunto clásico en la política exterior española al que ni la sorprendente inoperancia del magnate Abel Matutes ni el polifacético y sonriente Piqué supieron controlar. Está por ver cuál será la gestión de la enérgica señora Palacio, involuntaria protagonista política de este inicio del verano.  

 
 
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