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     Mohamed VI
  Rey de Marruecos
 
         
   

Tras subir al trono en 1999, se abrieron grandes esperanzas de que el nuevo rey joven y de sólida formación, iniciara la liberalización y democratización del Reino alauí, un proceso que espera culminarse en las elecciones del 27 de septiembre. Sin embargo, y tras los buenos propósitos iniciales, buena parte de las reformas prometidas por Mohamed VI no se han visto cumplidas y se ha aumentado la tensión con España.

   
         

 Antonio Molina
Redacción Telepolis

Hace algunos años, parecía que soplaban vientos de cambio en el mundo árabe. El relevo casi simultáneo de tres viejos dinosauros de la política, como fueron Hafiz el Assad en Siria, el Rey Hussein en Jordania y Hassan II en Marruecos, por sus hijos parecía que iba a abrir una nueva puerta hacia la democratización y modernización de sus países. Sin embargo, transcurridos algunos años tras su relevo, muchas de las esperanzas depositadas en sus sucesores, Bashir en Siria, Abdallah en Jordania y Mohamed en Marruecos se han visto un tanto frustradas.

Mohamed subió al trono marroquí el 23 de julio de 1999, y su llegada suscitó una gran expectación por las perspectivas de un nuevo futuro para Marruecos. Durante 38 años, el país había sido gobernado con mano de hierro por Hassan II, quien, si durante su etapa de príncipe se había mostrado como un personaje más aficionado a aparecer en las páginas de sociedad por su afición a las fiestas y el lujo que por el ejercicio del gobierno, tras su llegada al trono se mostró implacable en la defensa de sus prerrogativas y no dejó resquicio alguno de poder que quedase fuera de su autoridad.

Su heredero, Mohamed VI, nació el 21 de agosto de 1963 en Rabat, y a la edad de cuatro años ingresó en la Escuela Coránica del Palacio Real. Tras completar una sólida formación académica, en 1988 inicia en Bruselas un período de formación de unos meses junto a Jacques Delors, entonces Presidente de la Comisión de la Comunidad Europea, que le describió como "un joven de su época, casado con la modernidad". Su padre, fiel a su lema "el oficio de rey se aprende", hizo que tanto él como su hermano Mulay Rachid participaran desde muy jóvenes en tareas de gobierno, ya fuese acompañando al monarca alauita en actos oficiales, como encomendándoles misiones diplomáticas en diferentes países.

Durante su mandato, Hassan II había conseguido mantener a raya, a costa de una dura represión, a la oposición nacionalista y de izquierdas, pero al mismo tiempo se había conseguido labrar una buena imagen entre las potencias occidentales, algunas con intereses económicos importantes en el país. Una de sus últimas medidas fue, tras unas elecciones un tanto irregulares, incorporar al Ejecutivo a los socialistas en un gobierno de alternancia, aunque en el fondo quien gobernaba era él. Tras su muerte, Mohamed VI dio muestras de querer liberalizar el régimen, y en su primer discurso se comprometió a continuar la obra de su padre. La consolidación de la monarquía constitucional, el multipartidismo, la liberalización económica, el apoyo a la ONU en el conflicto sobre el Sáhara Occidental fueron algunos de sus primeros objetivos.

Asimismo alentó el regreso de algunos perseguidos políticos, como el izquierdista Abraham Serfity o la rehabilitación de la familia de Ben Barka. Destituyó a Dris Basrri, ministro del Interior que fue uno de los responsables de la dura represión ejercida por su padre. Recorrió las zonas más deprimidas y mostró interés por temas sociales. En cuanto a su forma de vida, quiso desmarcarse por el exceso de boato que caracterizó el período de su padre. Pero esto duró poco. Tras un primer año de cierto impulso, las reformas quedaron paralizadas. El rey marroquí mantiene todas sus parcelas de poder intactas. Mantiene los nombramientos directos de ministros decisivos en áreas como Interior o Exteriores y diversos detalles dan cuenta de que se desentiende de los problemas de Gobierno.

Así, entre los medios críticos del país se ha calificado al rey como Majeskí, dada su afición al esquí. Estando en los Alpes franceses prolongó una semana más su estancia y no asistió a una cumbre de los jefes de Estado árabes en Amman. Sus estancias en Agadir, la ciudad turística de Marruecos y su ajetreada vida social también han sido muy comentadas.

En marzo de 2002 se casó con una joven llamada Salma Bennani, y los fastos de su boda concordaron poco con lo que se espera de un monarca moderno y emprendedor, que quiere dejar atrás la imagen de atraso y despotismo que desde fuera sigue teniendo el país vecino. Al mismo tiempo, ha mantenido una de las premisas de todo gobernante, en caso de dificultades llevar la atención hacia un enemigo exterior. En esta ocasión, España, el contencioso sobre la Isla Perejil y la reactivación de la polémica sobre la situación del Sáhara Occidental, así como las referencias a la soberanía de Ceuta y Melilla siguen sucediéndose como en los tiempos de su padre.

Precisamente, el tema del Sáhara Occidental, es uno de los temas fundamentales de su gestión, en el que pretende que EE.UU., Francia y Reino Unido apoyen su  postura de una salida que termine con este territorio integrado en Marruecos. La visión contraria tanto de la ONU como de España a esta salida, provoca las continuas tensiones de los últimos tiempos, que llevaron desde la retirada del embajador a la ocupación del islote Perejil.

Continúan también las prohibiciones de publicaciones críticas o las desigualdades flagrantes entre la población, que obliga a buena parte de la juventud del país a ver en la emigración a otros países, entre ellos España, como la solución a sus problemas, sin esperar a que sea el monarca alauita, comendador de los creyentes, quien tome la iniciativa.  

 
 
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